En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las instituciones olían peor que puestos de pescado callejero, gobernaba la mentira, el Congreso apestaba a estiércol y los pasillos olían a madera podrida y a excrementos de rata que el presidente se llevaba a Europa envueltos en lenguas contenedoras.
Entretanto, en la bodega de Moncloa, entre olor a azufre y lejía cáustica, tubos de ensayo y palabras alambicadas, en pleno proceso judicial y acusada de cuatro delitos, una autonombrada catedrática experta en márketing, captación de fondos y «transformación propia insostenible» recién llegada en falcon de Brasil, Panamá o Dominicana donde no hay tratado de extradición, lanzaba una «Plataforma Hub Sostenible», un nuevo negocio con finalidad judicial, una nueva fragancia para tapar aquellos olores nauseabundos.
«El perfume» cuenta la historia de gente al que no le gusta su olor en un ambiente de podredumbre y descomposición y explora cómo las personas carentes de amistades y, sólo queridas por intereses, buscan el poder, los títulos y el control y, sometidas al poder de las apariencias, hacen lo que sea llegando incluso al delito para satisfacer esas carencias convertidas en obsesión.
En ese ambiente de corrupción y «Rosa nostra», carente de finura y sutileza, el matrimonio Pudrí, que había convertido a su país en «el cementerio de los Inocentes» y Moncloa en el lugar más maloliente de todo el Reino, había aprendido el método para extraer las fragancias de los narcisos mediante una caldera hirviendo con cebo de cerdo; de dicho procedimiento obtenían pomadas y esencias, las cuales tenían un gran valor comercial, pues captaban miles de fondos públicos y privados para obtener tan sólo dos frasquitos con esencia de narciso.
En ese entorno de malos olores, carencia de empatía, de emociones y de sentimiento de culpa, en el que había nacido una férrea voluntad de controlar a los demás, ella logró un software de la universidad y varias fragancias para sí misma: la primera, a base de leche de burra, para hacer figurar su ignorancia en la manifestación feminista que sirvió para propagar el covid; la segunda, con agua de rosas, para pasar «muy percibida» por Biden en la cumbre de Madrid y «muy desapercibida» tras las imputaciones; la tercera, con mercurio, un poco más fuerte, la utilizó para hacerse a medida una cátedra sin estudios y la última, la más fuerte y desagradable de todas, incluía azufre, para evadir la acción de la justicia.
Para lograrlas introdujeron en un tubo de ensayo el humo y el olor a chamusquina que salía de los juzgados mezclados con su apariencia e inteligencia artificiales y su lenguaje cursi y alambicado propio de alguien sin formación que huyendo de las cloacas esconde su ignorancia entre palabras pretenciosas para deslumbrarse ella misma, hasta lograr esencias de humo que dan vergüenza ajena y no significan nada:
«Nuestra plataforma busca posicionarse como un núcleo abierto de iniciativas y proyectos capaces de generar análisis profundos sobre cambios estructurales, en un entorno de «cocreación de proyectos». O sea, como «cocretas», pero sin cocinar.
O «Nuestra visión es la de formar una comunidad activa de «especialistas», comprometidos con la «transformación social sostenible», desde las organizaciones promoviendo «buenas prácticas» y estrategias de «impacto social» contribuyendo al cumplimiento de los Objetivos de «Desarrollo Sostenible».
Los alquimistas no han descifrado aun qué significan cada una de esas expresiones difuminadas como perfume barato y más vacías que la liviandad de éstos seres vanos, ligeros y evanescentes que arrastran las cadenas de sus procedimientos judiciales por Moncloa. Pero su objetivo, en realidad, es que miremos hacia donde señalan con su lengua o con su dedo y distraer con sus eurovisiones, sus lenguas y sus excrecencias.
Mientras asoman las brigadas de limpieza con agua y jabón desinfectante que nunca será bastante, una milicia de lacayos sin dignidad siguen fabricando en los alambiques de Moncloa nuevos retorcimientos para obtener un perfume que logre tapar el olor pestilente y la grima que producen dos farsantes capaces de cualquier cosa por obtener dos frasquitos de perfume con esencia de narciso «Au de Moncloaca», para seguir aparentando lo que no son y disfrazar la putrefacción que arrastra el aire.
Víctor Entrialgo
