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Frío invierno que no acaba, tumba abierta que voraz me aguarda, y que jocosa sobre mi muerte se recrea, oscilando sobre mi pecho su guadaña.
Días y días sin habla, mudo mensaje a la nada; largas horas en la desesperanza, en el dolor y la angustia callada; silenciosa lágrima desgarrada de mis ojos, gota de sangre que de mi alma mana, cae… se funde con la almohada; salobre y amargo testigo de un mañana sin mañana.
La depresión es la única enfermedad que no siendo mortal, mata. En España hubo alrededor de 75,000 intentos de suicidio en 2024, una cifra que contrasta con los 3.846 suicidios consumados, [2834 hombres versus 1012 mujeres], frente a 488 fallecidos, durante el mismo periodo, por accidente de tráfico. Curiosa esta ensalada de cifras con perspectiva de género.
En el Mundo, según la OMS, 350 millones de personas padecen depresión, pero – paradójicamente -con mayor incidencia en los países ricos que en los pobres.
A grandes rasgos, y sin pretender hacer una tesis doctoral sobre el tema, hay dos grandes tipos de depresión: la exógena y la endógena. La Exógena sería aquella que viene provocada por factores externos al individuo, cuya solución sobrepasa su voluntad; vamos, que no puede hacer nada por cambiar las cosas.
En esa agobiante situación el cerebro analiza los hechos adversos, o la gravedad de los acontecimientos que envuelven al sujeto, y crea – en consecuencia – un estado de infelicidad que lo hunde en un mar de tristeza, ansiedad, o ambos estados al mismo tiempo. Aquí no cabría hablar de “enfermedad del alma”, sino más bien de “enfermedad de la mente”, o -mejor dicho- de enfermedad provocada por la mente, con la inestimable ayuda de los gobiernos
La actual ética de la sociedad de consumo ha grabado a machaca martillo, en nuestras mentes, la idea de que sin dinero no hay consumo, lo cual es cierto, pero a continuación remata esa afirmación diciendo que sin consumo, no puede haber felicidad; lo cual es absolutamente falso.
Así pues, y gracias a esta perversa falacia, serán los ciudadanos de los países ricos quienes mayor lavado de cerebro sufren, al estar éstos bombardeados diariamente por los medios de comunicación, auténticos catequistas del insaciable dios Consumo.
De esta manera, en una situación económica como la actual, la mente reacciona dejándonos con un permanente mal sabor de boca, hundiéndonos en un estado de tristeza, o de ansiedad, que si nos descuidamos puede terminar degenerando en una profunda depresión.
La curación pasará cuando un sicoterapeuta, o alguien que te aprecie y sepa, pueda ´resetear´ tu cerebro, variando la escala de los valores ´predeterminada por defecto´ que el Sistema (de este repugnante Nuevo Orden Mundial, mediante sus sátrapas de proximidad), ha grabado en tu mente como dogma de fe.
Si finalmente consigues alterar, con ayuda o tú solo, la perversa escala de valores y prioridades que has mamado desde pequeño a través del cine, radio, televisión, y publicaciones varias, y comienzas a dar importancia a las cosas que realmente la tienen, a partir de ese momento comenzarás a ver la botella medio llena, en lugar de medio vacía, y a ser razonablemente feliz.
Sin embargo, aquellos que en su cortedad de miras no sean capaces de ver, o de buscar, más allá de la grosera y finita materia, una crisis como la actual se convertirá en un auténtico infierno que les corroerá y amargará la existencia. Y aun en las épocas de bonanza su felicidad será una felicidad vacía, aunque ellos no se darán cuenta al no haber conocido otra cosa en su vida.
Por otro lado, existe otro tipo de depresión, la más terrible de todas, que es la llamada ´depresión endógena´, y ésta sí que podemos decir que es una auténtica enfermedad del alma.
La depresión endógena es aquella que nace en nuestro interior por sí sola, sin ayuda de nadie, ni causa externa que la motive, pero que nos puede sumir en un mar de tristeza sin fondo que terminará por ahogarnos en nuestras propias lágrimas.
Personas que gozan de buena salud, sin problemas familiares, laborales, ni económicos, pero que sin embargo les embarga una tristeza permanente, al tiempo que pasan a tener con la muerte una obsesiva relación de amor/odio.
Cuentan los expertos que la depresión endógena podría estar asociada a la existencia de niveles bajos en el cerebro de determinados neurotransmisores tales como la serotonina, la noradrenalina, o la dopamina. Por ello, los fármacos antidepresivos actúan intentando aumentar el nivel de esas sustancias. Sin embargo, en una parte significativa de pacientes con depresión endógena, la química (medicación) no surte efecto; todo lo más, idiotiza al ´enfermo´, temporalmente, amén de destrozarle el hígado; pero curar, no cura. Ello tal vez sea debido a que el origen del problema está en el alma, y esta no entiende de física ni de química.
En cualquier caso, y con respecto al hecho de que -según parece- las personas que sufren depresión tienen en su cerebro un bajo nivel de serotonina, noradrenalina, o dopamina, cabría preguntarse ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? O, dicho de otro modo, ¿es el bajo nivel de estas sustancias en el cerebro lo que produce la depresión, o es la depresión la produce que bajen éstas?
Una persona materialista, pero económicamente débil, a la que le falten los mimbres necesarios [dinero], para tejer sus sueños y poder hacerlos realidad, tendrá siempre la esperanza de poder alcanzarlos algún día. Pero cuando esa misma persona haya obtenido todo lo que deseaba, lo único que le quedará será el miedo a perder lo conseguido; miedo este que con los años se irá templando en una sensación de recelo y vacío que le hará desear la muerte, y al mismo tiempo temerla.
Un poeta anónimo escribió una vez: «Soñé que despertaba de un hermoso sueño y que lloraba. Hasta que desperté; entonces lloré».

