Las columnas agosteñas de este 14 de agosto de 2015 tienen que empezar necesariamente con una felicitación a las policías rumana y española por haber puesto a buen recaudo al facineroso criminal de Cuenca, Sergio Morate, después de que acabase con la vida de dos jóvenes. Confiemos en que se cumple la ley en sus más rigurosos apartados y este sujeto se pase décadas entre barrotes –Atrapan a Sergio Morate, el asesino de Cuenca, en la frontera entre Rumanía y Hungría-.
Y dicho esto, los articulistas se decantan principalmente por analizar los gobiernos populistas que han caído en suerte (o en desgracia) en determinados ayuntamientos españoles, la polémica con los antitaurinos o la detención del autor del doble asesinato en Cuenca (como diría mi compañero El Fumador, hay quien ya tiene escrita su columna a las 12 de mediodía y no la cambia, pero otros prefieren levantar su creación y amoldar el hueco a la más rabiosa actualidad).
Empezamos en ABC y con José María Carrascal que habla de estos políticos populistas:
Venían a cambiar España, a hacerla más limpia, más justa, más próspera y, ya en el poder, lo único que hacen es quitar bustos, cambiar el callejero, lloriquear y colocar a sus familiares: Ada Colau, a su marido en un alto puesto del Consistorio barcelonés, Manuela Carmena, a su sobrino político, nunca mejor usada la palabra, como jefe de gabinete. Tienen la disculpa de que forma parte de la tradición española, la familia ante todo, y el agravante de que puede ser ilegal, imperdonable en una jueza. Carmena quiere resolver el problema de los desahucios cediendo espacios municipales a organizaciones okupas, siempre que no sean de ultraderecha. Que sean de ultraizquierda no le importa. Lo justifica con sus «actividades culturales». Por el rastro que dejan, deben de estudiar la cerveza. Además, ¿cómo va a hacerse esa cesión, temporal o permanentemente? ¿Tiene poderes para ello? Se trata de bienes públicos, de los que una alcaldesa no puede disponer libremente, a no ser que Madrid se haya convertido ya en una ciudad en manos de los sóviets.
Sobre la alcaldesa de Barcelona opina que:
En cuanto a Colau, a la que antes la gente aplaudía por la calle, hoy se siente desolada y desbordaba por las peticiones que le hacen los vecinos, uno un piso, otro un empleo, el de más allá una pensión. Pequeños dramas individuales que ella no puede resolver. De repente se ha dado cuenta de algo tan viejo como que una cosa es predicar y otra, dar trigo. De que gobernar no es manejar «el mucho dinero que tiene el ayuntamiento», como decía su colega madrileña antes de ocupar el palacio de Cibeles, sino conjugar las muchas obligaciones que tiene con los pocos recursos de que dispone para atenderlas. Ahora se enteran esas alcaldesas de que gobernar es elegir entre las opciones que tienen, no la mejor, sino la menos mala. Destruir, condenar, borrar, como predicaban, es fácil. Lo difícil es crear, construir.
Y precisa que ahora, viendo como les vienen de mal dadas las encuestas, la casta socialista ya no les parece tanta casta:
La mejor prueba de este baño de realismo que están teniendo las nuevas generaciones de españoles en el poder la tenemos en Podemos. De golpe y porrazo, sus líderes empiezan a plantearse la posibilidad de pactar con el PSOE tras las elecciones generales. ¡Con el PSOE nada menos, casta extra fina a la que no querían tocar ni con una caña de diez metros para no contaminarse! Aunque ya han pactado con él gobiernos autonómicos y municipales. ¿Pero el gobierno de la nación? ¡Vade retro! Ni hablar. Y ahí tienen a Errejón, con su cara de niño asustado, abriendo la puerta a tal pacto. Para este viaje, no se hubieran necesitado tales alforjas. Hubiese bastado haber viajado algo más que a Venezuela y haber leído algún libro otro que el de un politicólogo argentino.
Se aceptan apuestas: en un gobierno PSOEPodemos, ¿quién llevará la voz cantante?
