OPINIÓN / REPASANDO COLUMNAS

Sostres: «Somos de hoguera fácil: los pobres quieren echar a Rajoy, aunque eso sea condenarse a la miseria de Podemos»

Hermann Tertsch pregunta qué preferimos: o 10.000 ahogados en el Mediterráneo o 1.000 soldados europeos muertos en Libia

Arcadi Espada afirma que hay asesinos de 13 años y que debe saberse, en vez de pixelarse sus rostros

Abro El País de hoy, 21 de abril, y las lágrimas que caen del periódico me salan el café. Querido lector: estoy harto del sentimentalismo y la sensiblería, de la lágrima socialdemócrata, como el título del libro de Santiago González, de las Elenas Valenciano que se esconden para llorar después de haber invocado su sexo para colocarse de cabeza en la lista de su partido.

El periodista italiano Roberto Saviano publica a página entera una tribuna sobre los muertos en el Mediterráneo en la que propone ideicas como las cuotas obligatorias en las listas electorales y las universidades para los inmigrantes africanos y asiáticos.

Inventarnos caminos alternativos, reunir toda la creatividad posible. Hablar del tema en televisión y en Internet, pero de otra forma: como decíamos, «expatriado» o «ilegal» son términos que diluyen la esencia humana construyendo una distancia irreal, que baja el volumen de la empatía.

Tenemos que pedir a los partidos que presenten a candidatos que hayan vivido la experiencia; abrir las universidades a esos hombres y mujeres. ¿Disminuirá todo eso el consenso político, con la cantilena del «primero nosotros y luego ellos»? Probablemente sí, sucederá. Pero solo en primera instancia; pronto nos daremos cuenta del enorme beneficio que supone. La historia de los desembarcos y de los flujos de inmigrantes tiene que convertirse en un tema que el Gobierno considere fundamental dado su consenso.

Y mientras El País nos muestra su corazoncito latiente por los parias de la Tierra, la dureza de la realidad la encuentro en ABC.

Hermann Tertsch dice que sólo tenemos dos opciones: o aguantar 10.000 ahogados o 1.000 soldados europeos muertos. Porque la única manera de frenar el tráfico de seres humanos es imponer la paz en Libia a cañonazos.

Intervenir militarmente en Libia es otra opción. Entrar a destruir las organizaciones de traficantes y a los yihadistas. Pero eso supone una guerra abierta contra el Estado Islámico en la región. Para eso hay que estar dispuesto a entrar a mancharse las manos en Libia y traerse cadáveres propios y, para los delicados estómagos europeos, eso es algo aún más difícil de digerir que mil muertos ahogados a la semana. ¿Pero, y si son diez mil o cinco veces eso? ¿Qué nos amargaría más nuestra vida, diez mil muertos semanales de africanos ahogados o mil ataúdes de soldados europeos?

Quien diga que tiene la solución miente. Quien pretenda que esa presión va a reducirse con ayuda al desarrollo se equivoca. Esas gentes tienen prisa. Huyen de sociedades y estados fracasados, de culturas paralizadas y crueles. Muchos de ellos viven en sus países mejor que los demás. Pero les urge salir porque quieren otra cosa. No buscan sobrevivir sino mejorar.

Y destaca que si la inmigración no se regula, Europa, su orden y su bienestar desaparecerán bajo las aguas.

Europa necesita inmigración, mucha, pero ha de ser por fuerza reglada. Es patético ver al izquierdismo europeo acusar al capitalismo de naufragios y tragedias. Ellos, acostumbrados a que los seres humanos mueran huyendo de sus regímenes, no aceptan que aquí arriesguen la vida por llegar al sistema más humano, libre y eficaz. El que ellos quieren sistemáticamente destruir. A la izquierda radical solo parecen quedarle ya como argumento y aliado el islamismo y la cristofobia y un tercermundismo que es «racismo antiblanco», como dice Michel Houllebecq. Europa es una isla de afortunados en muchos sentidos. Hundirla bajo el peso de un tsunami descontrolado no ayudaría a ningún náufrago. Y nos convertiría a todos en balseros potenciales.

