En Torre Pacheco –una población de Murcia de unos 40.000 habitantes y donde casi el 30 % son de origen magrebi– fue agredido y apaleado con gran violencia el pasado miércoles un sexagenario ciudadano «pachequero» que había salido a pasear, por tres jóvenes supuestamente de origen magrebí. No para robarle, sino por el mero placer de grabar la agresión para después jactarse y probablemente subirla a las redes sociales. Fue una agresión cobarde, calculada y premeditada. La respuesta vecinal de repulsa no se hizo esperar y fue inmediata. Sin embargo, lo que vino después no fue el apoyo institucional a la víctima, sino la condena pública… a los vecinos. Según los gurús y adalides del progresismo, las protestas fueron tachadas de “racistas”, “islamófobas” y propias de «fascistas». Este es el alto nivel de descomposición moral al que nos ha arrastrado la izquierda «woke», «buenisma» y el «progresista» y «democrático» Gobierno de Sánchez. Se ha instaurado una cultura del silencio, del miedo y del señalamiento, hasta el punto de que , quienes denuncian una agresión cometida por los inmigrantes, son tachados automáticamente de «ultraderechistas» «intolerantes» o «xenófobos». Se invierte la carga de la culpa y se criminaliza a quienes osan levantar la voz frente a lo evidente: una violencia importada, que existe, que viene de fuera y que crece cada día más con total impunidad.
Torre Pacheco no es un caso aislado. Es uno más de una lista, cada vez más larga, de las multiples agresiones cometidas por individuos o grupos que no solo no se integran, sino que desprecian abiertamente los valores, las normas, la religión y la convivencia en nuestra sociedad. Lo más preocupante no es que ocurran estos ataques, sino que el Estado los tolere y hasta los blanquee, por cobardía o por cálculo electoral. La izquierda ha renunciado a proteger a los ciudadanos para abrazar un «relato victimista» que acaba por convertir en mártires a los agresores y en culpables a los agredidos.
Este «multiculturalismo» –impuesto por decreto e impulsado por la «zapateril» y «vengativa» Alianza de Civilizaciones– sin control ni exigencia alguna ya está fracasando. No hay integración cuando no hay voluntad de integrarse. No hay convivencia cuando se subvenciona a quienes promueven el rechazo a la cultura que los acoge. No hay seguridad cuando se criminaliza a la policía por hacer su trabajo o a los vecinos por decir lo que ven y sufren. Y no hay justicia cuando un español es agredido por extranjeros y ve cómo los medios y las instituciones se apresuran a proteger al agresor para «no ofender» sus peculiares sensibilidades étnicas y religiosas.
La izquierda –esa que presume de feminista y de defensora de los derechos humanos– es la misma que guarda un absoluto silencio sepulcral y cómplice ante los abusos cometidos en nombre del Islamismo más radical. Callan cuando se persigue a los cristianos en países musulmanes. Callan cuando Marruecos reprime con violencia a los saharauis y asaltan nuestras fronteras en Ceuta y Melilla . Callan cuando los delitos sexuales o los ataques homófobos tienen autores «tabúes» o “inconvenientes” para su relato. Callan, siempre, si el agresor no es español, ni católico, ni blanco o de derechas.
Lo ocurrido en Torre Pacheco debería abrir los ojos a más de uno. Pero no lo hará. Porque para los progresistas «wokes» de salón, la realidad no importa. Lo único que les importa es mantener intacta su ideología y superioridad moral, aunque sea a costa de la seguridad, la libertad y la dignidad de los españoles de a pie. Desde sus lujosos y cómodos barrios, protegidos y bien financiados, dictan dogmas mientras el pueblo sufre las consecuencias de sus delirios ideológicos y pseudo progresistas.
La izquierda ha convertido la denuncia de los hechos en un tabú. Nos quiere mudos, ciegos y sumisos. Pero lo cierto es que cada vez hay más ciudadanos que están hartos. Hartos de ver cómo se tolera lo intolerable. Hartos de que se les acuse por defender lo suyo. Hartos de vivir con miedo mientras otros se amparan en la impunidad de sus rigurosas sharias teocráticas. España no necesita más discursos buenistas, necesita autoridad, ley y respeto a su cultura, a su religión, a sus costumbres y tradiciones . Necesita líderes que defiendan con firmeza su soberanía, su identidad y su futuro.
Lo de Torre Pacheco no es un problema de convivencia. Es el síntoma de una silenciosa, continua y peligrosa cesión del Gobierno central a una forma de «islamismo político» que no busca la integración sino la imposición. Y lo hace gracias a la complicidad y al apoyo de quienes –desde el Gobierno y desde los medios de comunicación afines– han optado por sacrificar a su propio pueblo en los altares de ese distópico multiculturalismo «ideológico» y «político».
Si el Gobierno no le pone freno a estas «atípicas» y cada vez más frecuentes actividades y actitudes multiculturalistas, los graves disturbios de Torre Pacheco serán solo el principio del final y entonces…ya será demasiado tarde para que se proteste y nos salven. No deberíamos olvidar a Martin Niemöller –el prominente pastor luterano de Alemania que tras subir Hitler al poder en 1933 lo crítico duramente — y lo que nos recuerda en su «Cita» con: […] «Primero vinieron por … y, al final, cuando vinieron a por mi (nosotros), ya no había nadie más que pudiera protestar «. ¡Y la historia suele repetirse!
