En el maravilloso y estimulante universo de la ciencia ficción cabe prácticamente cualquier cosa. Es posible concebir, entre sus amplios muros irisados, el portento de una navecilla que transporta a una persona de un planeta a otro como si cogiera el metro en Callao o tomara un taxi en Jumilla; el artista nos ofrece la deslumbrante historia de un individuo que con pasmosa facilidad se trasplanta caprichosamente el corazón, de pie frente a una cómoda victoriana, como quien resuelve cambiar el corte de pelo: un corazón para pasear por la alameda a media tarde, otro para correr monte arriba, unos pulmones nuevecitos para fumar tabaco negro, órganos internos de quita y pon… La ciencia ficción nos muestra también a una pareja en un entorno de ensueño, ella ávida de amor, él ofreciendo sólo una amistad sincera, y juntos disfrutando de una felicísima y duradera unión, repleta de aventuras y alegrías, sobre un fondo de aterciopelados ocasos. Ah, pero la ciencia ficción es mentira.
En el mundo real, en el mundo de las carnes y los huesos, de los madrugones y las constantes decepciones, en el mundo de las hipotecas, de la esperanza agria, del ruido, de las antipatías…, el amor y la amistad casan —valga el término, tan apropiado— como el agua y el aceite. Como el hielo y el fuego. La amistad, cuando se requiere amor, cuando el corazón está sediento de ternuras, es como el puñetazo en la pulcra mesita de cristal, como la ráfaga impetuosa de aire que desmorona el castillo de naipes, tan delicado, tan frágil, tan hermoso, como la jarra de agua helada que nos desbarata los tapices del sueño. Qué espantosa frase, qué repugnante sentencia, pronunciada siempre con bondad, con esa benevolencia teñida de desánimo y fatal consuelo que estremece las almas apasionadas, qué monstruosa sugerencia escucha el amante, en un instante terrible, de labios de su amada: «Pero podemos ser amigos». Sí, o comunistas, o seguidores del Atleti. Podemos ser lo que tú quieras. Podemos ser nenúfares.
El ofrecimiento de una amistad, cuando quien lo recibe es una persona que ha construido laboriosamente una inmensa escultura de amor sublime, es el regalo más torpe, más cruel y más absurdo que pudiera imaginarse. Es necesario ignorar absolutamente las entrañas y las emociones profundas del ser humano para cometer semejante error. Es un disparate parecido, similar en su patetismo, en su grotesca ridiculez, al de intentar ver a un padre como a un amigo, o al de creer que los hijos pueden ayudar a salvar un matrimonio que se va a pique. La oferta de una amistad, como sustitutivo del amor, únicamente pueden realizarla personas cándidas, llevadas de la más pura ingenuidad, o personas egoístas y calculadoras, que encuentran, en ese amante que desprecian, una fuente de conveniente e interesado placer.
Es esta, damas y caballeros del jurado, una vieja tragedia, la de tratar de combinar con éxito el amor y la amistad. Una vieja historia de dolor, de incongruencia, de penoso autoengaño, de manifiesta cobardía, que continuará repitiéndose eternamente, apoyada una y otra vez en afirmaciones pueriles y esperpénticas. Pruebe usted, estimada amiga, después de cinco días sin comer, desdeñando los más básicos instintos, a mantener una respetuosa relación de amistad con una jugosa tortilla de patatas.
