El escritor no está de acuerdo con la reprimenda que Milagros Pérez Oliva le dedicó al académico de la RAE Francisco Rico por mentir en un artículo en el diario

Javier Marías sobre la Defensora del Lector de ‘El País’: usa «argumentos cómicos» y le da «a la palmeta»

Javier Marías sobre la Defensora del Lector de 'El País': usa "argumentos cómicos" y le da "a la palmeta"
Milagros Pérez Oliva y Javier Marías; en el recuadro, Francisco Rico. PD

49 días ha esperado Javier Marías (Madrid, 1951) para, desde las páginas de El País Semanal, terciar en el rifirrafe epistolar de mediados de enero 2011 entre el historiador, filólogo y miembro de la Real Academia Española Francisco Rico (Barcelona, 1942) y la Defensora del Lectore de ‘El País’ Milagros Pérez Oliva.

LOS ANTECEDENTES

Francisco Rico publicó el 11 enero 2011 en El País un artículo titulado Teoría y realidad de la ley contra el fumador en el que consideraba que la modificación legal es «un golpe bajo a la libertad, una muestra de estolidez y una vileza».

Pérez Oliva le dedicó cinco días después su artículo dominical —La impostura de un fumador— donde señalaba que el artículo «fue calificado como furibundo por algunos lectores» y otros «plantearon una cuestión embarazosa: ¿Mintió el autor del artículo?»

¿A qué mentira se referían? A la frase final del texto del académico:

«P. S. En mi vida he fumado un solo cigarrillo»

Explicaba la Defensora del Lector:

«El señor Rico», escribe Daniel Gil Pérez, «se despide asegurando no haber fumado en su vida un solo cigarrillo. Sin embargo, la periodista Karmentxu Marín le define, en una entrevista publicada por su periódico el 30 de marzo de 2008, como alguien que ‘fuma como una chimenea’. Su condición de fumador o no sería solo una anécdota si no fuera él mismo el que la utiliza como un claro recurso para dotar de mayor legitimidad a su posicionamiento. ¿Sería posible que nos aclarara la verdad sobre el tabaquismo actual o pasado, activo o pasivo, del señor Rico? Ayudaría a contextualizar su durísimo artículo».

Pérez Oliva decidió preguntar al profesor Rico por las razones de la falsedad. Ésta fue la respuesta que dió a la Defensora:

«Amén de darle al conjunto una nota de color, el post scríptum quiere decir varias de las cosas que literalmente dice, y sobre todo otra no literal, pero obvia: que «Je est un autre» (Rimbaud), la escritura no es la autobiografía y «la verdad es la verdad dígala Agamenón o su porquero» (A. Machado). El P. S. me ha producido la triste satisfacción de comprobar lo que yo diagnosticaba: que la ley es una escuela de malsines. Porque casi todos los que se pronuncian contra mi artículo lo hacen buscando hurgar en mi vida y costumbres, espiando a mis amigos y buscando antecedentes incriminatorios. En mis argumentos apenas se entra. En otro lugar he dado una prueba del escaso rigor científico que a menudo gobierna la campaña antitabaco. Pero nadie roza siquiera mis dos puntos principales: la estolidez («Falta total de razón y discurso», DRAE) del legislador y la vileza que suponen algunos puntos de la ley, notablemente el veto de fumar a los enfermos hospitalizados y, en especial, terminales».

Pérez Oliva advierte entonces a Rico que «su respuesta es tan críptica que corre el riesgo de que no se le entienda».

Pero el académico es perfectamente consciente:

«No quiero añadir nada más. Si usted quiere interpretarla, es muy libre»

Y eso hace la Defensora a partir de la conversación telefónica mantenida, en aras de aportar claridad a los lectores del diario:

Sostiene el profesor Rico que la frase puede tener diversas lecturas, pero incluso para quienes interpreten que asegura no haber fumado nunca, eso no quiere decir que se refiriera a él mismo, autor del artículo. El «yo escritor», afirma, no tiene por qué coincidir con el «yo biográfico». Es decir, que quien escribe el artículo es su personaje y no él mismo y, por tanto, para reforzar su posición, puede afirmar tranquilamente que nunca ha fumado.

