Que la monarquía española sea hoy un monumento al esperpento no es casualidad: Felipe VI no es más que la repetición decadente de Isabel II, la reina del XIX que terminó expulsada por inútil, corrupta y ridícula. Ambos reinados comparten la misma esencia podrida: matrimonios de conveniencia y secretos, escándalos de corrupción que salpican hasta el tuétano, y crisis políticas que ponen en entredicho no solo a la corona, sino la misma unidad de España.
Isabel II vivió atrapada en un matrimonio sin amor con su primo Francisco de Asís, un hombre cuya dudosa orientación sexual era secreto a voces en la corte. La vida privada era un lodazal de rumores sobre paternidades inciertas y adulaciones vacías. Felipe VI no parece haber aprendido nada: su relación con Letizia, ese matrimonio más bien vacío y distante, esconde pactos silenciosos, escándalos ocultos y una familia real que prefiere guardarse los trapos sucios para sí, lejos de la vista de un público cada vez menos crédulo.
La corrupción institucional, lejos de ser erradicada, se ha vuelto el cáncer de la Corona. Isabel II gobernó en medio de nepotismo e incompetencia; Felipe VI heredó la corona con la pesada losa del escándalo Nóos y la vergonzosa huida de Juan Carlos I para evitar que sus marrullerías financieras arrastraran a toda la monarquía al fango. Con Felipe VI, la estrategia ha sido enterrar los escándalos bajo capas de protocolo y discursos vacíos, mientras el dinero opaco y las tramas oscuras siguen operando en la sombra. ¿Dónde está la transparencia? ¿Dónde la ejemplaridad? No existe.
Su papel de “símbolo de unidad” es una farsa maquillada. España está rota por el separatismo y el descontento social, y él habla mucho y actúa poco, una marioneta que teme molestar a los que realmente mandan. Recorre España abrazando a damnificados por inundaciones, incendios o incluso erupciones volcánicas, repartiendo besos y apretones de manos, mientras de facto apoya a los responsables políticos de esos desastres, que no limpian bosques ni cauces fluviales, y permite que la negligencia continúe sin freno. Más que un Rey que ejerce como tal, que reina, parece un Don Tancredo, un busto parlante, un guiñol movido por Pedro Sánchez que habla a su través, como haría un ventrílocuo,… emulando a Felipe IV , el Rey pasmado, tal como lo denominó Torrent Ballester, aquel monarca que Diego Velázquez consiguió plasmar con maestría y acierto en su famoso retrato, mostrando una mezcla de asombro, desconcierto y pasividad ante los problemas de su reino. Felipe VI parece pretender ser un clon del «rey pasmado», y adopta esa misma postura siglos después, pero con peores efectos sobre España.
Podría haber ejercido su autoridad como Jefe del Estado y Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas: movilizar ejércitos, Guardia Civil y policías ante emergencias, ordenar repliegues estratégicos de tropas en misiones internacionales turbias o proteger la unidad de España. No lo hizo. Prefiere fotos, gestos y pucheros, mientras avala silenciosa o indirectamente la desidia de los gobernantes socialcomunistas.
E incluso, en el acto de Apertura del Año Judicial, acudió sin resistencia, sin protestar, como oveja que el matarife conduce al matadero, obligado a fotografiarse con el Fiscal General del Estado, acusado de prevaricación y próximo a ser enjuiciado por prevaricación. Caso único en la historia reciente de España, y posiblemente del mundo occidental. Su pasividad ante hechos que amenazan directamente a la integridad del Estado no es neutralidad: es cobardía, inanidad, complicidad.
En la política nacional, la lista de tropelías es larga: aval a la investidura de Sánchez bajo la excusa de “la costumbre” —cuando la Constitución no obliga a tal sumisión—, firma de la amnistía a golpistas-separatistas catalanes, defensa ideológica de la Agenda 2030, priorización de la Unión Europea sobre España, silencio ante la ruptura de la nación. ¿Neutralidad? No. Es utilizar la Corona contra el fin para el que le fue otorgada. La mejor forma de conseguir una legión de enemigos es tratar de contentar a todos, ser débil con el fuerte y fuerte con el débil, no incomodar a quienes realmente mandan y hacer suya la canción de Roberto Carlos: “Yo quiero tener un millón de amigos”.
