OPINIÓN / REPASANDO COLUMNAS

Gistau reprocha a Soraya que no dé la cara cuando al Gobierno le cae un marrón

El verdadero plan de Artur Mas, según Sostres, es la lista única en unas elecciones anticipadas con él como número uno

¡Qué agradable es encontrarse columnistas que, en vez de repetir los tópicos dominantes (la desigualdad es igualdad, el federalismo es asimétrico, el aborto es vida, la subvención es derecho, la Liga es cosa de dos…), se atreven a ondear en lo alto de sus columnas como si fueran banderas ideas y opiniones diferentes! Y este 26 de septiembre de 2014, hay varios ejemplos de originalidad.

No hay manera de que a muchos columnistas les entre en la cabeza de que repetir lo que dicen los políticos aburre a los lectores y entierra a la prensa.

Carlos Herrera (ABC) rompe los tópicos sobre el delincuente a cuenta del pederasta recientemente detenido.

Una de las evidencias que se hace más patente es la de que la sociedad tiene derecho a controlar a este tipo de delincuentes. Digo delincuentes y no enfermos de manera consciente: hay una mirada compasiva que consiste en otorgarle a los criminales una irresponsabilidad derivada de un transtorno por el que resultan, en el fondo, inocentes. La enfermedad vendría a ser una suerte de refugio que le proporciona a este tipo de sujetos una coartada de irracionalidad. 

Son lo que son y aún no se ha puesto la sociedad de acuerdo en cómo protegerse proporcionalmente de ellos, dando por hecho que no los puede eliminar ni mantenerlos en la sombra carcelaria de por vida. Tienen que prepararse para el día que vuelven a pisar la calle con las mismas ansias y trastornos con los que entraron: para desgracia de todos, los delitos sexuales no tienen reinserción, todos reinciden, salen de la cárcel obsesionados con repetir sus fechorías porque sus fechorías son su alimento. Unos creen que la vigilancia es buena solución, pero no es muy operativa. Tal vez la publicación de su presencia allá donde se instale. O el control telemático. O la más severa de todas: la castración. (…) Es más fácil, me da a mí, aumentar las penas y tenerle más en la cárcel, lo cual no resuelve del todo el problema, pero al menos lo retrasa. La papeleta no es sencilla.

Raúl del Pozo (El Mundo) deja de contarnos sus sobremesas con Antonio Carmona y Juan Carlos Monedero, y hace una destacable columna sobre el fin definitivo del marxismo, ahora que regresa de las manos de Pablo Iglesias y Nacho Escolar: no puede haber revolución porque no hay proletariado, y no hay proletariado porque no hay trabajo.  

Pero hemos llegado a un fin de civilización en que se necesitan menos obreros y más prostitutas y narcos. Los marxistas tenían un concepto sagrado del trabajo, creían inconscientemente lo de «ganarás el pan con el sudor de tu frente». No podían prever que un día a los trabajadores se les rechazaría como fuerza de trabajo.

Podemos culpa al «austericidio» y hay arbitristas de todas las clases: los que culpan al capital, a la banca, a Alemania, y hasta los que culpan a internet y ven en las innovaciones tecnológicas de la Red el peligro de que aumente el ejército de reserva que ya es inaguantable. Nadie quema las computadoras como aquellos obreros de Nottingham que quemaban los telares.

El yerno de Marx, Lafargue, que era un vacilón cubano, ya proponía que las mujeres y los hombres no trabajaran más de tres horas al día. Llevaba el mulato, según Carpentier, por sus venas y las sangre de dos razas oprimidas: la india y la cubana. El derecho a la pereza fue una idea nueva y audaz. A Marx no le gustaba nada su yerno. «Lafargue -dijo don Carlos a su hija- me aburre con su proudhonismo y no me dejará tranquilo hasta que no le rompa la cabeza de criollo». Lenin le trató de imbécil. Era amigo de Pablo Iglesias y estuvo por aquí diciéndole a convencidos, que el trabajo embrutece y es la peor de las servidumbres.

CARRASCAL REPROCHA AL REY QUE SE OLVIDASE DE GIBRALTAR

Pedro Narváez (La Razón) escandaliza desde el título de su columna: ¿Y si no abortar fuera progresista?.

