Puede existir ´amor racional´ de la misma manera que puede existir ´odio racional´, pero ambos sentimientos no son amor u odio auténtico, sino más bien una reacción automática a cómo nos tratan los demás.
El auténtico amor, al igual que el auténtico odio, nace del alma y es irracional. Blaise Pascal lo definió perfectamente con su frase ´El corazón tiene razones que la razón no entiende´.
Pascal hablaba de ´corazón´, mientras que yo prefiero hablar de ´alma´, simplemente porque el corazón no es más que un músculo (con fecha de caducidad) que bombea sangre, mientras que la integridad del alma no está sujeta al hambre que puedan tener los gusanos.
Pondré un ejemplo de lo que puede ser auténtico amor, o auténtico odio, ese que se siente porque sí, sin causa externa que los justifique.
Vamos andando por una concurrida calle y sentimos ternura y compasión hacia las personas con las que nos cruzamos, a pesar de ser para nosotros unos perfectos desconocidos. O bien, sentimos un odio feroz hacia ellas a pesar que no las conocemos y jamás nos han hecho daño. Así, no existe una correspondencia racional al trato recibido, acción-reacción, sino una proyección que naciendo dentro de nuestra alma, hacia fuera, para bien o para mal, se dispara hacia el mundo que nos rodea.
Son reacciones ilógicas que no pueden ser fruto de la racional mente, ni mucho menos de un músculo cuya única utilidad es la de bombear sangre, amén de su trivial utilidad semántica para todos aquellos a los que la palabra alma, por políticamente incorrecta, se les atraganta en la garganta.
Podemos negar la existencia del alma, pero para ello tendríamos que negar también la existencia del amor o del odio no justificado. Tendríamos que negar la existencia del Bien y el Mal, así como su eterna guerra en este campo de batalla llamado Mundo.
Para concluir, tan solo recordar una antigua leyenda del pueblo Cherokee, que puede ser el colofón perfecto a lo que, con mejor o peor acierto, hoy he intentado transmitir. Así nos lo cuenta la arcaica fábula india:
“Un joven cherokee corre hacia su abuelo. Acaban de cometer una injusticia hacia él y está lleno de ira. El viejo guerrero, sentado a la orilla de un arroyo, le dice: – Déjame contarte una historia…
– Yo también, a veces, he sentido un gran odio. Pero el odio te desgasta a ti; no daña a tu enemigo. Es como si tú bebes veneno, esperando que así tu enemigo muera envenenado. He luchado contra estos sentimientos muchas veces. Es como si tuviera dos lobos dentro de mí.
Dentro de cada uno de nosotros está ocurriendo una pelea; una pelea terrible entre dos lobos. Uno es negro y el otro blanco.
Uno está lleno de rabia y lucha contra todos incesantemente. Representa la ira, la soberbia, la arrogancia, el resentimiento, la venganza, el falso orgullo y el ego.
El otro lobo, vive en armonía con todo lo que le rodea y no se ofende, cuando no ha habido intención de ofender. Representa la alegría, la paz, el amor, la esperanza, la serenidad, la humildad, la bondad, la empatía, la generosidad, la verdad, la compasión y la misericordia. A veces es difícil vivir con estos dos lobos dentro de mí, pues los dos tratan de dominar mi espíritu…
Tras guardar silencio durante unos segundos, el muchacho mira a su abuelo y le pregunta:
– ¿Y cuál de los dos lobos gana?
El anciano, sonriendo, le respondió: – “Aquel al que más alimentes”.
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NOTA: Personalmente, como cristiano, no puedo evitar recordar aquel pasaje del Evangelio, donde Jesucristo expulsa a latigazos del Templo a los mercaderes. En este orden de cosas, opino que hay que alimentar más al lobo blanco, pero sin dejar morir de hambre al negro. Al fin y al cabo, el ser humano, moralmente hablando, no es blanco ni negro, sino gris… Un lobo gris, en un mundo de lobos negros.