También Ramón Pérez-Maura (ABC) es igual de incómodo en su columna ‘Gritar es muy fácil’. Le agradezco que diga que la culpa de los ahogados no es nuestra, de los europeos.

¿No habría que empezar por presionar a los países del África Negra y de la umma islámica para que creen unas condiciones de dignidad gracias a la cual esas personas no quieran jugarse la vida?

Es muy fácil gritar que la culpa es de Europa. Pero recuerde que decir eso significa que la culpa es nuestra. Usted y yo somos Europa. Y la primera culpa no es ni suya ni mía. La primera culpa es de aquellos países miserables de los que huyen a miles estas personas buscando unas nuevas condiciones de vida. Países en los que los Derechos Humanos sólo existen en un papel. Países en los que se tiene un voto en las Naciones Unidas exactamente igual que España. Tan igual que alguno incluso se sienta, como España, en el Consejo de Seguridad. Pero es más fácil gritar que razonar.

Y como Tertsch, propone la intervención militar en Libia.

Yo no tengo la solución. Pero quizá haya que empezar por garantizar la existencia de un único Gobierno en Libia. Y después promover un mayor intervencionismo de Occidente en los países de los que huye su población como manadas de ñus. Mas cuando se propone seriamente hacer eso, surgen las conciencias impolutas que niegan el derecho de intervención occidental en la política de otros países. Hasta que se hunda otro barco.

EKAIZER ASEGURA QUE NO HAY NINGUNA CONSPIRACIÓN

Comprenderá, amigo lector, que regresar al ‘caso Rato’ me produzca hastío.

Curri Valenzuela (ABC) amontona más indicios contra Luis de Guindos como responsable de las filtraciones y la operación contra su antiguo jefe.

Cuentan los altos cargos del Ministerio de Economía de los últimos años de Aznar que cuando su titular, Rodrigo Rato, acababa una reunión del comité de dirección del departamento, solía decir: «Todos a trabajar y Guindos que no filtre nada».

Guindos carga con las sospechas de que fue él quien filtró a los periodistas la existencia de las tarjetas «black» de Cajamadrid, que dieron al traste hace unos meses con la poca credibilidad que le quedaba a su expresidente (Rodrigo Rato), y luego de Bankia, después de la intervención de la caja por decisión del Gobierno.

Ahora varios de los compañeros de Gabinete y muchos periodistas que se conocen el quién es quién de la prensa económica sospechan que el titular de Economía fue quien facilitó a uno de sus colegas -en torno a la Semana Santa- los datos que habían llegado al Servicio de Inspección de Blanqueo de Capitales, que depende de su persona.

Sin embargo, Ernesto Ekaizer (El País) asegura que no hay conspiraciones. Tiendo a creerle, porque él ha participado en varias a lo largo de los años.

El que avisa no es traidor. No es necesaria ninguna teoría de la conspiración. Esta es la conclusión que se extrae de la comparecencia, el pasado 17 de febrero, del director de la Agencia Tributaria, Santiago Menéndez, en la comisión de Hacienda del Congreso, una comparecencia que hoy repetirá después del tsunami Rato.

Y advirtió: «Tenemos seleccionada una población de 705 contribuyentes, cuya información pasaremos al Sepblac. Una vez que se contraste con las actuaciones que pudieran estar haciendo ellos o por otros órganos de investigación o por organismos jurisdiccionales, la propia agencia, a través de la Oficina Nacional de Investigación del Fraude (ONIF), analizará individualmente a cada uno de los contribuyentes para, en su caso, hacer traslado posterior de las posibles contingencias de posibles ilícitos…»

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, se ha comportado como solía hacerlo el inspector Jacques Clouseau de la Sûreté francesa en la saga de La Pantera Rosa, cuyo inmenso ego y excentricidad daban la impronta de un desorden desopilante y caótico a todas sus investigaciones para exasperación de su superior, el inspector jefe Dreyfus, a quien se le atraviesan los ojos y termina en un hospicio para homicidas psicóticos.

