Fernando Jáuregui – No te va a gustar – ¿Es usted capaz de contestar a estas preguntas?


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Un pequeño grupo de idealistas ha puesto en marcha en Twitter -con no demasiado éxito hasta el momento, debo confesarlo_ una ambiciosa propuesta frente a la de «indignaos»: «ilusionaos». El libro que presumiblemente está detrás de la revolución que vivimos -«Indignaos», de Stephane Hessel_ no es sino un opúsculo de incomprensible éxito si no fuese por su título. Y es que existe en las sociedades occidentales en general y en Europa en particular un caldo de cultivo para la indignación: demasiada gente marginada del proceso productivo, demasiados jóvenes sin empleo sutilmente, dulcemente, explotados por un injusto estado de cosas.

Una indignación que primero prendió en el norte de Africa, en países de Oriente Medio y que llegó al Viejo Continente, con especial virulencia en Portugal, algo en Francia -la patria de Hessel_ y, desde luego, en España. La spanishrevolution que algunos han querido creciente y que se va quedando en mucho menos… O quién sabe si los rescoldos actuales darán lugar a grandes incendios mañana. Quién sabe.

Porque la verdad es que, a estas alturas, aún poco conocemos tanto de la gestación de estos movimientos como de su desarrollo -un tanto caótico, quizá_ y, menos aún, claro está, de su futuro. ¿Estamos ante una globalrevolution azuzada por las redes sociales? ¿Es Twitter, una «máquina de comunicación» limitada a 140 caracteres, el instrumento para que el mundo cambie? Francamente, no tengo respuesta concluyente a esta pregunta, que tantos «twitteros» de grado inferior o medio nos hacemos. ¿Quiénes controlan las redes, quiénes son los «Anonymous» que sacuden a los poderes institucionales, a los servicios secretos, que son capaces de inutilizar durante horas la web de la policía española o de penetrar en los secretos del Pentágono? ¿Cuál es la mano que, más allá de los Julian Assange, está detrás de las revelaciones de Wikileaks, que han hecho temblar a los gobiernos más poderosos?

Dígame usted quién puede contestar de manera convincente a todos estos interrogantes. Seguramente porque cada una de las preguntas que he formulado tiene una respuesta diferente: no hay una sola mano tras el poder cibernético; más bien, pienso que hay demasiadas manos, y esa es su grandeza y su miseria. Incontrolable. Lo evidente es que el gran invento para la comunicación que fue Internet empieza ahora, veinte años después, a producir sus efectos, se consideren estos devastadores o benéficos. Nos ha pillado a contrapie a los periodistas-de-toda-la-vida, pero también a los presidentes y primeros ministros de todos los gobiernos, a todos los servicios de inteligencia, a todos los sociólogos, a los cátedros. Grupos de gentes anónimas, armadas con un ordenador portátil, con una presumible dosis de idealismo y otra, imaginable, de rabia ante un «statu quo» que no les gusta, muestran que pueden poner en pie a miles de jóvenes y no tan jóvenes, bien sea contra la banca del mundo mundial, contra los tiranos de Túnez, de Argelia, de Siria o, más modestamente, contra la «ley Sinde» o contra los políticos que no admiten preguntas en las ruedas de prensa. O porque sí. O porque no.

Así, para desesperación de los periodistas, de los encuestadores, de los legisladores, de los togados, resulta que los verdaderos protagonistas de mucho de lo que está pasando no están ni en el FMI, ni en el Banco Central Europeo, ni, desde luego, en el Club Bilderberg o en los consejos de ministros. Son esos guerrilleros del i-pad y del e-phone que, desorganizadamente, muchas veces al filo de unas leyes que se van quedando obsoletas, buscan un mundo mejor y de momento no encuentran más medicina que una denuncia no siempre del todo justa, protagonizando una cabalgada desbocada que ellos mismos no entienden, que nosotros mismos, que algo tenemos de ellos, no entendemos. Por eso, porque creo que no queda sino albergar esperanzas en este mundo nuevo que entra sin llamar a la puerta, prefiero, a estas alturas, el ilusionaos al ya clásico indignaos, que me parece que va quedando sobrepasado.

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