Santiago López Castillo

Gorila a tiros

Gorila a tiros
Santiago López Castillo. PD

Yo no sé si el hombre procede del mono, como afirmó Darwin y su darwinismo, pero yo pienso que en algo nos parecemos. Esta reflexión viene a plantearse con motivo del gorila abatido a tiros en el zoo norteamericano de Cincinnati porque un niño cayó en su jaula y había que salvar a la criatura. Me gustaría saber lo que pensó al respecto la primatóloga Jane Goodall que se da de morros con toda clase de monos antropoformos. Los adora.

Uno no es antropólogo ni cristo que lo fundó, ni etólogo; pertenece, servidor, a esa vida contemplativa que San Francisco de Asís nos enseñó para gloria y ejemplo de nuestros seres vivos, pero sin ápice de soberbia o vanidad. No somos nadie. Quizás, quién sabe, pudo haber una solución para salvar al gorila «Harambe» y al niñito que tuvo la tentación de contemplar a un mono grande y de cerca. A un servidor le encantaba que su padre lo llevara a la Casa de Fieras del Retiro todos los domingos. Veía aquella vida animal entre barrotes, y no levantaba dos palmos del suelo. Ahora, aquella cercanía fue sustituida por zoológicos de grandes dimensiones, tal que los hipermercados para llenar la panza.

Pienso, como las asociaciones pro animales, que no hay que matar a nadie sino precaver ante posibles desgracias. ¿Era la jaula lo suficientemente protectora para que los visitantes -hombres, mujeres y niños- no corrieran el menor riesgo? ¿Fueron suficientemente precavidos los padres para que el pequeño sufriera la menor desventura? En esas está la opinión pública norteamericana y no estadounidense. Dicho en otras palabras por tópicas que sean: más vale prevenir que curar. Esta noticia, que tuvo final feliz para el niño, no para el simio, pesaba 180 kgs., nos recuerda que quedan 175.000 ejemplares de esta especie, y que un tercio del planeta corre el riesgo de incendios por culpa del pirómano hombre, llamado, qué ironía, rey de la creación.

Greenpeace y otras asociaciones benefactoras ponen el grito en el cielo para salvar a los seres que nos rodean, algunos les llaman irracionales, qué más quisieran los racionales si tuvieran los sentimientos de aquellos, en permanente guerra y destrucción de la Tierra. Únicamente he tenido de cerca de los pabuinos en mis viajes por Kenia, unos monos cachondos que te roban la cartera y los donus y la cámara de fotos, nunca conducentes a los top-mantas, y de lejos, en el celuloide, «La bella y la bestia» en todas las dimensiones. Ah, y por último, a aquella mi generación nos compraban zapatos «gorilas» que duraban y duraban más que las pilas alcalinas. Y, encima, te daban una pelotita de goma verde. Ahora, los mosus de Cataluña tienen la orden de tirar a no dar. A los alborotadores y okupas. Ancha es Castilla o lo que queda de ella.

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