Víctor Entrialgo: «La civilización exhibicionista»

Víctor Entrialgo: "La civilización exhibicionista"

Una de las cosas más sorprendentes de la existencia, de las más abracadabrantes, de las que realmente dejan atónito a quien se percata de sus efectos y alcance, con independencia de lenguas, ideologías, latitudes y religiones, es la creencia profundamente arraigada entre la juventud de que las personas mayores nunca han sido jóvenes.

Una cosa es la arrolladora potencia del tsunami juvenil, su fuerza imparable y renovadora, la necesaria sucesión natural de las generaciones y otra que todo eso concurra sorprendentemente  con la permanente y no ocasional inconsciencia de que esa gente que nos rodea, con las facultades mermadas pero con el incuestionable poso de la experiencia, fueron alguna vez jóvenes.

Todo esto coincide con la imparable revolución de esas tecnologías que ahora las excluyen, como las redes sociales, ante la indiferencia general de las generaciones más jóvenes persuadidas de que no van a envejecer, lo que sucede indefectiblemente sin que lo hagamos consciente más que ocasionalmente, circunstancia capaz de demostrar un día tras otro que cuanto mayor es la inteligencia artificial, menor es la natural y que, por lo tanto, se puede progresar hacia delante y hacia detrás al mismo tiempo.

Fruto del cambio de la estructura económica y la aparición de las redes sociales, nunca ha habido tantos supuestos expertos en cualquier cosa. Tanto sabio tick-tockero, tanta presuntuosa influencer retransmitiendo sus viajes y carencias, tanta modelo poseída de sí misma, tanta insuficiente instagrammer buscando aceptación, el Dasein, la existencia, su ser en el mundo, Heiddeger Ser y tiempo, porque esa es también  la ventana al mundo, al emprendimiento y a los negocios, la autopista al invasor, el fitness con o sin esfuerzo, el pilares vietnamita, la repostería en tres tardes, la caza de las tortugas, el baile de salón o la posibilidad de hacerse fresador a distancia, jardinero sin jardín o cultivador sin terreno. Antes había técnica, práctica y llegado el caso obras de arte, ahora la vida se lanza a la cara de los demás, como las vacaciones, y se transmite por un tubo.

Pero lo que más choca de toda esta civilización exhibicionista es que mientras el mundo se revoluciona y degenera, se destruyen las identidades nacionales sin el fortalecimiento de la supranacional los ninis se exhiben en las redes y las teles buscan tragedias en el extranjero cuando se terminan los incendios; mientras los comisarios de la tele se hacen millonarios vendiendo su alma a su dueño lo que más soprende, aparte de tanto ovejunismo sin Fuenteovejuna, es un poder político que ni siquiera se asombra, que no se cuestiona nada, que va de fracaso en fracaso, tragedia en tragedia, ineptitud en ineptitud al frente de las cosas públicas trepando en la partitocracia, falsificando currículums y besando los pies de un señor feuderal que transido por sus cuitas familiares, a punto de transicionar y del divorcio que viene, sólo busca la salida procesal. Pero con tanta plancha como se le acumula la cosa va a reventar y llegado el momento todos sus lacayos van a salir corriendo buscando una nueva covachuela con su traje casi tan arrugado y manchado como su biografía.

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