LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Estamos a cinco minutos del chándal bolivariano de Venezuela o de Cuba

Antonio Burgos critica que ciertos diputados del Congreso vayan como andrajosos mientras que a los ujieres se les obliga a ir de traje y corbata

Estamos a cinco minutos del chándal bolivariano de Venezuela o de Cuba
Alberto Rodríguez, diputado de Podemos. EP

Circo en el Congreso, justicia con diferentes e injustas varas de medir, políticos ambiciosos que sólo piensan en su interés particular. Esto es lo que este 17 de enero de 2016 se pueden encontrar los lectores en las columnas de opinión de la prensa de papel. Pasen y lean.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Antonio Burgos, que se parte literalmente de risa con las pintas que llevaban determinados políticos el pasado 13 de enero de 2016 en el pleno de apertura de la XI legislatura en el Congreso de los Diputados:

Si por cuanto voy a decir para abrirme de capa en este artículo me tachan de militarista, será para mí un honor. ¿Passsa algo? Pienso que la supresión del servicio militar obligatorio que hizo Aznar (sin sacarle beneficio político alguno, por cierto) es una de las causas de la actual pérdida de valores y principios en nuestra sociedad, de la que fue buena prueba el triste y lamentable espectáculo de la circense sesión de constitución del Congreso de los Diputados. En el cuartel, las nuevas generaciones aprendían virtudes civiles que se han perdido, e incluso se tiene a gala haberlas mandado a hacer gárgaras: la obediencia, la disciplina, el orden, la puntualidad, el sentido del deber, el honor. Y por descontado, el amor a la Patria y el respeto a su bandera, aunque sólo fuese para beneficiarse del permiso tras su jura. En el cuartel se aprendía a estar «en perfecto estado de revista y policía»; y si no llevabas abrochado el último corchete de la guerrera te caía un paquete; como ibas del tirón al barbero de la unidad para un buen rapado si llevabas el pelo más largo de lo debido o el cuello con más bucles que un señorito de Jerez, de los de esa corbata en curva que llega media hora antes que ellos.

Se pregunta:

¿Corbata? ¿He dicho corbata? La corbata es facha, como saben. «Los rojos no usaban sombrero», decía el anuncio de un establecimiento de la calle de la Montera tras la guerra; «los progres no usan corbata» es la consigna de hoy. El machadiano «torpe aliño indumentario» es su uniforme. Las derechas llevan corbata, y las izquierdas, cuanto más radicales, prendas más cochambrosas, pues estamos peligrosamente a cinco minutos del chándal bolivariano de Venezuela o de Cuba y cuanto significa. ¡Ah, y todos objetores de ducha y champú, como lo eran de conciencia cuando había mili!

Y asegura:

Espectáculo del abuso de menores con pretexto de lactancia aparte (¿es que no hay bajas maternales, como la de Susana Díaz?), después de todo demasiado bien vestidos iban el de la rasta y la compaña para tomar posesión como «tribunos de la plebe»: nunca vino tan al pelo el término romano. Hubo suerte, porque de momento no ha entrado en el Congreso el chándal de Castro o de Maduro. De momento. No suelten palomas ni tiren cohetes todavía. Lo que me extraña es que en esta nación donde se pide el libro de reclamaciones ante cualquier agravio comparativo nadie haya salido en defensa de los ujieres del Congreso, como me lanzo ahora, cual espontáneo en los toros. ¿Por qué sus señorías pueden ir vestidos de telas mares en un Congreso donde el atuendo más adecuado y respetuoso lo llevan no los que se autoproclaman exclusivos representantes del pueblo, sino los empleados de la casa, esto es, los taquígrafos, los ujieres, los ordenanzas? ¿Por qué el ujier del Congreso no va a poder llevar rastas y ha de ir el hombre de uniforme, con chaqueta, corbata y galones dorados? Y la señora que cambia el vaso de agua a los oradores, tan uniformada, ¿por qué no ha de poder hacerlo llevando a su niño de pecho al cuadril, como las gitanas a sus churumbeles? Se les llena la boca diciendo que son más de izquierdas que la leche que mamó el niño de la Bescansa, pero ahí los tienen, exigiendo el uniforme al personal del Congreso, como señoritos a sus criados para servir la mesa en el cortijo. ¿Por qué los ujieres y bedeles del Congreso han de ir de corbata y uniforme y los diputados como les salga de sus co… letas?