Ignacio Camacho habla sobre el asesino de Cuenca y exige tener paciencia a la hora de lanzarse a enjuiciar las cosas:
Durante el proceso de escritura de «A sangre fría», Truman Capote simpatizó -hay indicios de una relación al menos emocional- con uno de los asesinos de Holcomb. Una lectura atenta de ese libro estremecedor conduce a pistas morales que relativizan la insensible dureza del crimen o sugieren la importancia del contexto social en la crueldad de sus autores. Pero Capote no abandona en una sola línea su compromiso esencial con el relato de hechos; la sacudida medular que provoca la cruda violencia de sus páginas la determina una técnica de deslumbrante precisión literaria en el uso de los materiales descriptivos. No se trata de objetividad, esa categoría tan ambiciosa como imposible en toda narración humana – «si fuera objeto, sería objetivo; como soy sujeto, soy subjetivo», decía Bergamín-, ni siquiera de una honradez intelectual dudosa en el punto de partida, sino de pulcritud profesional, de confianza en el poder de la palabra para abrirse paso por sí misma. Una cuestión de eficacia.
Añade que:
El periodismo posmoderno ha malversado ese legado de escrúpulo documental al someterse a la demanda social de explicaciones urgentes y de juicios de valor sesgados. Bajo la presión de las ciberredes, donde impera la precipitación arbitraria del comentario prejuicioso o simplemente imbécil, los medios relatan sucesos criminales con un afán editorialista y hasta sentencioso antepuesto a la sagrada atención a los datos. El padre que mata a sus hijas para vengarse de su exmujer; el joven psicópata que asesina a muchachas por despecho sentimental; o ya, en el colmo del efectismo sensacionalista del testimonio indirecto, la madre que degüella a un bebé porque «tenía el demonio en el cuerpo».
Y concluye que las prisas que impone el periodismo no bastan para explicar determinados sucesos:
El espectáculo de la información requiere conclusiones, dictámenes, veredictos inmediatos. El ritmo de la posmodernidad no puede esperar los análisis forenses ni el periodismo tiene paciencia documentalista. Populismo informativo. Para qué detenerse en la retorcida complejidad de una mente criminal cuando el público requiere explicaciones sencillas que le ordenen el caos del mundo en un par de frases o de líneas.
Hermann Tertsch se quita el sombrero ante la valentía mostrada por el torero francés Sebastián Castella:
«El problema (…) es que está mal visto decirlo. Pero o se acaba el tiempo de la vergüenza o se acabará el nuestro. Y primero cercenarán nuestra libertad, y después seguirán muchas otras». En una semana aciaga, repleta de terribles noticias, crímenes nefandos y política ridícula y demoledora a un tiempo; en el marco de la vulgaridad insufrible de la actualidad española, surgía como espectacular e inverosímil brote de frescura, dignidad e inteligencia en la desolación de un páramo, una carta de un torero. Es un escrito abierto del matador francés Sebastián Castella en defensa de la tauromaquia. Pero es sobre todo un claro, profundo y firme alegato en defensa de la libertad y en especial en defensa de la libertad de los españoles. Ha tenido que ser un torero francés el que trajera el coraje y las palabras españolas adecuadas, ajustadas, perfectas, para denunciar lo que sucede en España ante la indolencia y pasividad culpable de sus autoridades, la cobarde inhibición de las élites y la miserable complicidad de supuestas fuerzas democráticas y tantos medios de comunicación voceros de los totalitarios.
Y resalta que:
Como bien dice Castella, los españoles no luchan contra quienes quieren cercenar sus libertades. Y ponen esas excusas que han hecho de los españoles uno de los pueblos con más miedos de Europa. Grupos cada vez más extremistas del izquierdismo, del separatismo, del animalismo y de lo que haga falta, creen poder aprovechar este momento para imponerse definitivamente en España y acabar con la sociedad libre. Castella tiene razón. No son los toros, es la libertad lo que quieren abolir.
José María Marco, en La Razón, habla sobre las exigencias del PSOE al Gobierno para que dialogue sobre todos los temas, algo que luego, cuando llega al poder, convierte ese exigido diálogo en mero chantaje
Como siempre en periodo preelectoral, cunde el mantra del diálogo. Casi todo el mundo se siente en la obligación de aconsejar al Gobierno diálogo, más diálogo, sobre todo diálogo.
