Diagnóstico de partida
Cuando a uno se le ocurre la idea de aproximarse a la Historia de España y rememorar lo ocurrido en los últimos siglos, estudiar la política española y a sus “políticos”, acaba observando, llegando a la conclusión de que la Nación Española –sí, ESPAÑA, ese lugar del que los “estepaisanos” no desean acordarse y menos nombrar, no sea que se enfaden los separatistas y demás enemigos de España– está subyugada como si fuera una mula atada a una noria, girando y girando… sin parar, dando vueltas y más vueltas, sin poder avanzar, siempre caminando en círculos, sobre el mismo terreno, siempre tropezando en las mismas piedras, incluso tomándole gusto a caer y volver a levantarse.
Sí, da la impresión de que los españoles estamos amarrados a los mismos problemas desde hace varios siglos. Cada cierto tiempo vuelven a reabrirse los mismos debates, a aparecer y desaparecer (como el río Guadiana), y vuelta a empezar: que si monarquía o república, que si estado unitario o estado «de las autonomías», que si somos aliados de tales o cuales naciones y luego dejamos de serlo, que si seguimos con concordato con la Santa Sede, o se abole, que si continuamos con un régimen de economía de mercado o, por el contrario, implantamos un régimen intervencionista con planificación centralizada de la economía, que si enseñanza y sanidad privadas o sanidad y enseñanza públicas… que sí…
Un aniversario inadvertido en medio de la vorágine
El 48º aniversario de las elecciones del 15 de junio de 1977, hito fundacional de la democracia española, ha pasado prácticamente inadvertido en la esfera pública y mediática. Esta ausencia de conmemoración no es casual ni inocente: responde a la profunda crisis política, institucional y social que atraviesa el país, marcada por una vorágine de escándalos, confrontaciones y desafección ciudadana.
Mientras en 1977 la sociedad celebraba con entusiasmo la recuperación de la libertad y el pluralismo tras la dictadura, hoy el clima es de desconfianza y hartazgo. La corrupción que salpica al gobierno y a sus socios alcanza una magnitud inédita, minando la legitimidad de las instituciones y alimentando la percepción de impunidad y abuso de poder. La figura del presidente del gobierno, Pedro Sánchez, sufre una impopularidad creciente, hasta el punto de evitar el contacto directo con la ciudadanía, reflejo de un rechazo social que trasciende la mera crítica política.
A esta erosión interna se suma el aislamiento internacional, con episodios tan graves como el enfrentamiento abierto entre Sánchez y Donald Trump, que ha situado a España en el punto de mira de la política exterior estadounidense y ha generado tensiones inéditas en la reciente historia democrática. Las sentencias del Tribunal Constitucional y otros órganos judiciales añaden más leña al fuego, evidenciando la fragilidad del Estado de derecho y el cuestionamiento de los contrapesos institucionales.
En este contexto, la oposición política aparece desdibujada, incapaz de articular una alternativa real o de ejercer un control efectivo sobre el ejecutivo. Lejos de oponerse, parece adaptarse a la agenda dictada por el propio Sánchez, contribuyendo así a la sensación de orfandad política que experimenta buena parte de la sociedad.
Ortega y Gasset: “No es esto, no es esto”
La historia de España parece condenada a la repetición de ciclos de ilusión y desencanto. En 1931, tras la proclamación de la Segunda República, el filósofo José Ortega y Gasset, uno de sus principales impulsores, expresó muy pronto su desilusión ante el rumbo tomado por el nuevo régimen. En su célebre artículo y posterior discurso “Rectificación de la República”, Ortega resumió el sentimiento de descontento y desconcierto de muchos españoles con la frase: “¡No es esto, no es esto! La República es una cosa, el sectarismo es otra. Si no, al tiempo”.
Ortega advertía contra el sectarismo, el exclusivismo partidista y la apropiación de un proyecto que debía ser de todos. Denunciaba la imposición de una Constitución sin consenso, el anticlericalismo exacerbado, la fragmentación territorial y el abuso de la palabra “revolución” vacía de contenido (ahora se abusa del vocablo «progreso», «progresista» y sus derivados). El resultado, auguraba, sería el fracaso del régimen y el desencanto de quienes habían depositado en él sus esperanzas.