Se verá la copla cuando en la solemne sesión de apertura de la legislatura, inaugurada por Su Majestad el Rey, y estén allí los dos ujieres vestidos de maceros, como sotas de bastos de baraja de Heraclio Fournier, y al lado un tío con sus rastas y su camiseta, su chamarreta, su parca de Decathlon o como le salga de las narices. Claro que pueden decir que ellos van también de uniforme: de uniforme de la Castuza que patrocinan los países dictatoriales donde la máxima etiqueta civil no es el frac, sino el chándal boliviariano.

Ignacio Camacho insiste en que se está montando una yihad contra el PP:

La principal anormalidad política española consiste en que un partido democrático mayoritario y de carácter estructural, similar en ideología y composición sociológica al gaullismo francés, al socialcristianismo alemán o a los tories británicos, sea objeto de repudio en un arco parlamentario donde figuran desde independentistas que desean romper el país hasta populistas revolucionarios dispuestos a liquidar el sistema. Y casi más chocante aún resulta que esa estigmatización formulada por las élites dirigentes de la izquierda y el nacionalismo sea aceptada y/o compartida por gran parte de sus votantes, que tienden a considerar un anatema cualquier tipo de acuerdo con el centro-derecha. El problema de gobernabilidad planteado por el resultado electoral de diciembre estaría resuelto en cualquier país del entorno europeo con un pacto de estabilidad transversal perfectamente normalizado; es posible, sin embargo, que en España haya que recurrir a nuevas elecciones antes de que la socialdemocracia se atreva a romper ese inquietante «cordón sanitario» que no rodea sólo a una fuerza política, sino a varios millones de ciudadanos tercamente empeñados en votarla.

Aclara que:

Esa insólita voluntad de aislamiento es la que mueve a Pedro Sánchez a vincular la supervivencia de su liderazgo a una especie de yihad anti-PP articulada mediante una coalición multipartita que puede poner en peligro la cohesión del PSOE, muchos de cuyos votantes no acaban de entender la permeabilidad hacia el nacionalismo. Sánchez sabe, sin embargo, que sus bases sociales tampoco le perdonarían que permitiese, por activa o por pasiva, la continuidad en el poder de una derecha criminalizada. Lo sorprendente es que al mismo tiempo los socialistas, en su mayoría, se muestren complacientes con Podemos, una fuerza que aspira a reducirlos a la irrelevancia y que sostiene unos postulados extremistas y de ruptura que sí merecerían el rechazo general en cualquier estándar democrático. Lejos de cuestionar la actitud insurgente y antisistema de quienes les disputan la hegemonía de la izquierda, la socialdemocracia los considera una suerte de hermanos separados con los que a fin de cuentas se puede caminar hacia objetivos compartidos bajo la hostilidad al adversario común.

Y resalta el papel decisivo que tiene Ciudadanos:

En esta dialéctica radical, Ciudadanos desempeña un papel clave de equilibrio más allá de su escasa masa crítica parlamentaria, insuficiente para determinar mayorías de gobierno. Alimentado electoralmente con votos moderados, C’s es la única fuerza que puede actuar de puente ideológico y moral para evitar la fatwa contra la representación política de siete millones de españoles. Ocurre que a veces su voluntad de marcar territorio propio y un cierto complejo progresista tienden a conducir a Rivera al lado seguro de la valla invisible de exclusión. Ninguna yihad admite componendas: lo que no es oposición es complicidad.

Luis del Val se marca una tribuna espléndida en la que deja retratados como tontos contemporáneos a aquellos que se saltan las elementales normas de cortesía. Dicho de otro modo, los mamarrachos que el 13 de enero de 2016 montaron el circo en el Congreso de los Diputados:

Hay casi doscientos estados reconocidos en el mundo, y en la mitad de ellos las sociedades viven bajo regímenes autoritarios. En el resto, las cosas tampoco van perfectas, y se considera que democracias plenas y auténticas, sin disfraces, sólo existen en 28 países. Dentro de esos países -auténticos privilegiados entre los 194 estados- se encuentra España, que ocupa el lugar dieciséis, por delante de Estados Unidos, que se halla en el diecisiete. Algo para sentirse satisfecho, porque hace 39 años vivíamos bajo una dictadura. Por eso, el Congreso de los Diputados merece respeto, porque es la materialización de la democracia, el mecanismo por el cual se lleva a cabo lo que Lincoln denominaba «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo», es decir, la cristalización funcional de nuestra categoría democrática.

