El feudalismo es la organización jerárquica y descentralizada de la edad media donde el emperador estaba condicionado por los nobles y sus feudos, sus tierras.
Hoy en lugar de nobles está el Ibex y los pelotas de Sanchez, los pelotas autonómicos, los pelotas locales y otros seres sin dignidad que viven del sistema. Todo el mundo sabe quienes son, algunos los vemos diariamente en televisión, pero con su pan se lo coman, porque vivir de lamer las botas o los bulos debe de ser muy lucrativo pero el precio de la dignidad muy duro.
Desde su colchón construído con las plumas de ganso dirán, cuando caiga Pedro Sanchez, que ellos debían rendir obediencia porque eran sus vasallos, como los soldados del gulag, pero el caso es que han dejado por el camino incontables perlas de su vesanía.
El feudalismo, como el sanchismo, pretendía que el monarca o emperador pudieran contar con el apoyo de sus vasallos o feudatarios para todo lo relacionado con el apoyo militar; el apoyo en la administración de sus territorios; así como la posibilidad de contar con los ejecutores de la justicia que pretenden diseñar, contando incluso con fontaneros para eliminar los obstáculos y garantizar su impunidad y las inmunidades del poder.
El vasallaje se caracterizaba por la descentralización del poder donde el sistema de relaciones de lealtad y obligaciones mutuas entre señores y vasallos era fundamental. A cambio de protección y tierra, los vasallos debían lealtad y servicio militar a sus señores.
La sociedad se dividía en estamentos, se pagaban diezmos como hoy mordidas, había homenajes, investidura, nobleza, clero, artesanos y agricultores donde hoy hay sólo estructura de partidos, sindicatos, parados y funcionarios persiguiendo a los autónomos para esquilmarlos, y desincentivando la creación de riqueza hasta límites insospechados, funcionarizando la sociedad hasta llegar al comunismo, como están pretendiendo, por la puerta de atrás.
Todo empieza con la perversión del lenguaje. Para hablar de educación hablan de «ecosistema»; para hablar de política «de resiliencia», para no hablar de paro, de fijos periódicos discontinuos, para hablar de economía de engorde, para hablar de corrupción de transformación social competitiva, para no hablar español, de «áreas de inmersión lingüística» y en los partidos de fútbol aparece un locutor y dice que un figura «coge altura en los espacios superiores». Todo mientras se lo están llevando.
A mi que no me digan, el sanchismo es «una mezcla de maldad y majadería». Lo de Pedro y Begoña es de autócrata de mal de altura, malignidad, perversidad, peronismo, lo que quieras. Comprarse una cátedra involucrar a la Universidad patrocinadores, cinco imputaciones. Una estructura de poder al servicio de los negocios de la mujer del César de la que su marido va a tener que responder, por donde va a romper.
Pero además de corruptos y sinvergüenzas son fatos, faltosos, carentes, les falta una cocción. Para hacer todo eso desde Moncloa, aparte de llegar gracias a su suegro, hay que aburrirse mucho o no tener dos dedos de frente. No se le ocurre ni al que asó la manteca.
Mientras permanece suspendido en el vacío sólo sujeto por una cuerda, Sanchez sigue repartiendo diezmos y mordidas entre los señores feuderales para sostenerse en el poder pero está preocupado, no por lo que ya sabemos, sino por lo que aún nos queda por conocer.
