Siete días trepidantes – El quizá tranquilizante «efecto Rajoy».


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

A Mariano Rajoy, que habla por ejemplo desde una «cumbre» de carácter europeo en Milán, donde Renzi era el anfitrión y la señora Merkel la asistente más destacada, hay pocas cosas que le quiten el aire flemático con el que empezó, casi tres años agitados ha, «su» Legislatura; no se lo ha quitado el brote de ébola, que todo indica, Dios nos oiga, que tiende a remitir; ni ha perdido la calma por lo de las tarjetas «B», de Caja Madrid, tema que le obligará a decidir, más pronto que tarde, la expulsión de Rodrigo Rato, el hombre que casi pudo haber sido presidente del Gobierno de España en lugar de Rajoy, del Partido Popular. Puestos a mantener la imperturbabilidad, incluso la mantiene ante ese vendaval caótico en el que se convertido la política catalana, con un Mas anunciando una «consulta» verdaderamente loca el 9 de noviembre y con un Oriol Junqueras sollozando ante los micrófonos de una radio oficiosa en demanda de «independencia ya», mientras ya se escuchan los tambores de unas elecciones anticipadas que nadie quiere. De locos. Muchos espectáculos de puro surrealismo, aderezados por la acusación del líder de la oposición, Pedro Sánchez, para quien esta calma chicha presidencial se podría traducir más bien en un «desgobierno».
La verdad es que, vistas las cosas desde el puente de mando en el que se ha situado Rajoy, en un barco que está como situado en medio de la bahía, lejos del tumulto en el muelle, puede que hasta resulten divertidas, si no fueran potencialmente trágicas. Lo que está ocurriendo en los ámbitos del poder político catalán tiene, la verdad, a dar la razón al inquilino de La Moncloa cuando se mantiene en la imperturbabilidad escasamente creativa: Mas es un patético cadáver político, Duran i Lleida no se sabe por dónde saldrá, Joan Herrera se ha bajado del autobús, a Junqueras se le quiebra la voz clamando por una independencia que rompa, de una vez, con el estado español. Y todo ello, sin que Rajoy, al menos aparentemente -que otra cosa han de ser las corrientes subterráneas bajo el mar-, haya movido un dedo. ¿Es eso desgobierno? Puede que, a medio plazo, acabe siéndolo: desde luego, en mi concepción al menos, algo habría que ir haciendo para preparar el escenario post-9N. Algo más, digo, que prepararse para arrasar en las elecciones municipales y autonómicas de mayo, de cara a las cuales los socialistas andan en un proceso de primarias mucho más tímido de lo que se pensó inicialmente.
Puede que el «efecto Rajoy» actúe como relajante de las tensiones nacionales, que abarcan desde las consecuencias políticas -muchos piden la dimisión de Ana Mato- de la llegada del ébola a nuestras costas hasta, en plano muy diferente, la celebración de la «cumbre» de Podemos, que en poco, creen en Moncloa, afecta al Partido Popular y sí mucho, en cambio, al Partido Socialista, por no hablar ya de Izquierda Unida, que ha entrado en pánico. Y menos aún afectan en Moncloa, o en Génova, las tensiones en la UPyD de Rosa Díez, que asiste, silente, a la marcha de una figura tan emblemática como Francisco Sosa Wagner, en medio de acusaciones sobre falta de pluralismo en el partido. A Rajoy, al PP ¿qué se les da en toda esta conmoción política generalizada?

Yo, personalmente, creo que les va mucho en toda esta tormenta, aunque ya se ve que ellos, los «populares» no piensan lo mismo. Rajoy anda ya con la cabeza puesta en las próximas confrontaciones electorales, o en los asuntos europeos, o en la recuperación económica, que algo se estanca en los países motores de la UE, lo que afectará, qué duda cabe, a España, donde nadie parece entender por qué el último batacazo en la Bolsa.
En mi modesta opinión, la inactividad rajoyana, incapaz, hasta el momento, hasta de expulsar a Rodrigo Rato de las filas del PP -aunque ya digo que es una cuestión de (poco) tiempo-, me causa una cierta desazón. Consta que habla bastante con Pedro Sánchez, el aún flamante secretario general del PSOE, pero solo eso: habla. Con Artur Mas, al parecer, ni siquiera habla ya, aunque tampoco estoy seguro de que el molt honorable president de la Generalitat esté, a estas alturas, para atender a razones o para cerrar pactos aún posibles. Ya sé que el «timing» del presidente es diferente al del resto de los mortales, incluyendo a los mortales de su entorno: pero mi sensación, que me parece que comparto con mucha gente, es que se va acabando el tiempo en el que algunas actuaciones son aún posibles. Toc, toc, ¿hay alguien ahí?

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