“De enero a mayo de 2013, 22 mujeres han sido asesinadas en España por sus maridos, ex maridos, novios, ex novios, amantes o ex amantes”, cuenta Ruth Toledano (“Terrorismo machista”) en el blog de eldiario.es, de Nacho Escolar -LEA EL TRASGO EN LA GACETA-.
“22 mujeres de todas las edades: algunas, con toda una vida por delante (una adolescente de 15 años sobrevivió en Madrid al apuñalamiento de su novio); otras, con todo un infierno por detrás. Que de enero a mayo hayan sido asesinadas 22 mujeres debiera considerarse una cuestión de Estado: lo sería si hubieran sido asesinados 22 policías, 22 políticos o 22 futbolistas por el mero hecho de ser policías, políticos o futbolistas. Sin duda, lo sería si a 22 hombres los hubieran asesinado por el mero hecho de ser hombres. Porque a estas 22 mujeres las han asesinado por el mero hecho de ser mujeres. Es decir, por tener, a ojos de sus asesinos, de los hombres que las han matado, una consideración de objeto, de algo menor, por pertenecer a una categoría inferior. Es, por tanto, una violencia ideológica, que persigue la dominación a través del terror. Es terrorismo”.
Hay “por tantos” que son verdaderas piruetas, dobles saltos mortales sin red, y el de Toledano los supera a todos. Toledano es, suponemos, periodista, además de mujer. De su sexo las hay, por seguir con su ejemplo, policías, políticas e incluso futbolistas, lo que hace un poco forzado establecer la analogía entre un sexo que abarca más de la mitad de la población española con tres profesiones en las que están representadas.
Si de enero a mayo hubieran sido asesinados 22 policías sería, si no “cuestión de Estado”, desde luego un fenómeno alarmante, por la sencilla razón de que en España no hay tantos policías. Las mujeres, por más que Toledano parezca querer reducirlas a un colectivo profesional son, ya digo, más de la mitad de la población. Esas 22 muertes son 22 tragedias, pero no menores que las 363 víctimas de homicidios –de ambos sexos– que se produjeron en 2012. Salvo, naturalmente, que Toledano piense que hay muertos de primera y de segunda. También da por hecho Toledano que las 22 víctimas lo han sido “por el mero hecho de ser mujeres”.
¿Me permiten que dude de que la autora haya arrancado esa confesión de los 22 autores? Aclara la periodista: “Es decir, por tener, a ojos de sus asesinos, de los hombres que las han matado, una consideración de objeto, de algo menor, por pertenecer a una categoría inferior”. Llevamos tanto tiempo sometidos a la tiranía de los absurdos dogmas políticamente correctos que nadie en la vida pública se atreve a cuestionar, siquiera tangencial y tímidamente, que quizá los móviles no tengan nada que ver con el machismo, que una persona puede mantener una relación que Toledano consideraría machista sin que se le pase por la cabeza poner la mano encima a su mujer, mientras que otro con un impecable ideario progresista puede hacerse culpable de maltrato.
Estoy íntimamente convencido de que el socialista Jesús Eguiguren, único político de primera línea condenado por maltrato doméstico, profesa los más puros ideales feministas. Por lo demás, ¿consideraba Gavrilo Prinzip al Archiduque de Austria “un simple objeto” cuando lo mató? ¿Pensaba Mateo Morral que Alfonso XII era “de una categoría inferior” cuando atentó contra el monarca? Al final, da la sensación de que ya son las feministas las únicas que consideran a la mujer como algo diferente al resto de la humanidad, homogéneas como productos fabricados en serie, perpetuas víctimas incapaces de todo rasgo humano, como la simple y vieja malicia, la torpeza, la debilidad o la mentira. Pero no, no existe la mujer, sino las mujeres, cada una de su padre y de su madre, y sus maridos, novios, amantes, jefes, empleados, amigos y vecinos pueden matarlas por la misma variedad de razones que sus congéneres del otro sexo.
También a otro género de víctimas femeninas dedica su editorial El País, “Esclavas sexuales”. Trata del tráfico de mujeres, esa condición contra la que es difícil luchar por “el estado de terror en que viven las mujeres, sometidas a constantes malos tratos y bajo la amenaza de castigar a sus familiares en el país de origen si intentan escapar”, nada que ver con las que ofrecen sus servicios en las copiosas y rentabilísimas páginas que El País dedica a anuncios de prostitución y cuyo origen, estamos seguros, los responsables del per iódico investigan para quedar libres de toda sospecha.
Nuestro viejo amigo Arturo González nos cuenta en su columna de Público (“El atraco de las pensiones”) que está “a punto de perpetrarse el mayor y más grave atentado contra el bienestar de los españoles. Las pensiones van a ser revisadas a la baja por el Gobierno”. El delito no se está cometiendo ahora, su tipología correspondería a un híbrido entre el atraco y la estafa –así se consideran desde hace tiempo los llamados esquemas piramidales– y no es técnicamente un delito porque lo perpetra el Estado. No tenía por qué ser así. Podíamos tener un sistema de capitalización, en el que tu dinero es verdaderamente tu dinero. Se eligió otro –el de reparto– que permite al Estado hacer lo que más le gusta: mangonear alegremente. Pero algo me dice que la crítica de don Arturo no va por ahí.


