El miedo humano es un instinto básico de supervivencia. Y en España –a juzgar por las reacciones suscitadas– hay demasiados sectores instalados en el pánico ante la posibilidad de que VOX llegue al Gobierno. No hablamos de un miedo difuso, sino de un auténtico pavor colectivo que recorre las venas de políticos profesionales, separatistas, burócratas, sindicatos domesticados y hasta gobiernos extranjeros. El mero hecho de que un partido con un discurso frontal, incómodo y ajeno a los consensos blandos del bipartidismo pueda tocar poder, ha desatado un coro de auténticas plañideras con sus lamentos y advertencias.
Lo curioso es que –si uno repasa la lista de todos los que tiemblan– el votante medio encuentra más motivos para sonreír que para preocuparse. Porque, sencillamente, si toda esa fauna asilvestrada teme a VOX –quizá lo más lógico– es que la mayoría de los españoles de a pie tengan, al fin, algo que ganar y, poco o casi nada, que perder.
Marruecos teme a VOX… porque sabe que con ellos se acabarían los privilegios diplomáticos construidos sobre las cesiones de Madrid. Rabat ha jugado durante muchas décadas con la gran debilidad de los distintos gobiernos españoles: presión migratoria, chantajes pesqueros, la carta de Sánchez sobre el Sáhara… Un hipotético gobierno con VOX significaría una España menos complaciente y más firme en Ceuta, Melilla y Canarias. Marruecos teme, y con razón, perder el rol del real tutor consentido.
Gibraltar también tiembla… porque «el peñón» ha vivido demasiado cómodo con gobiernos españoles que han preferido mirar a otro lado mientras el contrabando, el dumping fiscal y los privilegios coloniales se consolidaban. VOX ha puesto negro sobre blanco una verdad incómoda: Gibraltar sigue siendo una colonia en territorio español y un paraíso fiscal en la frontera sur de España. Que alguien lo repita con firmeza es suficiente para que en la Roca corra el sudor frío.
El capítulo de los «okupas»… no requiere demasiada explicación. Quienes se dedican a usurpar viviendas ajenas saben que VOX representa el final de la barra libre judicial y política que vienen disfrutando. Dejar de ser “pobrecitos” para volver a ser delincuentes –con desalojos exprés y sanciones duras– es un escenario que ya asusta. Por eso, los colectivos okupas se manifiestan violentamente contra el “fascismo”, cuando en realidad lo que defienden es su negocio.
Los inmigrantes ilegales también están en esa temerosa lista… porque España –con sus fronteras super porosas y su red de ONG’s subvencionadas– se ha convertido en un atractivo y especial imán para las mafias y migraciónes irregulares. La mera idea de un gobierno que priorice la legalidad, el control fronterizo y la deportación de quienes incumplen las normas, –delinquiendo y alterando el orden socia– provoca intensos escalofríos en quienes viven del buenismo coladero actual.
Los sindicatos —UGT y CCOO, hoy convertidos en auténticas empresas subvencionadas— tiemblan, porque saben que VOX cuestiona su estatus de aristocracia laboral. Hace ya mucho tiempo que su verdadera función dejó de ser la defensa de los trabajadores para convertirse, en la actualidad, en meras oficinas paralelas del Gobierno y receptoras de millones en subvenciones. Por eso, que alguien les cierre el grifo y les devuelva al terreno de la autofinanciación, sería su peor pesadilla.
En el mismo saco están los separatistas…, EH-Bildu y las franquicias de ETA. Todos ellos saben que con VOX no habría mesas de negociación, ni indultos en forma de amnistia, ni blanqueo de golpistas y de terroristas. Y lo saben muy bien, pues se les acabaría el chollo de presentarse como interlocutores legítimos mientras denigran al Estado.
Todas las agendas globalistas… —incluida la «Agenda 2030»– tampoco ocultan sus temores. VOX representa un muro infranqueable para el ecologismo dogmático, las políticas de género convertidas en negocio y la ingeniería social financiada con impuestos. Que un partido niegue la imposición de esos dogmas es un anatema político para quienes viven de ellos.
Los delincuentes…, en general, saben que una política de seguridad firme, con apoyo real a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y con sus duras leyes, no les dejaría tanta manga ancha.
Si alguien les quita la etiqueta de “jóvenes en riesgo de exclusión” y vuelve a llamarles por su nombre —delincuentes, en román paladino– el problema, no solo cambia, sino que tiende a desaparecer.
Los apesebrados… —esa red de miles de cargos, de asesores y beneficiarios de las más variopintas subvenciones— temen perder su diaria y vital mamandurria. La política española se ha convertido en un gigantesco sistema clientelar: la existencia de más de medio millón de políticos y burócratas depende de que nada cambie para que todo siga igual. Pero VOX, amenaza con levantar todas las alfombras y, eso significa nervios, y muchos.
El bipartidismo tampoco se libra del pánico…porque VOX rompe ese equilibrio y obliga a elegir, obliga a retratarse y cuestiona el “turnismo” cómodo. De ahí los ataques furibundos desde ambos bandos, pero sobretodo desde la zona del Gobierno de Sánchez y de sus necesarios conmilitones.
Las ONGs subvencionadas, las feministas radicales y toda la industria política… también ven en VOX un enemigo directo. Son legión –con nóminas públicas, presupuestos inflados y un discurso victimista– y que alguien les diga –“se acabó, no hay más dinero”– equivale a un harakiri personal de todas ellas.
En resumen: todo aquel que vive del sistema, teme a VOX y todo aquel, que se ha acostumbrado a privilegios, subvenciones, pactos secretos, complicidades extranjeras o impunidad, siente miedo. Y como suele ocurrir, ese miedo es proporcional a lo que se juegan y, al parecer, se juegan muchísimo.
La mayoría de los votantes, en cambio, empiezan a verlo claro: si todos esos sectores temen tanto a VOX, quizá sea porque, por una vez, alguien está dispuesto a gobernar sin pedir permiso a quienes se han creído dueños del país.
El miedo es libre, sí. Y a los españoles cada día nos lo ponen más fácil para votar a quien hace temblar, cada día más, a toda esa ralea de «vampiros pseudopolíticos» que viven –no de la política– sino de nosotros y de nuestro trabajo.
