Julia Navarro – Escaño Cero – Un año y un día.


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Las cosas nunca salen como nos gusta prever, ni siquiera a los presidentes de gobierno. Mariano Rajoy acaba de cumplir su primer año al frente de la presidencia del Gobierno y seguramente para él, al igual que para el resto de los ciudadanos, ha sido un año más de hieles que de mieles.

Para empezar, muchas de sus promesas electorales se han quedado en papel mojado. Rajoy dice que por las circunstancias, pero con ellas o sin ellas, lo cierto es que hoy pagamos más impuestos, nos han reducido los sueldos, el paro ha aumentado, con la excusa de la crisis se está desmantelando el Estado del bienestar, las clases medias están empobreciéndose a pasos agigantados, la ya famosa «prima de riesgo» se ha convertido en pesadilla, los bancos están en el punto de mira de las iras de los ciudadanos, se anuncia una escabechina en Iberia que era una compañía solvente hasta que a algún listo se le ocurrió fusionarla con la British y regalar el negocio a los ingleses (algún día alguien tendrá que responder de semejante desatino), hay una quiebra en la confianza de los ciudadanos para con los políticos, etc, etc, etc. O sea que las cosas están hoy peor que hace un año, que ya es decir.

Nuestro presidente, prudente él donde los haya, no se atreve a decir que ve «brotes verdes» pero asegura que las cosas van a ir mejor. Dice también que si no hubiera tomado algunas de las medidas que ha tomado, estaríamos peor. En realidad, Rajoy plantea una cuestión de fe. Porque es evidentemente opinable eso de que si no hubiese tomado las medidas que ha tomado las cosas estarían peor. Hay quienes piensan, yo entre ellos, que hay «otras» medidas para paliar la crisis, no necesariamente todas las que ha adoptado el Gobierno del PP.

También nos plantea una cuestión de fe cuando anuncia, para que nos lo creamos, que las cosas van a ir a mejor y que la tormenta terminará allá en el 2014. No. no ha sido un buen año para Mariano Rajoy que se ha tenido que batir el cobre el Bruselas intentando que los euromandamases de la UE no nos aprieten más de la cuenta. No le ha debido resultar fácil lidiar con la cada vez más aborrecida señora Merkel. Ni tampoco con los dirigentes de la Comisión, tipo Herman Van Rompuy, que nos quiere dar aceite de ricino día si día también.

Mariano Rajoy no es de los que plantean batallas a todo o nada, la suya es una personalidad que tiende a buscar soluciones sin estridencias, y si no obtiene lo que quiere tampoco es de los que lo demuestran, prefiere no cerrar puertas. Así que los ciudadanos nos hemos encontrado con que nuestro presidente nos ha gobernado al toque de las trompetas de la señora Merkel aplicándonos un plan de austeridad que nos ha dejado en los huesos y que hasta ahora no ha dado ningún resultado. Quizá nuestro presidente debería de prestar atención a los consejos de otra política, Dilma Rouseff, presidenta de Brasil, quien en su reciente visita a España ha advertido que la austeridad extrema provoca más depresión y ha recordado que la misma receta que están aplicando los europeos para salir de la crisis es la que el Fondo Monetario Internacional impuso a Latinoamérica décadas atrás provocando una crisis aún mayor y que el continente aumentara la pobreza. Hoy Brasil es un país emergente con unas cuentas saneadas, y un país de oportunidades. De manera que puestos a escuchar consejos, mejor los de Rouseff que los de Merkel.

Pero volviendo al aquí y ahora, el balance de este primer año de Gobierno del PP no es positivo y los ciudadanos incluidos los votantes populares están decepcionados. El PP había hecho creer a muchos ciudadanos que el problema de España se llamaba Rodríguez Zapatero, pero ha quedado demostrado que el señor Zapatero era solo «uno» de los problemas, pero no todos los problemas, y que en cualquier caso el señor Rajoy no ha sido capaz hasta el día de hoy de que las cosas nos vayan mejor a los ciudadanos, es más, nos van bastante peor.

No sé si Mariano Rajoy celebrará su primer aniversario en Moncloa, desde luego los ciudadanos no tenemos nada que celebrar.

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