Entre las consecuencias de la no-detención de Rato está una posible debacle electoral del PP y la caída de Mariano Rajoy. José Antonio Zarzalejos (ElConfidencial.com) se apunta ahora al linchamiento de Rajoy, al que en años anteriores tanto defendió.

Núñez Feijóo dijo ayer en un desayuno-coloquio que el presidente del Gobierno debería «reflexionar» sobre su futuro si pierde las elecciones de mayo, noticia que sólo la web de La Vanguardia recogía destacadamente.

Hace bien Rajoy -noqueado, como su Gobierno- en suponer que, pese a la cantidad de las cosas que les han pasado, más aún le pueden ocurrir en el futuro inmediato. Como por ejemplo, que por su mal gobierno y por su incompetencia, pierdan escandalosamente las elecciones del 24 de mayo y él se tenga que retirar al Registro de la Propiedad de Santa Pola. Una alternativa que no debería parecerle poco sugestiva a un Rajoy que ha adquirido la fisonomía de un personaje orante del Greco: afilado el rostro, luenga y blanca la barba, ojos emboscados entre las gafas y el bigote y voz impostada de ánimo que más parece una exclamación de socorro que un llamamiento a la pelea. O sea, el fracaso.

David González (La Vanguardia) también ahonda en las declaraciones de Núñez Feijóo.

Ayer, Feijóo -eternas ambigüedades gallegas, perdón por el tópico- le dijo al otro gallego que vaya pensando si debe ir pensando en la abdicación. El PP también tiene sus reyes (y reinas) casi jóvenes

José Alejandro Vara (VozPopuli.com) añade otro brochazo al cuadro: el ministro de Interior ni se enteró.

El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, fue avisado en el último momento por un alto cargo de la Policía Nacional del operativo en la vivienda particular de Rodrigo Rato, según fuentes de los cuerpos de Seguridad. El enfado fue enorme. Ni Guardia Civil ni Policía Nacional llevaron a cabo el operativo, que corrió a cargo de agentes del Servicio de Vigilancia Aduanera del Departamento de Hacienda. Los ‘hombres de Montoro’ le habían madrugado la intervención a Interior, en una jugada repleta aún de zonas oscuras.

Jorge Bustos (El Mundo) tiene la ingeniosidad de unir dos noticias de interés: los ahogados en el Mediterráneo y Rato. ¿Por qué los periodistas prestan más atención a éste que a los primeros?

Rato no era un ser humano normal en el auge y no lo es en la caída. Lo prueba el instinto carroñero de los medios, que nunca se equivoca: donde se reúnen, hay cadáver. ¿Y por qué no se reúnen en círculos sobre el Mediterráneo, que es un cementerio marino de un millón de cadáveres según las próximas estadísticas? Pues porque tampoco los negros son seres humanos normales, claro.

La ley proclama igualdad y la moral reclama dignidad. La política y el periodismo -menos utópicos- operan sobre la asimetría fundamental de las personas y de los hechos. Por eso Rajoy no encuentra seres humanos normales en sus encuestas.

Por una semana, Rosa Montero deja de llorar y escribe algo recio: propone que Rato, Pujol, Chaves y Griñán sean condenados a servir potajes a los pobres.

El daño que este tipo de gente produce va mucho más allá de sus delitos legales porque destruyen nuestra fe en el ser humano y deberían tener por eso penas supletorias, como, por ejemplo, y tras salir de la cárcel, unos cuantos años de servicio en comedores sociales. Habría que verlos sirviendo los potajes.

Salvador Sostres firma, de nuevo, la columna ridícula del día, porque sale defendiendo no a Rato, sino, además, a Jordi Pujol y a Felipe González, los que introdujeron la corrupción en la sociedad española en los primeros años 80 del siglo pasado.

Que Pujol o Rato hayan podido cometer errores, e incluso delitos, no puede llevarnos a cuestionar el mayor periodo de democracia y paz que ha vivido España. Ni siquiera a cuestionar las muchas cosas que ambos hicieron bien. Una nación es una continuidad. Y a los que caen en desgracia no podemos comérnoslos para cenar.

