En los sesenta empieza el debate sobre la modificación del clima y alcanza su punto álgido a partir de los noventa, con la aplicación de grandes partidas presupuestarias y la presentación de programas y actividades

Operación cambio climático (I). Una cuestión política de largo alcance, bajo el manto de la manipulación y la mentira

Operación cambio climático (I). Una cuestión política de largo alcance, bajo el manto de la manipulación y la mentira

Últimamente, están divulgando vídeos sobre el cambio climático en los que aparecen niños y adolescentes “supersabios” y “superconcienciados” que, con sus palabras, cánticos y dulzura a raudales, nos invitan a cambiar de paradigma para que nuestro mundo siga siendo un espacio habitable y sostenible. Son vídeos que se hacen virales en las redes, técnicamente perfectos, muy bien diseñados e ideados para manipular a la sociedad sobre el cambio climático, un tema prioritario en las agendas de los mandatarios del mundo. El tema es mucho más complicado de lo que parece y tiene más trastienda de lo que aparenta. No se trata de dar por respuesta un simple sí o un no, sino de analizar cómo empieza toda esta estrategia global, quién o quiénes están detrás, y con qué fines. Es un trabajo arduo, pero tirando del hilo rojo podemos llevarnos muchas sorpresas. En realidad, el clima está cambiando, pero no porque el ser humano sea un redomado irresponsable, sino debido a espurios intereses planificados desde las alturas. Se está intentando cambiar el clima para utilizarlo como arma de guerra y otro tipo de controles. Vamos con el desarrollo.

El conocido “High Frequency Active Auroral Research Program” (HAARP), fue puesto en marcha ya en los años sesenta con la intención de modificar el clima, y ha despertado el interés y la preocupación de muchos científicos responsables.

Que el clima está presentando anomalías que nuestros mayores no habían presenciado, nadie puede negarlo. Las imprevistas nevadas o granizos en verano y los calores agosteños y repentinos de febrero están ahí para demostrarlo. Huracanes y ciclones son más agresivos que nunca y hasta parece que están cambiando la temporada de aparición y las trayectorias naturales. El cambio también se nota en la luz solar, que en los últimos años parece que llega filtrada por una neblina blanquecina o plateada que casi nos deslumbra. Debido a este filtro, creado artificialmente, en muchos lugares ya no se ven las clásicas puestas de sol anaranjadas. El cambio lo vemos también en el florecimiento de los árboles, en la maduración de algunas frutas, o en el comportamiento de algunas aves, que ya no saben si emigrar o quedarse. Es como si a la naturaleza, de repente, se le hubiera estropeado el reloj.

No faltan quienes opinan que esto se debe a los ciclos propios de la naturaleza. Sin embargo, otras voces, basándose en datos, más científicos que especulativos, apuntan hacia un cambio climático provocado, con fines económicos. Si todo se quedara ahí, podríamos perdonar su irresponsabilidad a los megalómanos y coleccionistas de ceros para añadir a sus cuentas corrientes. Pero mucho nos tememos que lo que se esconde tras esta arma mortal es de unas dimensiones destructivas para la humanidad, que da miedo pensarlas. Pero vamos a seguir.

Desde siempre, los seres humanos han querido controlar el clima, fuera a través de rogativas a los dioses para que enviaran la lluvia deseada, o fuera a través de hechiceros o chamanes que tenían el poder de controlar los agentes meteorológicos. El santón budista, Milarepa, que vivió hacia el año 1000, tenía la facultad de desencadenar tempestades para destruir las cosechas de sus vecinos. En México, existen unos chamanes llamados graniceros, que controlan la lluvia y las tormentas. Hemos tenido oportunidad de ver a don Lucio en plena acción, atrayendo una tormenta y disipando nubes.

Dejando a un lado el componente mágico de estas prácticas, en los años cincuenta, Wilhelm Reich, construyó un artefacto denominado cloudbuster, con el que desviaba huracanes y hacía llover. Consistía en una especie de cañón rompenubes, con el que decía controlar la capa de orgón que, supuestamente, rodea la Tierra. A Reich nadie le hizo caso en su tiempo, aunque su invento llegó a conocimiento del presidente Eisenhower. Por esos años, la Casa Blanca ya tenía un asesor para modificar el tiempo, el capitán Howard T. Orville. Este, sin duda, recogió toda la información enviada por Reich, mientras este daba con sus huesos en la cárcel.

Los primeros documentos “serios” que hablan de experimentos para controlar el clima datan del año 1877. El profesor de la Universidad de Harvard, Nathaniel Shaler, propuso desviar las corrientes marinas con el fin de deshelar el Polo Norte. A partir de ahí, se ha continuado con el delirio de enmendarle la plana a la naturaleza, con la puesta en marcha de diferentes proyectos, como Argus, Skywater, Starfish o Popeye. Sin embargo, es a principios de los sesenta cuando empieza el auténtico debate sobre la modificación del clima, y alcanza su punto álgido a partir de los noventa, con la aplicación de grandes partidas presupuestarias y la presentación de programas y actividades.

En el año 1992, el documento “Implicaciones políticas del calentamiento derivado del efecto invernadero”, de la Academia Americana de Ciencias, fue todo un hito y punto de partida en las políticas de los años venideros sobre el clima.