De la República a la Transición: falsas expectativas, viejos errores
La Transición española, iniciada en 1977, fue presentada como el gran pacto nacional, la superación de los enfrentamientos del pasado y la construcción de un Estado democrático y de derecho. La Constitución de 1978 fue el fruto de aquel consenso, aunque, como advirtieron algunos, se trató de un compromiso apresurado, con elementos provisionales que nunca se perfeccionaron ni adaptaron a las demandas de una sociedad en rápida transformación.
Con el paso del tiempo, muchos de los males que Ortega diagnosticó en la Segunda República han reaparecido bajo nuevas formas:
- El Estado se ha hipertrofiado, convertido en una casta endogámica y ocupada en protegerse a sí misma, más preocupada por preservar privilegios que por servir al bien común.
- La política se ha profesionalizado y alejado de la ciudadanía, generando una profunda desafección y el sentimiento de que “todos son iguales y no nos representan”.
- Los partidos, lejos de ser instrumentos de participación, han degenerado en maquinarias de poder y clientelismo.
- La Constitución, nacida como pacto de mínimos, muestra signos de agotamiento estructural, incapaz de dar respuesta a las nuevas realidades sociales, territoriales y económicas.
Como en 1931, muchos ciudadanos sienten que el sistema ha sido secuestrado por minorías organizadas, que el Estado se ha convertido en un fin en sí mismo y que la democracia ha degenerado en una partitocracia desconectada de las necesidades reales de los españoles.
El ciclo del desencanto: ayer y hoy
La España de 2025 vive un “fin de ciclo” social, institucional y de valores. El desencanto, la desconfianza y la indignación se han instalado en amplios sectores de la sociedad. Las promesas de regeneración, participación y justicia social se han visto frustradas por la persistencia de viejas inercias: especulación, mediocridad, oportunismo, falta de compromiso y respeto por el interés general.
La mitificación retrospectiva de la Segunda República y la Transición, tan frecuente en el debate político actual, oculta sus fracasos y limita la capacidad de aprender de los errores. Ortega y Gasset, con su lúcida advertencia, sigue siendo un referente para entender la raíz profunda de nuestro malestar: la tendencia a confundir el cambio de régimen con la transformación real de la sociedad y el Estado; la facilidad con que las élites políticas convierten proyectos colectivos en instrumentos de poder sectario; el peligro de la exclusión, la falta de espíritu nacional y la incapacidad de anteponer el bien común a los intereses de grupo.
“Libertad sin ira”… ¿y después?
El 15J de 1977 fue celebrado como la conquista de la libertad, pero la libertad política, sin una cultura cívica y una sociedad comprometida, puede degenerar en mera apariencia. La ira, contenida entonces, ha resurgido en forma de polarización, desafección y protesta. La democracia española, como la República de Ortega, corre el riesgo de convertirse en una “República triste y agria”, víctima de la división, el sectarismo y la incapacidad de rectificar su rumbo.
La gran lección de Ortega que hoy rememoramos -y del aniversario que ha pasado desapercibido- es la necesidad de una ciudadanía vigilante, exigente y responsable, capaz de reclamar un Estado al servicio de todos, una democracia real y una política de altura. No basta con cambiar las formas: hay que transformar las actitudes, los valores y las estructuras que perpetúan el desencanto.
En definitiva, “no es esto, no es esto” sigue resonando como denuncia y advertencia. La libertad, si no se acompaña de justicia, participación y sentido nacional, corre el riesgo de ser otra promesa incumplida. Y la historia, una vez más, amenaza con repetirse.
La “Rectificación de la República”: lecciones para el presente
El discurso “Rectificación de la República” que Ortega y Gasset pronunció el 6 de diciembre de 1931 en el Cinema de la Ópera de Madrid, apenas tres días antes de que se votara la Constitución de 1931, nos ofrece claves fundamentales para entender los ciclos de esperanza y frustración que caracterizan la historia política española.