Históricamente, su bisabuelo Alfonso XIII no puso obstáculos, al contrario, a que Don Miguel Primo de Rivera asumiera el mando y emprendiera la cirugía de choque que España necesitaba. Felipe VI podría haber actuado, proponer al Congreso un presidente decente, patriota y experto gestor de dineros ajenos con probada experiencia de éxito, y no lo hizo. Se escondió tras la excusa de la costumbre, dejando que la corrupción y la inacción política continuaran.
Y si alguien duda de la claridad de esta farsa, hay que remitirse al Infante Don Juan Manuel y su “Conde Lucanor”, Cuento XXXII: El rey y los pícaros… cuento de los tejedores tramposos que engañan a un rey. El relato demuestra cómo la mentira y la hipocresía se perpetúan cuando el poder se rodea de aduladores, y cómo solo alguien sin nada que perder puede revelar la verdad. Felipe VI, sin embargo, sigue ciego ante la “tela” que le tejen los intereses de unos y otros, dejándose adular, mientras España se desangra. La moraleja es clara: si alguien te pide guardar un secreto porque es algo valioso, es porque te quiere engañar.
El Rey no puede reinar para quienes odian España, por el contrario, debe fijar su atención en quienes aman a España, y principalmente en quienes aún son monárquicos…. Su complicidad con leyes y agendas que disuelven la nación, su posición en favor de quienes debilitan la soberanía y la unidad, su neutralidad selectiva que lo convierte en un aliado involuntario del quintacolumnismo, todo ello revela la verdadera naturaleza de su mandato: inanidad revestida de pompa y protocolo.
Mientras tanto, Letizia rompe la neutralidad ideológica defendiendo teorías de decrecimiento y políticas globalistas, de reducción de consumo (Agenda 2030, pobres pero felices), mientras se pavonea con modelitos de diseño, dejando claro que la neutralidad en su caso es todavía más una impostada.
España, hoy, asiste a un teatro de baja calidad: tragicomedia con malos actores y peores diálogos, en la que el Rey abraza, sonríe, hace pucheros, posa para fotos y recita discursos vacíos, mientras su presencia en incendios, inundaciones y erupciones volcánicas sirve únicamente para escenificar su irrelevancia.
¡Qué lejos queda Alfonso XIII, y su viaje a las Hurdes! Mientras Felipe VI se limita a posar, besar a niños, abrazar y apretar manos… su bisabuelo Alfonso XIII viajó a las Hurdes dejando una herencia tangible: hospitales, escuelas, caminos e infraestructura para aliviar la miseria. Alfonso XIII actuó con autoridad y compromiso; Felipe VI solo sonríe para la foto. Obras son amores y no buenas razones, y aquí la diferencia entre un rey y un Don Tancredo resulta más evidente que nunca. Felipe VI recorre España y sonríe para la foto, incapaz de ejercer su autoridad real, de proteger la unidad, de enfrentar la negligencia, la inacción y la maldad de los gobernantes. Felipe VI no ejerce de Rey ni de Jefe del Estado y hace dejación de sus obligaciones, negándose a actuar frente a desastres naturales o fracturas institucionales.
Majestad, su impostada neutralidad en realidad es inanidad. Ni chicha ni limoná. Usted podría haber sido un Rey que actuase, un unificador de la nación, un defensor de España. Pero ha elegido el silencio, la obediencia, el guiñol, el teatro barato. Ha acabado siendo un busto parlante, un Don Tancredo, un pasmado al estilo Felipe IV, un guiñol del ventrílocuo Sánchez, que firma amnistías, avala a golpistas y se calla mientras España se descompone.
Si alguien le pregunta si forma parte, voluntaria o involuntariamente, del quintacolumnismo interno del que Cicerón advertía, la respuesta parece clara: su silencio lo convierte en tonto útil, cómplice y en traidor involuntario de la nación que juró, y debería, proteger.
España no necesita más fotos, ni abrazos, ni besos, ni discursos; necesita acción, autoridad y defensa de su unidad. Y Felipe VI, a día de hoy, demuestra que todo ello es solo una ilusión, una tragicomedia de baja estofa con muy malos actores y peores diálogos.
La historia no engaña. La monarquía está herida de muerte, incapaz de renovarse, y con un monarca cuya neutralidad no es valor, sino inanidad, incapaz de cumplir con su deber esencial: proteger a España, su unidad y su futuro.