Cómo surge el concepto “efecto invernadero”

El concepto “efecto invernadero” fue formulado en 1896 por el físico y químico sueco, Svante Arrhenius, autor de la “Teoría de la disociación electrolítica”. Este afirmaba que la presencia de ciertos gases en la atmósfera, como el CO2, podía provocar un aumento de la temperatura global de la superficie terrestre, y planteó la hipótesis de que la Tierra podía evitar una nueva era glaciar, gracias al calor de las fábricas. Sin embargo, la teoría no tuvo demasiado eco y fue abandonada hasta que James Hansen la reactiva años después, para darle una ocupación a la NASA y a sus satélites artificiales.

En los años ochenta, Thomas E. Bearden, físico e ingeniero nuclear, trabajó para el departamento de Defensa de EE.UU. experimentando con nuevas armas de guerra, con el pretexto de que los rusos estaban ensayando técnicas sofisticadas para modificar el clima y arruinar su economía agrícola, amén de otros planes de mayor alcance. En efecto, los rusos estaban muy avanzados en estas tecnologías, pero con el hundimiento de la URSS, muchos científicos recibieron ofertas para trabajar en Estados Unidos, Canadá y Alemania. Por estos años, se empezó a hablar de la utilización de los haces de ondas escalares. Eran los comienzos del HAARP, descrito en el Informe A4-0005/99 como “un sistema de armas destructor del clima” que debiera considerarse “una amenaza para el medio ambiente con un impacto incalculable para la vida humana”.

Recordamos ahora un artículo del ingeniero Alberto Borrás Gabarró, publicado hace más de veinte años en la revista Enigmas, que establecía: “Estas ondas se emitían desde unas potentes antenas direccionales llamadas Howitzer, y uno de sus efectos se registraba en múltiples bandas (de 3 a 30 MHz), en un sistema que los norteamericanos y los radioaficionados llamaron WP, Woodpecker (pájaro carpintero), ya que en los altavoces se captaba un sonido muy parecido al tac, tac, tac de esta ave.

”Las emisiones WP se iniciaron en 1976, y en la década que concluye en 1985, el clima de EE.UU. se alteró tan radicalmente, que un riguroso estudio publicado por la prestigiosa revista Science, demostraba que tal anomalía solo se podía producir en un año de cada 1.200. […] Según parece, estas frecuencias WP perseguían también otro objetivo aún más insidioso y delictivo: interferir en los procesos cerebrales humanos”. Parecía ciencia ficción, pero era para echarse a temblar. Y los que empezamos a columbrar lo que se avecinaba en los próximos años, les aseguro que temblamos.

Nosotros hemos oído este tac, tac, tac pernicioso, sin sospechar que se trataba de una tecnología especial. Era el año 1985. Estábamos plácidamente tumbados en la terraza después de una buena sesión de playa en la villa de Dorado de Mar, Puerto Rico, escuchando las noticias internacionales en onda corta. Entonces empezó el “ruidito”, que casi no dejaba oír las palabras. Era curioso, porque el molesto sonido solía interferir a menudo en nuestras sesiones de radio. Un tiempo después, coincidimos con el doctor Rodríguez Delgado en un congreso, y hablando de las experiencias con microondas se lo preguntamos. No recuerdo qué nos dijo en concreto, pero por sus palabras dedujimos que estaban ensayando con un determinado tipo de ondas, con fines no muy éticos.

Hace casi medio siglo, el que fuera consejero para la Seguridad Nacional de Carter, Zbigniew Brezinsky, predijo un modelo de sociedad mucho más controlada, dirigida por una nueva élite de poder que no escatimaría recursos técnicos para planificar los resultados electorales, eso sí, haciendo creer a los ciudadanos, que viven en democracia; y decir democracia es decir libertad. Basándose en las palabras de Gordon MacDonald, especialista en sistemas bélicos y asesor de Nixon, escribió estas escalofriantes palabras: “A los estrategas políticos les tienta explotar la investigación sobre el cerebro y la conducta humana. La utilización de impulsos con exacta sincronía puede conducir a un modelo de oscilaciones que concentran niveles relativamente altos de energía sobre ciertas regiones de la Tierra. Así, se puede desarrollar un sistema capaz de afectar seriamente a la actividad cerebral de grandes poblaciones en regiones seleccionadas y durante un prolongado periodo”. Y por si no nos hubiera quedado claro, en otro momento, remacha el clavo al exponer: “… Esta élite no dudará en lograr sus fines políticos utilizando las últimas técnicas modernas para influir en el comportamiento público, manteniendo a la sociedad bajo una estrecha vigilancia y control. El momento técnico y científico les proporciona los medios para explotarla”.

Insistimos en estas referencias para que el lector tenga claro que esto no es algo que surgió de la noche a la mañana, en la era Internet, sino que se viene gestando desde hace décadas. El plan para dominar el mundo es tan viejo como el ser humano, pero ahora parece que estamos tocando fondo, porque las armas que el sistema tiene para mantenernos atontados y aletargados van mucho más allá del “pan y circo” tan socorrido de los romanos.

La pieza importante del HAARP es una patente con el título “Método y aparato para alterar una región en la atmósfera de la Tierra, ionosfera, y/o magnetosfera”, basado en la tecnología de Nikola Tesla, lo cual se especifica en el mismo. (Continuaremos hablando de la “Operación cambio climático”).

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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