“Buscaron el silencio para hacerse santos y lo encontraron, en altivos y elevados montes, en las vastísimas soledades alejadas del siglo”
Esta frase estaba escrita en la lona que cubría la fachada de una iglesia que estaba siendo revocada en Ponferrada. Fue hace treinta años en uno de mis viajes por España. Tomé nota de ella por lo que encierra de verdad en cuanto al silencio y por dos palabras que denotaban la filosofía de vida de aquellos monjes: silencio y santidad.
Esas dos palabras han sido abolidas en esta sociedad avanzadísima de este siglo XXI. El silencio brilla por su ausencia en todos los lugares donde vayas, ya incluso en los lugares rodeados de naturaleza que han sido invadidos por miles de amantísimos del clima y de lo verde que, tras hoyar y dejar un rastro de residuos en esa naturaleza a la que tanto dicen amar, la dejan, tras un fin de semana, tal como Atila: “por donde pasan estos amantes de la naturaleza, no volverá a crecer la hierba”. En cuanto a la santidad, es un anacronismo en este siglo.
La Desiderata (Lo más digno de ser apetecido) dice así en su inicio: “Marcha plácidamente entre el ruido y la prisa y recuerda la paz del silencio…”
El silencio ha sido desterrado de nuestras vidas. Aquellos maravillosos momentos en que, acompañado del ritmo acompasado de las gotas de lluvia acariciando los cristales de la ventana de la habitación en la que te habías instalado para, mientras saboreabas un buen café y un buen brandy, leías o escuchabas música, han devenido en ruido. Todo es ruido, hasta los momentos más íntimos es ruido. Hoy hemos conseguido que incluso el silencio sea ruidoso.
El silencio es el gran ausente en nuestras vidas de progreso y modernidad. Según la Agencia Europea del Medio Ambiente se calcula que 50 millones de personas están afectadas por el ruido ambiental y el que nos acompaña individualmente en nuestras costumbres. Como consecuencia de ello sufrimos grandes molestias, enfermedades y trastornos del sueño.
El silencio hoy es un artículo de lujo al alcance de muy pocos, incluso de aquellos que lo poseen todo, no poseen el silencio.
De tres formas nos beneficia el silencio: emocionalmente, en el aspecto cognitivo y en nuestra vida social. Veamos: Emocionalmente nos aporta calma, tranquilidad y paz. En lo cognitivo facilita y estimula nuestra atención y concentración. Socialmente ayuda a bajar el enloquecido ritmo de esta vida moderna de inacabables estímulos auditivos. Pero, a pesar de todo esto, adentrarse en el silencio cuesta, al igual que cuesta vivir en soledad porque estamos continuamente estimulados y estimulándonos estúpidamente; incluso cuando, estando en esos momentos irrepetibles de silencio y soledad, somos incapaces de soportarlos y nosotros mismos, como si de una droga adictiva se tratara, buscamos el ruido de unos auriculares o el contacto con alguien que vive igual que nosotros, con miedo al silencio y a la soledad. Porque, sí; al igual que hay miedo a la soledad hay miedo al silencio, y este miedo tiene un nombre: Fonofobia y también Sigefobia.
Nos asusta estar a solas con nosotros mismos, abrirnos a la reflexión que nos aporta el silencio. Y, sin embargo, ¡cuanto bien nos hace el silencio! Y huimos de él escondiéndonos tras los árboles de la hiperactividad, las hiper relaciones interpersonales pero banales, las estupideces monumentales de las pantallitas de nuestros móviles…Todo aquello que nos va a servir para no estar ni un solo minuto a solas con un tipo que no nos gusta. Ese tipo…somos nosotros mismos.
MAROGA
