Me explico

No todo es lo que parece

¿A que tiene gracia la cosa?

Políticos, política, privilegios y aforamiento
Políticos, política, privilegios y aforamiento. PD

Las personas somos así; cuánto más nos gusta algo, tal parece que antes nos cansáramos de disfrutarlo. Las habituales reuniones de los lunes venían siendo muy concurridas; incluso, a lo largo de los días siguientes, se seguían comentando aspectos de lo sucedido en nuestro querido Bar de la Plaza. Todo indicaba que el interés no iba a decaer; al menos, no tan pronto.

Pues bien, el lunes pasado, apenas acudimos la mitad de los habituales; no soy capaz de dar con alguna explicación razonable; como antes dije, quizá sea porque las personas seamos así; tampoco son tantas las cosas que se pueden hacer en un pueblo los lunes por la tarde; ni siquiera, según tengo entendido, suelen celebrarse partidos de fútbol esos días.

Debo decir, entrando ya en harina, que el acto resultó interesantísimo; aunque, también, algo sosote. Porque en esta ocasión apenas hubo preguntas y nadie, absolutamente nadie, inició la menor discusión.

Ya les conté que solemos comenzar minutos después de las ocho y media, que es cuando cierran los comercios; y, hasta ahora, aquello duraba dos horas como mínimo; eso, si la discusión no disminuía en interés y nos daban las tantas. Sin embargo, el lunes pasado, a poco de las nueve, aquello había terminado.

Nos habló un jubilado Catedrático de Derecho Constitucional. Un señor cultísimo que, además, acostumbrado a dar clases, se explicaba de maravilla.

Nos dejó con la boca abierta; tan abierta, que parecíamos todos idiotas; como paralizados por el asombro, incapaces de comentar algún aspecto de las inquietantes revelaciones que nos habían sido hechas.

Aquel sabio entró a saco en los entresijos de nuestra actual Constitución. Todos dábamos por sentado, después de los años y años que llevan poniéndola por las nubes, que era una magnífica Ley, aunque, a veces, no se le hiciera demasiado caso.

Y resulta que no. La Constitución, como bien nos hizo saber, aquel experto, no hay por dónde cogerla. Lo que explica sobradamente que esté sucediendo todo lo que está sucediendo. O sea, salimos todos de allí, mucho más sabios y también, todo hay que decirlo, mucho más decepcionados. Y, por qué voy a callarlo, estafados.

Nos explicó que siempre han existido unos Principios; así llamados porque son anteriores a cualquier Constitución, superiores a ella y que deben ser respetados si no se quiere que lo que salga resulte nulo bajo el punto de vista legal. Para mejor explicarlo, toda Ley, por importante que sea, debe estar basada en ellos, sin apartarse una coma de su obligado cumplimiento. Y, además, no se lo pierdan, si no son respetados, tampoco estaremos nosotros obligados a respetar, y por lo tanto, a acatar, lo que salga de allí, porque ya nace torcido por ilegítimo.

Uno de estos Principios, sagrados Principios, es la exigencia de que todos los ciudadanos seamos iguales ante la Ley. Y aquí no caben excepciones. Ni una.

Lo que convierte en anticonstitucionales todas las Leyes y Normas que protegen a los aforados. ¿Qué eso de que ellos puedan decir cuanto les venga en gana y el resto de los mortales, no? ¿Por qué a estos privilegiados se les permite insultar, incluso calumniar y pobres de nosotros si se nos escapara una palabra más alta que otra?

Para más inri, precisamente por tratarse de personas que, de un modo u otro, detentan algún Poder, más obligados están a portarse decentemente;  y, por supuesto, más  de cerca debemos vigilarlos para que no se nos desmanden. Y mayores deberían ser las penas a aplicar al que se meta donde no debe. Lo que diga yo en el supermercado, pongo por caso,  lo van a escuchar tres o cuatro personas como mucho. Por el contrario, lo que sale por al boca de esta gente suele ser masivamente difundido.

Con ser grave lo anterior, no se pierdan lo que viene ahora. Por la misma razón, las tan elogiadas Comunidades Autónomas, también son ilegales, por mucho que la Constitución las eleve a los altares.

No es de recibo que los españoles, según la Región en que vivamos, estemos sometidos a nada menos que ¡diecisiete legislaciones diferentes!

Voy con la última, que todavía es más gorda; bueno, allá se anda con la anterior.

Una Constitución que, como la nuestra, se proclama democrática, está obligada a respetar los correspondientes Principios que son la base de toda democracia.

Por cierto, mea culpa; confieso que no apunté la cifra; quiero decir, el número de veces que nuestra Constitución recoge los términos “democracia” y derivados. Son muchas, eso lo recuerdo perfectamente.

O sea, que se insiste y se insiste, una y otra vez, para luego, desmentir categóricamente  la tan cacareada condición.

La democracia se basa en dos Principios: la soberanía reside en el conjunto de la población y los tres Poderes del todo Estado democrático, a saber, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, deben ser independientes entre sí y, por si fuera poco, tienen la obligación de vigilarse de cerca, cada uno a los otros dos, para evitar abusos.

Me parece que está clarísimo.

Pues bien, a tenor de eso, más claro está todavía que, en España, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial ¡también son anticonstitucionales!

Lo que implica que, al no ser Poderes ni ser nada, no tenemos obligación ni de respetarles, ni de obedecerles.

¿A que tiene gracia la cosa?

Me explico.

Vamos a desmontar la presunta independencia. Que de independencia tiene lo que yo de marciana.

¿Qué exige nuestra Constitución para que un señor se convierta en Presidente del Gobierno, o sea, en Jefe del Ejecutivo? ¡Pues nada menos que demostrar que es el amo también del Parlamento!

Aquí, en la práctica, ¡legisla el Ejecutivo!

Y lo que fastidia casi tanto: parece que nadie se haya dado cuenta de semejante desmadre. ¿A qué narices se dedican todos lo presuntos expertos que cobran por iluminarnos desde las diversas Tribunas y tertulias?

Es una lástima que no se me ocurriera levantar la mano para entrar en tan interesante asunto. Porque se habría organizado una buena.

En cuanto al Judicial, más de lo mismo: sus órganos principales, en mayor o menor medida, ¡dependen también del Parlamento, o sea del Ejecutivo!

Me parece que ha quedado claro. Al menos, así fue para todos nosotros que, como dije, salimos de allí más sabios; pero también, más enfadados, una vez descubierta la estafa a la que estamos siendo sometidos. ¡Y lo carísima que nos viene saliendo, que esa es otra!

¿En qué país estamos?

En uno en el que nada es lo que parece. Nada de lo verdaderamente importante, quiero decir.

Esto debería hacerse llegar a la gente; que la cosa no va de derecha o izquierda. ¡Desde luego que no!

Va, en realidad, de timadores y timados.

Como suena.

Pues eso.

Elena Sánchez

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