Felipe González fue un presidente extraordinario y gracias a su mandato conocimos la modernidad. Aquella conspiración para echarle fue mucho peor que cualquiera de sus irregularidades. Lo mismo podríamos decir de Aznar y de la profunda inmoralidad del «¿quién ha sido?». No fue menos lamentable la manera que tuvo España de agradecerle a Adolfo Suárez sus magníficos servicios prestados. Tenemos muchas virtudes y muchas cualidades, y una alegría de vivir difícilmente superable. Pero este fin del mundo de peluquera histérica que a los españoles tanto nos gusta proclamar no es propio de una democracia avanzada.

Antes de insultar a Pujol o a Rato, tendríamos que preguntarnos si realmente somos mejores que ellos. Si tenemos asegurada a la doméstica, si pedimos la factura de todo, si nunca hemos intentado pagar menos impuestos. Antes de insultar tanto a los políticos, y a la política, tendríamos que preguntarnos si alguna vez estuvimos a la altura de las muchas cosas buenas que estos políticos a los que tanto decimos odiar hicieron.

Sostres está dispuesto a que hablemos de él, aunque sea mal.

PLANAS RECUERDA A SANDRA PALO, ASESINADA POR OTRO MENOR

Sobre el muchacho asesino de Barcelona, la mejor columna es, sin duda, la de Arcadi Espada en El Mundo, que reivindica la responsabilidad individual por los actos y la conducta propios.

Cualquier bobada metafórica antes de encararse con el irresoluble individuo. Por cierto, debe de ser porque no hay Lufthansa que pague que no veo grandes incriminaciones adosadas al hecho de que M.P.C. avisó: «Había repetido en varias ocasiones que iba a matar a todos los profesores y luego se iba a suicidar.» Qué descuidos. Qué fallos en el seguimiento. Y esas iniciales. Esas pudorosas iniciales. Veo esas pudorosas iniciales al pie del paquete gris que se lleva el cuerpo del joven profesor de Historia asesinado. Un sustituto. Saldría de su casa esta mañana, primavera fresca en la ciudad, entraría en el colegio, empezaría a hablar de los Reyes Católicos, oiría los gritos en la clase de al lado, saldría y pondría su pecho para la puñalada. Los valores. M.P.C., 13 años. Y enseguida los pixeladores.

Hay asesinos de 13 años. Debe saberse. Y la primera de las razones para exculpar, probablemente, a los padres y protegerlos del ministro del Interior. Luego, la edad. Inimputable, 13 años. Si hubiera oído voces con 14 años, sería diferente.

Después de ella, coloco la de Pablo Planas (Libertaddigital.com), que recuerda que no se ha hecho nada con la Ley del Menor, pese a que se suceden los asesinatos.

Los padres de Sandra Palo se acordarán toda su vida de el Rafita, una criatura que sólo tenía 14 años cuando violó a su hija, de 22. La violó, la atropelló, la quemó y la mató en lógica cronológica y forense, un 17 de mayo de 2003. El Rafita tenía 14 tacos. Uno menos y se habría ido de rositas, como el chaval del insti de Barcelona. A día de hoy está en libertad. No así sus otros tres compinches, por encima de los 16 cuando mataron a Sandra. Y eso que fue el Rafita, según la papelería judicial, quien ejecutó el atropelló y compró la gasolina, a posteriori y por si acaso. Quién sabe si lo de imputrarle la maquinación intelectual del crimen fue una estrategia. Era menor de edad judicial, que aquí está en los 16 años, edad en la que algunos escriben crímenes perfectos y otros los perpetran.
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Hoy ha muerto un maestro, hace 12 años Sandra Palo y hace 15, Javier Robledo. Hay más nombres, pero la ley sigue igual desde 1996.

Ignacio Camacho (ABC) elogia a los profesores y maestros.