Ortega, que había sido uno de los principales impulsores intelectuales del cambio de régimen a través de la Agrupación al Servicio de la República, expresaba ya entonces su preocupación por ver cómo el nuevo sistema estaba siendo “minado por el espíritu de facción”. El exacerbado regionalismo, el anticlericalismo excesivo y la miope defensa de los privilegios por los sectores más conservadores amenazaban, en su opinión, con “ahogar al nuevo régimen en su infancia”.
En su discurso, Ortega lamentaba que en apenas siete meses de vida republicana ya cundiese “por el país desazón, descontento, desánimo, en suma, tristeza”. ¿Por qué, se preguntaba, “nos han hecho una República triste y agria bajo la joven constelación de una República naciente”?
La respuesta, según el filósofo, estaba en que la República había sido entregada “a unos cuantos grupos de personas que han hecho de ella, libérrimamente, lo que les recomendaba su espontánea inspiración”. Estos grupos tenían derecho a ello por haber sido “la avanzada del movimiento republicano en la hora de máximo peligro”, pero el resultado había sido la apropiación partidista de un proyecto que debía ser de todos.
Ortega defendía que “la República, durante su primera etapa, debía ser sólo República, cambio profundo en la forma del Estado, una liberación del poder público detentado por unos cuantos grupos, en suma, que el triunfo de la República no podía ser el triunfo de ningún determinado partido o combinación de ellos, sino la entrega del poder público a la totalidad cordial de los españoles”.
Para remediar esta situación, el filósofo proponía “rectificar el perfil y el tono de la República”, mediante “un gran movimiento político en el país, un partido gigante” que interpretara la República “como un instrumento de todo y de nada para forjar la nueva nación”. Su objetivo último era “organizar la alegría de la República española”.
El eterno retorno del desencanto
¿Qué queda de las expectativas de 1977?
Cuarenta y ocho años después, muchas de las promesas de la Transición siguen sin cumplirse plenamente. La democracia realmente existente en España, meramente formal, se ha consolidado, pero la calidad democrática se ha deteriorado. Las instituciones existen, pero su funcionamiento está viciado por el partidismo y la falta de independencia. La libertad política está garantizada, pero la igualdad de oportunidades y la justicia social siguen siendo asignaturas pendientes.
¿Por qué tantos españoles se sienten defraudados, engañados, traicionados?
Porque, como en la República de Ortega, el proyecto colectivo ha sido secuestrado por intereses particulares. Los partidos políticos, en lugar de ser instrumentos al servicio de los ciudadanos se han convertido en maquinarias de poder que colonizan las instituciones. La política, lejos de ser un espacio de deliberación y búsqueda del bien común, ha degenerado en confrontación estéril, fanatización y crispación… Y el Estado, en vez de ser garante de derechos y libertades, ha crecido como un fin en sí mismo, alimentando una inmensa burocracia clientelar y parasitaria.
La lección de Ortega sigue vigente: no basta con cambiar las formas de gobierno si no se transforma la cultura política y cívica. No es suficiente proclamar la democracia si esta no está al servicio de todos los ciudadanos. No es posible construir un proyecto nacional desde el sectarismo y la exclusión.
El 48º aniversario de las elecciones de 1977, pasado casi inadvertido en medio de la vorágine política actual, nos recuerda que la democracia es un proyecto siempre inacabado, que requiere vigilancia constante y compromiso cívico. Como en 1931, como en 1977, España se encuentra ante una encrucijada que exige rectificar el rumbo, recuperar el espíritu fundacional y construir un proyecto verdaderamente inclusivo y al servicio de todos.
La pregunta que debemos hacernos no es solo qué ha fallado, sino qué podemos hacer para evitar que la historia se repita una vez más. La respuesta, quizás, esté en las palabras finales del discurso de Ortega:
“Se trata, señores, de innumerables cosas egregias, que podríamos hacer juntos y que se resumen todas ellas en esto: organizar la alegría de la República española.”
Sustituyan “República” por “democracia”, por «nación española» y tendrán el desafío que sigue pendiente casi un siglo después.
