Carmen Rigalt

«Tengo debilidad por Errejón desde que empezó a ir a las tertulias»

"Tengo debilidad por Errejón desde que empezó a ir a las tertulias"
Carmen Rigalt. PD

Carmen Rigalt babea con Íñigo Errejón y, de paso, le suelta algún que otro pellizco de monja a un compañero de El Mundo que tuvo la osadía de criticar al de la ‘beca black’.

El Parlamento, de nuevo el Parlamento. Ahora más que nunca el Parlamento es la calle, pero no la calle que pasa de incógnito por la acera de enfrente, sino otra más bullanguera y maliciosa que hace sociología en Primark y patria en el Bernabéu. Es esa calle que echa las mañanas en la Universitaria y las noches en La Latina, piratea a Bowie y cambia el bocata de calamares por el kebab.

Calle de familias y tribus, gremios y mareas. Rockeros de suburbano, rastafaris de Lavapiés, hordas de la milla de oro, aparcas, bomberos, culturetas importados, castizos de casta, porreros de porra y gente que atraviesa la ciudad sudando tinta. Antes, el Congreso era un parque temático donde casi todo el mundo pertenecía a la misma tribu: hombrecillos lineales que vestían trajes gastados de tanto planchar el culo en el escaño. Unos prestaban atención a la tribuna, otros le daban al Apalabrados o dormitaban con la persiana del ojo medio echada. Hasta que un día, corriendo el 15-M, aparecieron los indios alineados con sus caballos en el horizonte. Eran pocos, pero les rodearon…

Asegura que:

Desde entonces, el Congreso no es el mismo. La vida ha llegado al Hemiciclo y el aire de la calle se cuela por las alfombras. Estos días, mientras vamos y no hacia la investidura (va a ser que no, perdonen este punto mío de aguafiestas, pero soy así de revirada), mientras pasa eso, digo, observo cómo todos se ponen a parir: los de fuera y los de dentro y los de dentro con los de fuera; también los de dentro con los de dentro. Todos persiguen un objetivo principal: leña al mono, que es Podemos.

Aquí procede decir que la ofuscación no lleva a ninguna parte, o a ninguna que valga la pena. Podemos da vidilla al Congreso. Vidilla y ganas. Puede que algún día tenga que tragarme todo lo que digo, pero de momento su coraje me resulta ejemplar.

El lunes, una pluma ilustre de este periódico se metía con Errejón llamándole pijiprogre, y de ahí para arriba. Me quedé helada. Bastante antes, otro le había gritado socialdemócrata. ¿En qué quedábamos? ¿Comunista o socialdemócrata?

Y reconoce que tiene más debilidad por el podemita que un goloso por las natillas de chocolate:

Tengo debilidad por Errejón desde que empezó a frecuentar algunas tertulias. No sabría definir si se trataba de un interés en calidad de público que asiste a una mesa redonda o más bien era debilidad de madre. Errejón parece un chico ordenado al que no hace falta perseguir por el pasillo blandiendo unas (¿apestosas?) zapatillas deportivas.

En televisión se mostraba apacible, con un discurso (contenidos aparte) formalmente bien construido. Llevaba casi siempre camisa blanca (su detergente lava más blanco que el de Sánchez, como de aquí a Lima), remangada hasta el codo. No pisaba el argumentario de los oponentes, ni descalificaba a nadie ni echaba espuma por la boca. Algunos le miraban con recelo pero no se atrevían a enmendarle la plana descaradamente. Digamos que se hacía respetar.

Si existió en algún momento recelo hacia Íñigo Errejón, poco a poco ha ido desapareciendo. A lo mejor el toque socialdemócrata que le atribuyen sus adversarios políticos no es sino un reflejo de las buenas maneras que aprendió en casa. Hoy, cuando Errejón llega a una tertulia, inspira respeto. De aquí a nada le pondrán una alfombra roja.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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