Trabajo de cara al público. Mi oficio es atender, pero en realidad observo.
El mostrador es un espejo donde desfilan todas las formas de estar en España: la sonrisa que ilumina la mañana como un sol inesperado, la mueca que oscurece el instante, la mano que agradece y el dedo que exige, la mirada que comprende y la que atraviesa como si uno fuera aire.
Veo bondad y veo aspereza. Veo educación que suaviza los pasos y descortesía que los enmaraña.
Un “por favor” puede abrir puertas que ninguna llave alcanza; un “gracias” puede sostener horas de cansancio.
Las sonrisas que llegan sin pedir nada tienen la fuerza de la luz en medio de la rutina, y cuando desaparecen, todo se vuelve más pesado, más árido.
La crispación se ha vuelto atmósfera, un veneno que se filtra en conversaciones, colas y silencios.
Las prisas muerden, la impaciencia hiere y la piel se vuelve frágil.
Cuando la educación se pierde, se rompe la trama invisible que nos sostiene.
El respeto y la gratitud no son formalismos; son inteligencia y valentía.
Sin ellos, España se endurece, se aísla y olvida su propia humanidad, y lo que queda no es más que eco de sí misma.
