El festival de Eurovisión, ese artefacto de tan difícil digestión y que ya antes de su nacimiento debiera haber estado prohibido por ley, salvo bajo estricta prescripción de un facultativo en horas bajas, levanta en los últimos días una polémica tan inesperada como grotesca. Sorprende la dimensión adquirida por las palabras de la ministra Irene Montero al respecto de la alusión efectuada a la canción de la aspirante Rigoberta Bandini, convirtiendo su “¿por qué les dan tanto miedo nuestras tetas?” en una pseudoconsigna que ha incendiado las redes sociales y los ánimos, apetitos y visceralidades de todo un país.
Dejando a un lado las palabras de la señora Montero, cuyo mayor reproche que sensatamente pudiera hacérsele es el de haber dejado de citar a los clásicos, uno ya no acierta a entender qué demonios está pasando aquí. Ciertas causas, para no ser vilipendiadas en su intención primera y última, bien merecen ser amparadas por un cierto comedimiento a la hora de saber nombrar y parafrasear a quienes mejor puedan apadrinarlas. Tal vez hubiera sido preferible, por poner únicamente un ejemplo, recurrir, a la hora de citar, a la clarividencia y honestidad de mujeres como Virginia Woolf, tan solo por intentar imprimir el necesario valor y seriedad a lo que con tanto ahínco pretende ser defendido, compartido y expuesto ante todo un pueblo, por no caer, una vez más, en la charlotada capaz de arruinar las más nobles y justas causas.
Pero el problema es otro. Más allá de estas distracciones, queramos reconocerlo o no, en España suceden otras muchas cosas que, si bien parecen no levantar semejante polvareda, vaya usted a saber por qué razón, sí merecen al menos ser puestas de manifiesto. Sin ir más lejos, el pasado martes 1 de febrero, el Congreso de los Diputados aprobaba el decreto ley que prorrogaba la obligatoriedad en el uso de las mascarillas en exteriores. Hasta ahí, y sin profundizar en el controvertido sustento científico de dicha medida, todo correcto. Pero la gravedad del asunto radica en que, en la convalidación del mencionado decreto ley, se incluyeron otros aspectos ajenos a las mascarillas, tales como la revalorización de las pensiones por el IPC de 2021 o la contratación de sanitarios. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, y al más puro estilo Vito Corleone, nuestro presidente Pedro Sánchez, en un frenético ejercicio de entusiasmo por reconvertirse en barman, agitó una vez más la imposible coctelera de los despropósitos y los chantajes, condicionando dicha revalorización de las pensiones a la prórroga del uso de las mascarillas en exteriores.
Parece evidente que, en ausencia de disposiciones adicionales que obliguen al cumplimiento de ciertas composturas y actitudes éticas, la arquitectura jurídica puede soportarlo casi todo, construyendo los más altos campanarios desde los que poder arrojar las oportunas cabras a esta España eurovisiva que, en la quincalla de sus rebeldías, ha resuelto rendirse ante los delirantes círculos viciosos de una política que ignora la marcha atrás.
Por mucho menos hubiera ardido un país, pero la rebeldía, esa golondrina atolondrada y esquiva, parece habernos abandonado definitivamente. Quizás, alcanzada ya la cima del proceso de la extravagancia, resultaría necesario alzar la voz y reconocer que, con mascarillas o sin ellas, nos hemos convertido en una sociedad inequívocamente amordazada.
Alejandro Blasco Miquele
(escritor, autor de las novelas Resucitando sombras y A ras de suelo)