Subraya:

Y por eso, las chuscadas, las burlas y las chacotas, esas anécdotas que pretendieron convertir la elección de su presidente en la elección de un delegado de facultad, con acompañamiento de la tuna, me parecen denigrar los símbolos y, sobre todo, burlarse de quienes hemos delegado nuestra soberanía y pagamos su sueldo con nuestros impuestos. Se ríen de nosotros proponiendo como presidente al bebé que se trajo una señora que dispone de servicio doméstico y pertenece a una familia millonaria, o cuando eluden el compromiso de la promesa de acatamiento a las leyes, como si se tratara de una reunión de taberna, o cuando acuden ataviados como si fueran a limpiar el cuarto trastero de su casa. En lugar menos solemne, como es la Academia de Cine de Hollywood, en sus ceremonias no entra quien no va vestido de etiqueta. Aquí no se exige tanto, pero no sabía que se creían que, en lugar de tomar posesión de su cargo, iban a ponerse a limpiar el coche o a darse una vuelta por el gimnasio.

Y recalca que:

Confundir la anécdota con la categoría es algo inherente a los tontos contemporáneos, que también confunden el toreo de salón con el toreo, o sea, la revolución con la gamberrada. Quien se pone delante del toro es un torero y quien se cree que lleva a cabo una revolución porque se salta las normas de cortesía y compromiso es un gilipollas. Y guardar las formas no es retrógrado, sino que forma parte de una civilización que ha sabido constreñir sus instintos, domeñarlos, y no defeca en la calle, ni se aparea en los bancos de los parques ni alivia los gases de su intestino en lugares cerrados. Claro que algunos creen que eso es menoscabo de la libertad individual, porque la estupidez es una enfermedad que nunca se erradica y siempre ha impedido distinguir la anécdota de la categoría.

Alfonso Rojo, en La Razón, pone el dedo sobre la llaga de un sistema judicial que ha perdido el oremus, donde se condena con más años de cárcel a un trincón que al facineroso que puede llevarse por delante la vida de alguien:

Hemos perdido el oremus. La expresión tiene su origen en la misa en latín anterior al Concilio Vaticano II y refleja ese momento de estupor que te atenazaba cuando el cura invitaba a la oración y te pillaba pensando en las musarañas e incapaz de cumplir con la liturgia. Aunque merced a nuestro zarrapastroso sistema de enseñanza ya no hay estudiante capaz de decir de dónde viene la frase, todavía queda gente que entiende su significado: «Perder el juicio, la cordura o la idea de lo que se va a hacer o decir». Y en mi opinión, eso es lo que ha pasado en España.

Apunta que:

Hay muchos ejemplos y el primero que me viene a la mente es el de las «tarjetas black». Hace unos días, la Fiscalía Anticorrupción solicitó cuatro años de cárcel para Rodrigo Rato y seis años para Miguel Blesa, su predecesor en la presidencia de Caja Madrid, por el uso y la gestión de las dichosas tarjetas opacas. En su escrito, la Fiscalía acusa a los dos citados y a otros 64 personajes de apropiación indebida. La reacción social ha sido inmediata y oscila entre el entusiasmo de algunos políticos, al aplauso de bastantes periodistas, que hablan de «castigo necesario» o «pena ejemplarizante».

Quizá me hubiera callado si dos días después no me hubiera enterado de que la Audiencia Nacional investiga a Gustavo de Arístegui y Pedro Gómez de la Serna y que Anticorrupción ve en el supuesto cobro de comisiones del embajador y el diputado indicios de varios delitos, incluido el de «organización criminal» por el que les pueden solicitar hasta 8 años de cárcel. No sé si es el oremus o que nos hemos agilipollado irremediablemente, porque en este país y de acuerdo con el artículo 142 del Código Penal todo lo que se puede sancionar a quien matase a otro de forma imprudente, va del año a los cuatro años de prisión. Y si el homicidio es doloso y lo apiola con toda intención, lo que le suelen pedir son de diez a quince años en la trena.

Concluye:

En otras palabras, que si un facineroso lanza una botella al alto en la discoteca y desnuca fatalmente a tu hijo pequeño, ni pisa la celda. Pero al caradura que se agenció una cartera de cuero en Loewe, fue a Victoria’s Secret a comprar lencería picante para una amiguita o se ponía morado de cocochas en los restaurantes con dinero de la Caja, lo enchironan por lo menos un par de años o más. ¡Amén!