Aún no acierto a comprender por qué asuntos como el aborto se sientan a la derecha o la izquierda de los parlamentos, una postura tan anticuada ya como si los hombres y las mujeres se separaran en los bancos de la Iglesia, los niños con los niños y las niñas con las niñas que es lo que recitaba más que cantar Fernando Esteso en la Caspalandia de los años 70. Por qué la lucha para que los grandes simios tengan derechos humanos es progresista, como defiende con ahínco y convicción Rosa Montero. 

Nos entristece que en «2001» desconecten a Hal, una máquina que como a los humanos sólo desea que la quieran, o las lágrimas en la lluvia de Los replicantes de «Blade Runner» y nos da pereza siquiera debatir lo que percibe un no nacido no ya a la sombra de las sotanas sino a la luz de la tecnología.

Y gran sorpresa. En esta lista hoy cabe José María Carrascal (ABC), capaz de elogiar a Rajoy y de recibir con un abrazo a Artur Mas, que reprocha al rey Felipe VI la omisión de Gibraltar en su discurso en la ONU.

En este discurso impecable, solo hemos echado en falta la mención a Gibraltar. Es la primera vez que el representante de España la omite en tal ocasión. Nos dicen que se ha hecho para no disminuir nuestras posibilidades de entrar en el Consejo de Seguridad, al enfrentarnos al grupo británico. Es posible. Pero en la misma sala donde la Asamblea General dispuso en 1967 que Gibraltar debía descolonizarse por negociaciones entre Londres y Madrid, chocaba que nos hubiéramos vendido tan barato. Ya conocen mi actitud en el asunto: Gibraltar vale bastante más que dos años como comparsa en el Consejo de Seguridad. E incluso si los ingleses nos han prometido iniciar en serio esas negociaciones, no lo harán. Es su truco favorito, así consiguieron que abriésemos la Verja, las líneas telefónicas y tantas otras cosas. Todo sigue igual. O peor. Puede que la edad le haga a uno verlo así.

Hoy comparece Jordi Pujol para intentar explicar el origen de su inmensa fortuna, ésa que negaban que tuviera dos intelectuales izquierdistas como Manuel Vázquez Montalbán y Pilar Rahola; también se especula con que Artur Mas firmará este fin de semana el decreto esperado. 

Salvador Sostres (El Mundo) asegura que el plan de Mas sería olvidarse del referéndum y presentarse al frente de una lista única en las elecciones para no perder el poder. Salvar o no salvar al soldado Mas se titula su columna.

El president sabe que si se presenta solo perderá las elecciones y será el fin de su carrera política. Esquerra sabe que la lista única salvaría a Mas, pero perjudicaría al llamado proceso, y empiezan a circular encuestas de organizaciones privadas catalanas que sugieren que CDC y ERC sumarían unos 70 diputados (25/30 y 40/45 respectivamente) y que en cambio una candidatura unitaria no pasaría de los 60 escaños, estando la mayoría absoluta en 68. Oriol Junqueras no confía en CiU, ni en Mas, en tanto que está escarmentado de las mil maniobras que siempre acaban haciendo para no cumplir sus compromisos.

¿Y qué ocurre en el País Vasco, que antes, hasta que llegó Mas, era el adelantado en todas las batallas libradas por los soberanistas contra España? Florencio Domínguez (La Vanguardia) explica que Urkullu quiere permanecer apartado de la bronca y esperar a ver qué le ocurre a Mas.

El lehendakari, ayer, no ofreció novedades en el capítulo de autogobierno: reclamó, como ha hecho otras veces, la soberanía compartida justificada en nombre de los derechos históricos. Propuso como modelo un concierto político, equivalente al concierto económico que rige las relaciones fiscales y presupuestarias entre Madrid y Vitoria, como plasmación de unas relaciones de «bilateralidad efectiva».

En cualquier caso, Urkullu no dio muestras de tener prisa. El triunfo del no en Escocia le ha quitado presión y por ello puede mantener su calendario de cambio estatutario al ralentí a la espera de ver cómo termina la cuestión catalana y a la espera de que se celebren las elecciones municipales.

LA DIMISIÓN DE GALLARDÓN Y PODEMOS

Màrius Carol (La Vanguardia) nos da un par de datos sobre la comparecencia de Jordi Pujol y, sobre todo, la soledad en que se quedan quienes han ejercido el poder como señores de vidas y hacendad cuando caen en desgracia.

