
(PD).- Decía Ángel Expósito que nunca había ejercido de maestro de ceremonias de un evento que haya levantado tanta expectanción. La presidenta de la Comunidad de Madrid no defraudó. Esperanza Aguirre está dispuesta a batirse el cobre, lo que no significa que vaya a presentarse al como alternativa a Mariano Rajoy en el congreso de junio. Lo más probable, dicen los que la conocen, es que aguantará con la incertidumbre y al final dará su apoyo total a Rajoy. Pero su mensaje, a esas alturas, ya habrá llegado.
Más de 500 personas acudieron al acto organizado por el Foro ABC en el casino de Madrid. Entre otros, estaba su ex director y actual columnista, Ignacio Camacho. El sevillano cuenta así lo que vio:
«Esperanza Aguirre ha decidido mantener el interés sobre sus proyectos por el procedimiento de negarse a revelarlos. Como la incógnita consiste en saber si presentará candidatura alternativa a Rajoy, experto en vilos, ambigüedades y gallegadas, la cuestión se convierte en un rizo rizado, un círculo vicioso, una partida a base de faroles herméticos y pétreas miradas que perderá el primero que pestañee. Las cartas no las enseñarán hasta que no quede apuesta que poner en la mesa.
La cita de Aguirre en el Foro ABC revistió una expectación mediática tumultuosa, desbordante de empujones y apreturas; yo no perdía un zapato en una bulla desde que el periodismo canalla me llevó a revolotear alrededor de Isabel Preysler en el cénit de su fama.
Este fragor en torno a los perdedores de las elecciones debe tener muy contento a Zapatero; nadie se pregunta quién va a ser ministro, pero una vicesecretaría segunda o una portavocía adjunta del PP parecen haberse convertido en cuestión de Estado. Naturalmente la lideresa madrileña, beneficiada por tanto morbo, se cuidó mucho de apagar los focos con revelaciones que disiparan el efecto; antes al contrario, entendió a la perfección la ventajosa oportunidad que le deparaba mantenerlo. Y a ello se atuvo, con un discurso impregnado de gotas de veneno y mensajes cifrados entre reivindicaciones ideológicas de liberalismo.
Del tema de fondo, ni sí, ni no, ni lo contrario: Incertidumbre «a día de hoy», que suena a parte de guerra civil, aunque sin cautivos ni desarmados. Bazas de suspense, midiendo las palabras para sostener la cotización en la bolsa de los pulsos políticos.
Enfrente le escuchaba un Rajoy cuya serenidad traiciona el veterano tic de su pierna derecha. Ambos parecen bailar un rigodón, o más bien un tango, en el que los bailarines se aproximan y se distancian con pasos calculados cuyo riesgo estriba en que el final no está escrito en la partitura: él puede aprovechar un estirón para soltarla y lanzarla lejos sobre su propio impulso, y ella puede valerse de cualquier abrazo ritual para clavarle una puñalada. Mientras tanto fingen atenerse a reglas, pero si las miradas cortasen habría sido menester repartir tiritas en el Casino.
Para los entendidos en criptología política, lo que hizo la presidenta fue acotar territorio y poner condiciones; quiere parcelas de influencia y reservas de acción. Rajoy aguanta el tipo con una sonrisa de cartón y menea la pierna bajo el mantel. Hoy tiene que enfrentarse a Zapatero en la investidura, un debate muy difícil para quien acaba de sufrir una derrota, pero quizá para él se trate de un día relativamente tranquilo: sólo le van a atacar sus adversarios.
¿DÓNDE ESTÁ JOSÉ MARÍA AZNAR?
A las doce del mediodía de este martes, José Luis Rodríguez Zapatero se subirá a la tribuna para echar su discurso de investidura. Si todo va conforme está previsto, será elegido de nuevo presidente del Gobierno. ¿Y dónde está su antecesor en el cargo que no dice ni mu? Es Manuel Martín Ferrand, en el mismo ABC, el que se hace la pregunta:
Del único que no se habla, y el único que no nos dice nada, es José María Aznar. Cuando la insensatez cainita y demoledora, hija de las pequeñas ambiciones de personajes con manías de grandeza, impone sus criterios y establece el ritmo del PP es como si Aznar, el hombre que después de fortalecer y engrandecer el partido hizo un mutis generador de la situación actual, no quisiera saber nada de sus herederos y pupilos.
La situación no debe producirle mucho gozo, que a nadie le gusta asistir a la demolición de su propia obra; pero, a poca responsabilidad que se atribuya en la situación, debiera sentir el impulso de usar su autoridad, que no la ha dilapidado toda, y poner orden entre sus herederos. A no ser, que no lo creo ni lo parece ni cuadra con su personalidad, que esté pensando en volver a Génova, de donde salió por su propia iniciativa y con cierta precipitación, y poner orden en el caos que pusieron en marcha su dedo designador de sucesores y su propio designado.
En un sistema bipartidista, tal que nuestra partitocracia vigente y sustitutoria de una democracia representativa y parlamentaria, el trabajo de la oposición es fundamental. Es, de hecho, el único mecanismo de control y vigilancia que puede marcar el rigor gubernamental; pero, si a una paupérrima formación de poder le añadimos una oposición consagrada a sus disparatados asuntos internos y adornamos la tarta con los guindas separatistas que pretenden arruinarla para no tener que formar parte de ella, no cabe esperar nada bueno.
A partir de hoy, y daría cualquier cosa por equivocarme, volveremos a las palabras huecas de quien ha de gobernar y a las vacías y poco alternativas de quien no parece querer llegar a hacerlo. La cuerda de la tolerancia ciudadana se está tensando en demasía. Ya es mucha la distancia entre los representados y sus representantes. Incrementada resulta temerario.
