Francisco Muro

La buena era Merkel.

Angela Merkel no cae simpática a casi nadie -supongo que con la excepción de los alemanes, que la votan mayoritariamente-. Ha sufrido innumerables ataques e insultos, le han echado las culpas de todo lo malo, incluida la política de austeridad, que nos pasa a los europeos y hasta han dicho que Rajoy -y no sólo él- iba a Alemania a rendirle pleitesía y a recibir instrucciones. Merkel es la mala de la película.

Pero resulta que esta dirigente política, que tiene ideas y programa, es la única que está afrontando la crisis migratoria de los refugiados con generosidad, sin quitarse el muerto de encima, como casi todos los dirigentes políticos españoles o europeos. En España, Mariano Rajoy está dispuesto a acoger, haciendo un esfuerzo, a 2.700 refugiados.

Alemania, que no está en su mejor momento económico, calcula que van a llegar a su territorio este año cerca de 800.000 refugiados -cuatro veces más que el año pasado-y está dispuesta a conceder asilo al menos a 400.000. Angela Merkel, que pide un reparto equitativo entre todos los países europeos -con razón, por justicia y porque, de otra manera peligrará el Espacio Schengen de libre circulación-, ha visitado uno de los centros de acogida a refugiados que fue atacado por los neonazis y ha llamado a los alemanes a no seguir a los racistas y a la extrema derecha, especialmente activa en Alemania, a pesar de la historia que ya han vivido allí.

Ha sido la única dirigente europea que, de verdad, ha comprometido la ayuda financiera, humanitaria y social de su país para afrontar la más grave crisis humanitaria de las últimas décadas. Los demás han tenido palabras, pero pocos hechos. Hasta la Iglesia Católica -con la excepción del papa Francisco y del arzobispo de Milán que ha pedido que cada parroquia de su diócesis acoja al menos a cinco refugiados- está siendo tibia en este asunto, como si no afrontándolo, no existiera. Renzi, el primer ministro italiano, ha dicho que Europa debe dejar de conmoverse y empezar a moverse, pero aquí la única que se mueve es Merkel. Europa se queja cuando se ponen barreras a los movimientos de capitales, pero no actúa igual cuando se trata de personas extranjeras. En España, como ha denunciado la Abogacía, no sólo se incumplen las leyes internacionales que nos hemos comprometido a respetar, sino que los procedimientos para responder a las demandas de asilo o protección internacional tienen una demora de tres años y todavía no se ha aprobado un reglamento para desarrollar la Ley de Asilo de 2009. Algunas ciudades, como Barcelona o Madrid, han puesto en marcha planes-refugio, pero sin medios y sin una clara voluntad.

Y no sólo eso. Ha tenido que ser también «la Merkel» la que les ha dicho a los políticos soberanistas catalanes que hay que respetar la legalidad de los tratados de la Unión, que garantizan la soberanía nacional y la integridad territorial de los Estados, y que una supuesta declaración unilateral de independencia les dejaría donde marcan las leyes: fuera de Europa. Yo cambiaría a Merkel por docenas de políticos españoles a los que, incluso, podrían dar asilo en Alemania.

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