Hoy un Jordi Pujol de trazo desleído comparece ante el Parlament. Ha redactado once folios en los que insiste en la explicación de la herencia paterna como origen del dinero andorrano, tal como hizo en el comunicado que escribió hace dos meses. De nuevo él ha sido el principal redactor, aunque esta vez ha consultado sugerencias de algún abogado, de algún notario y de algún antiguo colaborador. No todas las personas a las que llamó se pusieron al teléfono. Es lo que tiene la pérdida de visibilidad de quien antes estuvo perfectamente dibujado a los ojos de la sociedad catalana, hasta ser considerado un referente incluso para quienes no lo votaban.

La prensa de Madrid escribe sobre lo que va a ocurrir hoy en el Parlamento catalán con la comparecencia de Pujol, mientras que en La Vanguardia abundan las columnas sobre la dimisión de Alberto Ruiz Gallardón. Parece que a Barcelona llegan más tarde las noticias.

Francesc-Marc Álvaro (La Vanguardia) se une a los pocos que dudan de la sinceridad moral de la dimisión de Alberto Ruiz Gallardón 

Pero yo no me acabo de creer que esta historia sea una batalla entre un hombre de principios (Gallardón) y un hombre de circunstancias (Rajoy). Quizás la dimisión del titular de Justicia no tenga nada que ver con los principios y estemos sólo ante un típico caso de orgullo herido. Obviamente, es más agradecido presentarse como la pobre víctima de una gran y decisiva batalla doctrinal que hacerlo como alguien que fue fulminado en su amor propio. Hay quien, puesto a elegir, prefiere pasar a la historia como un fanático caído que como un incompetente o un ingenuo a quien hacen la cama.

José Antich propone una estrategia detrás de la dimisión que tiene como objetivo acorralar al PSOE contra Podemos.

El PP quiere sacarse el sambenito que le presenta como la derechona y quiere ser percibido como el centro. Líquido, pero centro. Pretende desplazar al PSOE a un mero apéndice de Podemos.

Y ya que mencionamos a Podemos, José María Marco (La Razón) deduce de las enmiendas a la Constitución que propuso el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, que los socialistas quieren competir con las huestes de Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero en radicalismo.

Esto no son una, ni dos ni tres enmiendas. Esto es trasladar todo el debate político a la Constitución y proponer la negociación, aprobación y votación -sin descartar el referéndum- de un texto nuevo. Por eso María Dolores de Cospedal comentó que lo que Pedro Sánchez propone no es una reforma de la Constitución, sino una Constitución nueva. Confundir un programa político con la propuesta de una nueva Constitución no es un gesto cualquiera. Hay razones de táctica política: enfrentado a un competidor antisistema de izquierdas, el PSOE busca afirmarse no como alternativa al PP, sino como alternativa al propio sistema.

También hay fidelidad a una tendencia profunda del PSOE. Se trata, efectivamente, de fundar algo más: un marco nuevo de convivencia definido según criterios ideológicos, un nuevo pacto que ya habrá hecho las delicias de los nacionalistas, convertidos en los mejores aliados del PSOE. Una nueva nación. Es el mismo gesto que se viene repitiendo compulsivamente desde finales del siglo XIX. Siempre nos ha llevado a la catástrofe. En vez de continuar, profundizar y mejorar una realidad en la que todos nos reconozcamos, parece que los socialistas quieren forjar -otra vez- una nueva España a imagen y semejanza de sus necesidades políticas. En el fondo, se trata siempre de lo mismo: dejar al PP fuera del sistema.

DAVID GISTAU: SORAYA NO ES SARKOZY 

David Gistau (ABC) regresa del pleno del Congreso con una noticia: en este Gobierno no hay ningún líder, ningún Sarkozy, y Soraya, la transparente, sólo sirve para despachar papeles. 

Otra de las grandes carencias de este gabinete: la de una vicepresidencia con peso doctrinal, con audacia intelectual, con una visión política de las cosas aparte de la eficacia burocrática. La vicepresidenta del Gobierno tuvo el pasado miércoles una gran oportunidad de erigirse en esa figura, justo cuando la hacían más necesaria la crisis de Gallardón y los recelos del electorado del PP acerca del compromiso por parte del partido con los principios. 

