Antonio Martín Beaumont

Susana Díaz apretó ‘el botón nuclear’ y el PSOE ha saltado por los aires

Susana Díaz apretó 'el botón nuclear' y el PSOE ha saltado por los aires
Antonio Martín Beaumont. PD

César Luena tiene la llave y Susana Díaz la silicona». La frase, tan vehementemente mundana, ha ido corriendo estos últimos días por la sede de Ferraz como una mecha prendida. Y expresa lo que ocurre en el PSOE.

El socialismo está fraccionado, hay de facto dos partidos, dos bandos antagónicos cruelmente enfrentados por el poder. Y, como en todo enfrentamiento, acaba habiendo un perdedor que este sábado fue Pedro Sánchez. ¿Muerto el perro se acabó la rabia?

En política, demasiadas veces se encubre lo que solamente son ambiciones y odios personales tras una pátina de sana lucha ideológica. Pero en el PSOE ya no se guardan ni las formas y se airean las fobias enredándolas con debates legítimos de ideas, tácticas y estrategias.

Se han perdido el respeto personal unos a otros. Hace mucho que los mandamases socialistas se comportan así en privado, pero ahora han trasladado la riña chabacana de las bambalinas a las cámaras de televisión. Así las cosas, el partido es ingobernable y se ve mucho más todo lo que les separa que aquello que les une.

El PSOE está rajado de arriba abajo, fracturado en todos los planos, con posturas tan radicalizadas que en cualquier federación los «compañeros» pueden incluso acabar a puñetazos.

A eso han llevado algunos a la formación política que más años ha gobernado España en democracia. «Susana y Pedro están enterrando al PSOE», decía este sábado a las puertas de su cuartel general un veterano miembro del Comité Federal mientras esperaba durante horas el arranque del cónclave.

El golpe de mano fue tan rústico que Pedro Sánchez creyó poder revertirlo contra sus críticos. Se equivocaron. Los pedristas consideraban que organizar una dimisión en masa de 17 miembros de la Ejecutiva para imponerse por la vía de los hechos consumados era sólo una demostración de las «ganas de bulla» que tenían los críticos. De mucha bulla, visto lo visto.

Hubo incluso lágrimas entre los firmantes de esa renuncia. Dar ese paso debió resultar muy doloroso para los miembros fieles del PSOE más reacios a situarse en un bando o en otro. Fue el caso, por ejemplo, de Micaela Navarro, presidenta del PSOE, tal como publicó ESdiario.

Pero Díaz no quiso esperar más. Creyó que la jugada iba a permitirle bailar por sevillanas sobre la tumba política de Sánchez. O puede que la fosa llevase meses cavada, como afirman insignes socialistas, y que en buena medida fuese cuestión de tiempo concertar el entierro.

De hecho, por los mentideros circulaban ecos de reuniones discretas de Susana Díaz aquí y allá, tanteos telefónicos, incluso «compra de voluntades», para poner fin a un fallido secretario general que ha conducido al partido a «la extenuación».

En primer tiempo de saludo tuvo de inmediato al valenciano Ximo Puig. Algo más le costó convencer al aragonés Javier Lambán, al asturiano Javier Fernández, el manchego Emiliano García-Page o el extremeño Guillermo Fernandez Vara. En la retaguardia, Felipe González clamaba su monumental enfado, su gran decepción.

También Alfredo Pérez Rubalcaba repetía hasta hartarse eso de que «debimos echar a Pedro la misma noche del 20-D». Los mismísimos José Luis Rodríguez Zapatero y Joaquín Almunia se decían estupefactos.

Al final, todos los ex secretarios generales del PSOE vivos bajaron a la arena política y entraron en la refriega, a riesgo de perder el pedestal de auctoritas donde les han colocado los militantes socialistas durante años. «La crónica negra en la que se ha instalado el partido impide a cualquiera que quiera al PSOE mantener una posición equidistante», dice un diputado socialista.

La provocación de Pedro Sánchez, buscando cualquier excusa para obtener una prórroga al frente de sus siglas pese a las sucesivas derrotas electorales, fue lo que llevó a sus detractores a «la opción del botón nuclear». Perdieron la paciencia ante un secretario general dispuesto a utilizar cualquier treta dialéctica al alcance de su mano para satisfacer sus intereses personales.

Así se justifica desde el sector susanista el haber roto la baraja de forma tan abrupta. Desde luego, el órdago que lanzó Sánchez en la noche del viernes a sus adversarios internos, ese «o Rajoy o yo», con el que encauzar el debate en una línea que le favoreciese, evidencia que no le ha temblado el pulso a la hora de tratar con sus críticos.

Porque les ha colocado en la difícil papeleta de desmontar ante la opinión pública la idea de que actúan como derechistas dispuestos a acabar con la autonomía del PSOE para dejar gobernar al PP.

Es decir, como verdaderos traidores a sus siglas. El pedrismo, desde luego (aunque sus fustigadores internos tampoco se han quedado atrás en esto del juego sucio), no ha tenido dudas para traspasar cualquier línea roja que, por lealtad, no se puede cruzar entre compañeros de afiliación. Por más que estemos ante la peor guerra: la fratricida.

Todo apunta a que los pasos dados por unos y otros conducen a una ruptura muy difícil de revertir. No es fácil pegar una vajilla de porcelana cuando se hace añicos. Por supuesto, ya nada será igual. El esperpento público servido por el PSOE descalifica a sus protagonistas se mire por donde se mire.

Todos han perdido la aureola de autoridad que se les suponía por sus cargos. No me sorprende que Susana Díaz llorase rota en el Comité Federal. A tal extremo de insensatez se ha llegado que ni siquiera se sabe a ciencia cierta los próximos pasos que dará el segundo partido español en cuanto a número de diputados.

Ni si las decisiones que adopte le neófita gestora (parece diseñada sobre todo para abrir la puerta a la abstención del PSOE para dejar que el PP gobierne) conseguirá el respaldo de todo el grupo parlamentario socialista del Congreso. Y esto, no se olvide, a menos de un mes de su gran encrucijada: investidura o terceras elecciones. Susto o muerte.

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