El debate más simple y más obvio de este drama es el penal: el del concepto buenista de la irresponsabilidad de unos menores familiarizados con una retórica de la violencia plenamente normalizada en su vida diaria. Pero hay muchos otros y más complejos detrás de esta clase de descalabros. Y todos convergen sobre esa figura cenital del profesor a la que a menudo abrumamos depositándole una parte sustantiva de nuestros fracasos. La víctima se llamaba Abel Martínez Oliva. Soldado eventual del más noble de los ejércitos. Él sí que era inimputable.

Y Jaime González (ABC) escribe un comentario banal que concluye con el sentimientalismo progre.

El menor no tiene responsabilidad penal, pero sus padres, víctimas colaterales de la tragedia, se enfrentan a una responsabilidad civil por los actos y daños causados por su hijo. Habrá que ver si el joven estaba bajo tratamiento médico o psicológico y si presentaba riesgos que no fueron correctamente evaluados. Habrá que valorar la influencia del consumo de esos juegos violentos a los que, al parecer, es aficionado.

Habrá, en suma, que resetear sus coordenadas y extraer de su interior la caja negra para saber qué le llevó a cometer un crimen para el que aún no tenemos respuestas. Es posible que él tampoco las tenga.

FÉLIX DE AZÚA: PODEMOS VENDE «ODIO»

Ignacio Ruiz Quintano (ABC) sigue zumbando a Albert Rivera y arremetiendo contra el pensamiento débil de Ciudadanos. Hoy recuerda que las democracias pueden hacer saquear el bolsillo del ciudadano, lo que tenían más difícil los reyes.

¿Que Rivera puede ser un Luis XIV para pobres?

Sí, si gana las votaciones, merced a un sistema electoral, el proporcional de listas de partido, que convierte en monarca absoluto al jefe del bando vencedor, pues reúne en sus manos los tres poderes (hoy, Rajoy), y además puede cobrar impuestos sin necesidad de escuchar a los súbditos, cosa, ay, que no podía hacer Luis XIV, y tampoco Luis XVI, que para pagar una deuda tuvo que convocar los Estados Generales, y una vez allí apareció el abate Sieyès, que era una sor Lucía Caram inteligente y con lecturas, y le montó la Revolución Francesa.

El País publica una entrevista a Félix de Azúa en la que éste muestra sus contradicciones de su pensamiento y de la que extraigo estas frases del escritor catalán:

No hay nadie que odie más a España que los españoles. España es, entre comillas, un país enfermo de autoodio. Y hay partidos que se dedican a mercantilizar ese odio. Hay vendedores de odio en los partidos nacionalistas vascos y catalanes. Incluso hay un partido como Podemos que vende odio a la casta, olvidan que ellos ahora son millonarios gracias a Chávez y gente así.

Soy un exiliado. Me fui de Cataluña hace cuatro años. Me pareció inmoral quedarme ahí con una hija pequeña. No estaba de acuerdo con la formación educativa que se da allá a los niños. Mi infierno ha sido haberme tenido que ir de mi casa. Y, en cambio, el paraíso es esta niña que nos ha obligado, a mi mujer y a mí, a irnos con un esfuerzo enorme. 

José María Marco se ocupa de las nuevas revelaciones sobre los vínculos entre Podemos y el socialismo del siglo XXI venezolano.

La conexión de Podemos con el régimen chavista o bolivariano no resulta lo más recomendable para un partido político que pretende tener alguna influencia en una democracia liberal como es la española. No es de extrañar que desde Podemos se esté haciendo todo lo posible para poner alguna distancia con un régimen que ha conducido a Venezuela a cotas abrumadoras de corrupción, inflación, empobrecimiento, criminalidad y violencia política. Sin embargo, esa conexión está más que corroborada por la vinculación de varios relevantes miembros de Podemos con otro grupo, la Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS).

De aquí se deduce que el chavismo bolivariano es, efectivamente, el programa de Podemos para España. La verdadera democracia está ahí, al alcance de la mano, y son los compañeros politólogos de CEPS y de Podemos los que nos la ofrecen en bandeja.

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Autor

Pedro F. Barbadillo

Es un intelectual que desde siempre ha querido formar parte del mundo de la comunicación y a él ha dedicado su vida profesional y parte de su vida privada.

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