Pero Pérez Oliva no se cree nada y le da duro al académico:

Lo que en principio parecía un simple error o un problema de expresión, se ha convertido en algo más importante: un asunto de verdad o mentira. Porque al final, lo que se plantea en este caso es hasta qué punto es lícito recurrir a una mentira para defender una verdad. Si el autor de un artículo de opinión puede permitirse faltar a la verdad haciéndose pasar por lo que no es y utilizar esa ficción-mentira como argumento de autoridad, ¿qué crédito podemos dar a la verdad que pretende defender?

Si el periodismo no se atiene siempre a la verdad, pierde credibilidad, tanto en el género informativo como en el de opinión. Si el profesor Rico quería hacer un ejercicio literario, debería haberse publicado en otra sección y no en la de Opinión. Porque el diario no puede dejar de tomarse en serio cuestiones tan serias como el tabaquismo y sus efectos sobre la salud. Conviene no mezclar literatura y periodismo.

JAVIER MARÍAS: «¿ES ÉTICO INVENTAR ALGÚN DATO O DETALLE CUANDO SE ESCRIBE EN PRENSA?»

Y, ahora, transcurridos casi dos meses, el escritor dedica la mitad de su artículo Dos postadats en El País Semanal del domingo 6 Marzo 2011:

De las numerosas mentiras que salpican nuestra vida pública, no son las del valenciano Camps ni las de ningún corrupto o desfachatado las que han suscitado mayor indignación, sino la supuesta que el Profesor Rico deslizó en su post-scriptum a un artículo de este diario.

Ya recuerdan:

«En mi vida he fumado un solo cigarrillo».

Como el infantilismo nos atenaza, los inquisidores bucearon en Internet y allí encontraron, con gran satisfacción e índices extendidos, toda clase de pruebas gráficas de que Rico no sólo había mentido, sino que había faltado a la verdad, que para algunos es más grave y solemne.

La Defensora del Lector lo llamó a capítulo, lo amonestó, le dio con la regla y lo puso cara a la pared, con argumentos -para mí, lo siento- bastante cómicos, aunque no tanto como los de algunos no fumadores airados; bueno, esto último es ya una redundancia en España, donde todo lo que encoleriza el humo, no molestan lo más mínimo los venenos de los coches -que padecemos sobre todo los que sólo somos peatones- ni el ruido en aumento, que esos mismos no fumadores, con su prohibición adorada, han agravado hasta límites insoportables, al enviar a la calle a unos catorce millones de apestados, ya verán cuando llegue el buen tiempo.

El caso del Profesor ha dado varias vueltas más, y se ha convertido en objeto de doctas y enconadas polémicas: ¿es ético inventar algún dato o detalle cuando se escribe en prensa? ¿Es lícito mezclar realidad y ficción?

A ver qué gracia le hace a usted que le atribuya en mi columna una felonía sin que se sepa dónde empieza lo verdadero y dónde lo fantaseado.

¿A que no gusta? Pues ahora lo denuncio, por calumniador. Atrévase, en sus propios argumentos tengo mi defensa, etc.

Lo cierto es que Rico ha seguido sorteando, con buen criterio y elegancia, a cuantos se le han cruzado, incluidos varios redactores, la Defensora con su palmeta y un señor ya talludo que hace unas semanas paseaba parsimonioso ante la puerta de la Academia con una pancarta amarilla en alto, que rezaba:

«La lengua, para ser veraz, fuera Rico, fumador falaz».

Todo un logro, no de otro modo pienso llamar al Profesor a partir de ahora. Rico se avino a darle algunas desganadas explicaciones a la Defensora, y prefirió llevarse una regañina antes que aducir lo que quizá lo habría exonerado, y descubrirse.

No parece que otros, pero desde que yo leí su infame post-scriptum, sabedor de que me bate a cigarrillos, lo entendí no como una mentira, sino como una agudeza sintáctica.

«En mi vida he fumado un solo cigarrillo» (el orden es fundamental) significa para mí eso literalmente:

«Uno solo, jamás. En la vida. Siempre han sido varios».

O bien:

«Siempre ha sido el mismo, uno solo. Es decir, han sido un continuum».

Si uno aplica la sintaxis escrupulosamente -que vengan un abogado y un gramático y lo vean-, cuantos han llamado embustero a Rico lo han difamado.

Tal vez sea él, a la postre, quien haya de denunciarlos.

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