Pedro Manuel Hernández: «‘Orgullo» y «Dignidad’: el nuevo mantra sanchista para tapar la ignominia y la desvergüenza»

Pedro Manuel Hernández: "'Orgullo" y "Dignidad': el nuevo mantra sanchista para tapar la ignominia y la desvergüenza"

El gobierno de Pedro Sánchez ha encontrado otro de esos eslóganes vacíos, huecos y repetidos como letanías por sus corifeos de turno: “Orgullo y Dignidad”. Lo pronuncian como si de un rezo sectario y mántrico se tratase –cacareando en todas las cadenas televisivas, entrevistas, parlamentos y ruedas de prensa– muy convencidos de que si repiten, hasta la náusea, estás dos palabras huecas se cura la corrupción, la mentira y la descomposición moral de un régimen decadente que se tambalea agonizante.

El contraste no puede ser más grotesco. Mientras la británica escritora –Jane Austen– tituló su célebre novela “Orgullo y Prejuicio” y en ella se habló, con gran delicadeza, de pasiones, sensibilidades y conflictos humanos, Sánchez y sus heraldos convierten el lema en una perfecta «coartada política» para justificar lo injustificable. Lo suyo no es “orgullo y sensibilidad”, sino soberbia y brutal violencia . Una campaña de marketing de baratillo para ocultar la deshonra, la sumisión a los golpistas y la venta de España al mejor postor parlamentario y a sus votos.

Particularmente repulsivo e inmoral resultó el papelón del delegado del Gobierno en Madrid, que –no contento con obedecer como un lacayo a su jefe– se permitió el lujo de pronunciar un discurso incendiario, un alegato que más parecía un llamamiento a la extrema violencia y a la barbarie, que una apelación a la concordia y a la legalidad que debería representar el Estado. Un delegado de Gobierno que invitó a la confrontación social, al odio entre españoles y al más puro guerracivilismo, es la viva muestra de la clase de podredumbre moral a la que nos arrastra este Ejecutivo.

Aún más obsceno resulta comprobar cómo este Gobierno y su coro de loros parlantes repiten, sin freno, que la guerra de Israel en Gaza es un “genocidio”. La palabra se repite con tal frivolidad que ha perdido su sentido original, cargado de horror histórico y de una precisión jurídica inequívoca: la intención sistemática de exterminar a un pueblo. Usar ese término con ligereza no solo es un insulto a la memoria de las víctimas de los genocidios reales del siglo XX, –el gran «Holocausto Judío»– sino también una estrategia calculada: cuanto más grande es el grito hacia afuera, más pequeño parece el hedor hacia adentro.

Porque mientras se agita con teatral indignación el espantajo del “genocidio” ajeno, aquí dentro se tapa el verdadero escándalo: las mordidas de Ábalos, los chanchullos de Santos Cerdán y la procesión de comisionistas que pululan por los pasillos socialistas como un mercadillo de favores, sobres y maletines. Cuando el Gobierno se atreve a llamar genocidio a lo que ocurre en Gaza, lo hace no solo para contentar a sus socios radicales y filoetarras, sino para desviar el foco de sus propias cloacas. Se invoca la tragedia ajena para blanquear la corrupción propia.

Es la estrategia de siempre: si no puedes dar explicaciones, grita más fuerte. Si la corrupción te ahoga, señala a otro con un crimen mayor. Y si los españoles empiezan a sospechar de tu lodazal de mordidas, conviértete en juez planetario de la moral universal. Así, el término “genocidio” se convierte en detergente político, en un salvoconducto verbal que borre la mugre de los escándalos que los rodean. Pero no engañan a nadie: ni Ábalos, ni Santos Cerdán, ni los demás operadores de este régimen, e incluso ni el mismísimo presidente Sánchez se limpian sus manos sucias gritando: «¡Gaza libre e Israel genocida!»o  aquel famoso slogan de la OLP de 1960 y cacareado el domingo por Irene Montero «desde el río al mar, Palestina vencerá».

Porque aquí no hay ni orgullo ni dignidad. Lo que hay es una maquinaria de poder sostenida a base de mentiras, pactos indignos y discursos peligrosos. Se atiza el odio, se anima al matonismo ideológico y se arenga a las masas como si fueran carne de cañón de una guerra política. Mientras tanto, los mismos que lanzan esas consignas son los primeros en blindarse en coches oficiales y escoltas, bien lejos del barro al que empujan a los demás. Si alguien lo duda que se lo pregunten a Irene Montero o a Ione Belarra.

El “Orgullo y Dignidad” de Sánchez no es otra cosa que el disfraz de una vergüenza colectiva. Es el “puro teatro” de un régimen que se sabe ilegítimo en espíritu aunque legal en forma, sostenido por separatistas, filoetarras y populistas que no creen en España pero sí en sus sueldos y privilegios.

No se trata ya de que el Gobierno sea incompetente, que lo es. Se trata de que juega con fuego. De que su mensaje ya no se limita a manipular, sino que comienza a alentar la violencia política y social. Y cuando quienes deberían garantizar el orden son los primeros en lanzar gasolina al incendio, lo que se está incubando es algo mucho más oscuro que la mera propaganda.

España merece «orgullo» de verdad: el de una nación libre, unida y decente. Y merece «dignidad» auténtica: la que nace de la justicia, la verdad y el respeto a sus ciudadanos. Lo que Sánchez y sus voceros ofrecen es justo lo contrario: «soberbia» disfrazada de orgullo y deshonor envuelto en falsa «dignidad».

Y al final, su “Orgullo y Dignidad” no es más que eso, un cartelito barato para tapar la ruina y, como ocurre en tanatoplastia cuando se pone colonia sobre un cadáver, así su hedor no es tan fuerte –pero con esto no se engaña a nadie– pues el cadáver sigue estando ahí despidiendo un hedor camuflado, y , además, se llama España.

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Autor

Pedro Manuel Hernández López

Médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.

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