Sin embargo, la habilidad desarrollada por Sáenz de Santamaría es la de transparentarse para no desgastarse con aquellos asuntos políticos que puedan parecer una emboscada, empezando por el de Bárcenas, que adjudicó a Génova para que se apañaran allí con él. Supongo que un privilegio del poder es mandar a otro a que fenezca en las misiones imposibles. Eso hizo el miércoles la vicepresidenta con la interpelación sobre la reforma de la ley del aborto que la Izquierda Plural se negó a retirar, y con la que hubo de lidiar la ministra ¡de Empleo! Qué ocasión perdida para salir a la intemperie, dar explicaciones solventes y surgir como la gran figura política, ¡ a lo Sarkozy!, que este gabinete no tiene.

Marcello (Republica.com) especula con el posible destino profesional de Gallardón y se une a Losantos al pronosticar que el ex alcalde de Madrid regresará a la política.

¡Pobre Gallardón! Y, ahora, ¿a dónde irá? No se sabe pero no me extrañaría que recale, por ejemplo, en ¡el Real Madrid! con su amigo Florentino Pérez, o dentro de un tiempo en ACS, o con Alberto Cortina en el banco negro senegalés que está montando con Blas Herrero y donde quisieron enredar a Alfredo Sáez. O, a lo mejor monta Gallardón, una naviera con Fernández Tapias, el viejo Fefé, o se va con Lalo Azcona de gran comunicador. Vamos Alberto hará lo que quiera, se lo van a disputar y volver volverá.

BANQUERO SOCIALISTA EN BICICLETA ATROPELLANDO CIUDADANOS

Reconozco que busco las columnas de Ignacio Ruiz Quintano, en la última de ABC, porque, aparte de su cultura, tan ausente en las que leo en la última de El País, me hace reír hasta el punto de que ya no me apetece fumarme el cigarrillo del desayuno. Y hoy lo hago con gusto, porque arremete contra la bicicleta, convertida en tótem de la modernidad, como el ipad. 

Primero nos cuenta que el socialista y colaborador de El País Miguel Ángel Fernández Ordóñez estuvo a punto de atropellarle con una bicicleta.

El Retiro, donde ayer casi me atropella un ciclista torpe… y trajeado: era Mafo, el hombre que más hizo por la crisis en España, y ahí estaba, sin escraches, anónimo, pedaleando con una superioridad moral que quitaba el hipo.

Y a continuación se hace la pregunta que preocupa a los paseantes madrileños ante la invasión de la ciudad por ciclistas.

¿Qué tiene una bicicleta para volver loca a la gente? Gecé alabó su superioridad estética (y fascista). Franco, su superioridad fabril (y manufacturera). Y Mafo, su superioridad moral, como Ana Botella, que promete vaciar de autos el centro de la capital y destinar el espacio a las bicicletas, idea digna de Tono Martínez, su gestor cultural, que gestionaría igual el Círculo de Podemos en Aravaca. Que me perdonen Mafo y Ana Botella, pero yo creo que una bicicleta es moralmente neutra

Juanjo Millás parece empeñado en no perder ningún premio a la columna ridícula del día cuando le toca publicar la suya en El País. La de hoy se lo gana por su ultra-feminismo. 

Una mujer en el metro, con una maleta. Cinco o seis esta semana, y otras cinco o seis, la semana pasada. Viajan dentro de la ciudad. Quizá han estado 15 días con un primo y ahora van a pasar dos meses en casa de una tía. Tal vez han encontrado una habitación más barata en otro barrio, al que se dirigen ahora. No siempre, pero con alguna frecuencia, llevan a un niño o una niña de la mano libre. El brazo de la maleta parece una extensión del suyo. Maletas como prótesis, de tela, a punto de reventar y eviscerarse por la línea de la cremallera. En su interior, revuelta con la ropa íntima, la sartén, el cazo, las fotos familiares, se agita una historia familiar de desarraigo.

Son un Estado dentro del Estado, una nación encapsulada en la nación. Dueñas de una corporeidad categórica, apenas las vemos, pendientes como vamos de nuestro propio ombligo. En el metro, mujeres con maleta.

¿Qué pasa, Juanjo, que no hay hombres que arrastren maletas por el metro?, ¿por qué te fijas sólo en las mujeres? Si eres tan políticamente correcto, cede tu columna a una mujer.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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