Quienes tanto preconizan el diálogo no son precisamente los más dispuestos a practicarlo cuando están en situación de ejercer el poder. Está claro en el caso de la nueva ley de educación o en la reforma laboral, uno de los mayores éxitos del Gobierno, en la que los socialistas andan proponiendo una contrarreforma que acabe con todo lo conseguido. Se trata de defender los privilegios de algunos sectores frente a los intereses de todos, en particular de los más vulnerables, como son los perjudicados por un sistema inflexible y discriminatorio, superado en estos años. El «diálogo» que practicaría el PSOE es muy distinto del que ahora anda aconsejando. Se parece más a un monólogo con sus amigos y, además, a un trágala. Un trágala de aire retrospectivo, además, que hará retroceder al mercado de trabajo a una situación excepcional en el conjunto de los países europeos. Otro tanto vale para la educación, sector particularmente atrasado por la negativa de los socialistas a cualquier forma de diálogo.
Y subraya que:
También se suele oír que el Gobierno ha dialogado poco con los nacionalistas catalanes. Lo que viene haciendo el Gobierno ante la deriva secesionista consiste en intentar evitar que la política de la Generalidad perjudique a los ciudadanos de Cataluña, además de señalar los cauces que establece la ley, los únicos por los que puede discurrir la decisión democrática. La puerta del diálogo la han cerrado los posibles interlocutores del Gobierno. En este caso, el PSOE también se suma a la petición de diálogo cuando ni siquiera ha sido capaz de llegar a un acuerdo interno acerca del contenido de su propuesta federal.
Antonio Lucas, en El Mundo, se centra en el sangriento verano con tantos asesinatos y crímenes habidos por toda la geografía española:
El germen atroz de la violencia está más robusto aún en este agosto. Contra las mujeres, digo. Caen muertas todas las semanas. Tipos absurdos. Hombres taimados. Lobos de presa. Toda esa jauría de seres torcidos que no acepta un «adiós» y confunde crimen con divorcio acumula en estos meses una sangría loca. El asesino es un débil social, lo adivinó Voltaire. Y aquí estamos rodeados. No sólo de aquellos que aventan hostias y quiebran huesos de mujer, sino de esa otra reata más peligrosa por abundante y sorda: los del insulto instantáneo, los de la amenaza, los del acoso en las redes, los del mensaje cabrón. Carne de saldo con goteras, chulos de tresillo, analfabetos funcionales dopados de la falsa fuerza de ser tíos, trucando su autoridad con un hacha.
Cree que los fallos no se encuentran en las leyes:
No sé si las leyes son efectivas. No sé si los planes preventivos funcionan. Pero lo que falla no está en los papeles, sino en las cañerías de algunos hombres. Aquellos a los que el fracaso (social, económico, psíquico) les lleva a licuar los lazos con la decencia. Su charca propicia es donde anida el gracioso del chiste putero. El aullador del piropo macho. El escéptico. El pasivo. El indolente ante otra muerte. El que le cruza la cara a la mujer para que sepan los amigos. Parece que les mola ese oscuro placer al que no da derecho el matrimonio. Y eso es lo que no se ataja: la carga de frustración personal que algunos mierdas se purgan hostiando a la que tienen más cerca.
Estos asesinos son ferralla humana que el sistema construye y destruye al mismo tiempo. Pero en el camino dejan vidas secas. Es una forma de terrorismo gota a gota. Ya no hay más que un género, el humano. Y la mujer hace mucho que dejó de ser el negro doméstico del hombre. Aunque a algunos les joda porque se presienten todavía más ínfimos, más mediocres.
Y cree que influye el factor cultural a la hora de arrojar luz sobre los motivos de estas matanzas:
También es cuestión de cultura. De inteligencia y cultura. Y por cultura no digo estudios, sino cultura. O sea, pensar, inventar, respetar, comprender. Nada que ver con él éxito, la especulación, el pelotazo ni el confort. Algo muy alejado del «por mis cojones». No sé si me explico.
Estos crímenes contra mujeres (y contra los hijos de esas mujeres, que es la forma más eficaz de matarlas muy despacio) vienen propulsados por la venganza. Por la idea de que el novio es dueño de la novia, y así sucesivamente. Eso se incuba en casa. Y se hereda. Y se contagia. Y luego salen racimos de universitarios machistas. Y vuelta a empezar. Es fascismo de género. Es vivir con retraso.