En El Mundo, su director, David Jiménez, habla sobre el circo que es ahora mismo el Congreso de los Diputados y la política española en términos generales:

El otro día me acerqué al Gran Circo Mundial, que ha instalado su carpa en Madrid, y comprendí que la saturación política estaba empezando a afectarme. Allí estaban los trapecistas venidos desde Corea del Norte, pero cuando el anunciador presentó el nunca visto cuádruple salto mortal, yo creía ver a Pedro Sánchez tratando de ser presidente con 90 escaños y el apoyo de partidos que buscan que España se rompa la crisma. Salió un mago y me recordó a Pablo Iglesias, capaz de convertir a un leninista convencido en socialdemócrata en un abracadabra. Un malabarista lanzaba a izquierda y derecha sus diábolos, cual Albert Rivera, y pensé si no sería un mal presagio que se le cayera uno, quizá en un momento de indecisión. Salieron las fieras y me fijé en un león venido a menos que, como Mariano Rajoy, parecía resistirse a la idea de que sus mejores días habían terminado.

Si la democracia es el arte de «dirigir el circo desde la jaula de los monos», como decía Mencken, en España nos quedan meses de incertidumbre hasta saber quién dirigirá el que se ha montado tras las elecciones. Ha bastado una sesión parlamentaria para tener la certeza, al menos, de que no nos va a faltar el espectáculo. La predicción era que, una vez tuvieran los votos, los nuevos políticos sustituirían el plató de televisión por el Parlamento. Parece que será al revés. Lástima que el país no se lo pueda permitir, con lo divertido que podría ser todo.

Explica que:

Ocurre que tenemos un 21% de paro, que la crisis nos ha dejado un país con desigualdades inaceptables, que la confianza de los empresarios se deteriora, que los inversores extranjeros están empezando a dejar de llamar, que nuestra economía se enfrenta a desafíos que podrían volver a tumbarla -el Ibex vive el peor arranque del año de su historia-, que el terrorismo islámico golpea ciudades de todo el mundo a su antojo, desde París a Yakarta, y que el Gobierno de Cataluña ha anunciado que piensa hacer todo lo posible por romper España, por citar algunos desafíos que nos esperan en los próximos meses. Pero sigamos hablando de la melena del nuevo diputado Rodríguez, como si nuestros intereses fueran a estar mejor «defendidos por un diputado con rastas que por uno con terno y gomina Patrico», que escribía el otro día Jorge Bustos. Como si la conciliación familiar fuera a mejorar llevando a tu bebé a un Parlamento que tiene guardería, privilegio que gustosamente habrían aprovechado miles de madres. O como si un puño en alto y cuatro lemas fáciles fueran a pagar nuestra deuda o mejorar la educación.

Aquí de lo que se trata es de aprovechar la mejor oportunidad que ha tenido España en mucho tiempo para que sus políticos se pongan de acuerdo y empujar una verdadera agenda de reformas que enderece el país para una generación. Se trata de priorizar el interés de los ciudadanos por encima de carreras políticas perfectamente reemplazables. Y se trata de hacer política en lugar de montar el show y buscar el aplauso de la militancia en las redes sociales.

Y sentencia:

Lo del otro día fue la prueba de que Pablo Iglesias ya está en campaña -si es que alguna vez dejó de estarlo-, en previsión de unas nuevas elecciones en las que espera merendarse lo que queda del PSOE. Mientras, Pedro Sánchez, desde la plataforma del trapecio, se lo piensa. ¿Debería ir a por el cuádruple salto mortal, poniéndose en manos de un partido que quiere destruir al suyo y otros que buscan romper España? Un salto sin red. Todo o nada. Moncloa o INEM. Que Sánchez no parece tener vértigo lo demuestra su decisión de esta semana de prestar sus escaños a partidos separatistas en el Senado, un absurdo que, entre otras cosas, pone más fondos del Estado en manos de quienes lo quieren dilapidar.

La alternativa razonable es ese pacto con Partido Popular y Ciudadanos en el que se incorporarían propuestas del programa socialista, se daría estabilidad al país y los populares serían empujados a llevar a cabo su regeneración pendiente. Puestos a elegir entre piruetas arriesgadas, al líder socialista le quedaría el consuelo de haber escogido lo mejor para España y haber impedido el cierre del circo.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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