En la cruzada del insomnio, el término que traduce el anglicismo «woke», concurre la demonización del hombre, y la destrucción de la mujer, que se degrada, reducida a una emoción. La batalla no solo busca apocar al hombre, volverlo «blando y desprovisto de autoconfianza», sino borrar las fronteras entre sexos mediante leyes que priorizan la «emoción» sobre la realidad cromosómica. Los hombres han devenido pusilánimes que renuncian tanto a la ambición, a la competitividad y al valor de la palabra dada. El propósito es que sean nenazas. Aumentan los cobardes y los violentos. La promoción pública de la indefensión aprendida. Al concebir la mujer como una emoción, como denuncia la Alianza contra el Borrado de las mujeres, las leyes contra la discriminación, y la violencia de género ya no tienen sentido. Basta una declaración para que un hombre pueda competir como una mujer, o se encarcela en una cárcel de mujeres a un violador, como es el caso del trans Isla Bryson.
La Ley Trans (4/2023), el culmen de este fanatismo, promovido como tantos por los trapaceros Sánchez y Zapatero, el mercader precursor, y las mercaderes del sexo de Podemos, encarna este delirio: autodeterminación de género a los 16 sin más o a los 14 judicialmente, sin perjuicio de que Chrysallis logre el cambio de sexo por el sólo deseo de padres enfermos de un menor. Imaginemos un atajo de Juanas Rivas y Marías Sevilla con la misma voluntad histriónica para abogar por el cambio de sexo de un hijo y con el mismo desparpajo que tienen para inventarse el maltrato masculino, y secuestram a sus hijos. Solo un estúpido puede creer que la corrupción consiste en meter la mano en la caja pública, y no promover el narcotráfico, o facilitar la impunidad del delincuente por acción u omisión. A ese propósito sirve la destrucción de la cultura, la sociedad y la economía de la nación con toda suerte de fanatismos dogmáticos.
El resultado de esa política destructiva de seres humanos es una medicalización masiva de adolescentes vulnerables, irreversible, un negocio farmacéutico millonario y un aumento de daños colaterales y una pavorosa crisis de salud mental. Pero el escándalo mayor es esa doble moral: mientras se esteriliza químicamente a niños occidentales bajo el dogma del sexo ambiguo, se protege el velo islámico y la esclavitud sexual de mujeres en regímenes teocráticos. Las dos caras del borrado de la mujer, o prostitutas obesas de sus maridos, o mujeres estériles que renuncian a su deseo y a la maternidad, como si ser mujer fuera decidir si abortar o no. Cada día aumentan las mujeres que se hace extraer el útero o se esterilizan para no perder su promoción en el ámbito laboral. El feminismo insomne posterga a la mujer real para abrazar al hombre que se declara «mujer», y calla ante la trata de úteros, la lapidación y la promoción de un mercado del sexo.
La alianza táctica entre la izquierda y el yihadismo en el islamocomunismo goza de inmunidad e impunidad. El mismo progresista que denuncia la «apropiación cultural» defiende el hiyab como «empoderamiento», ignorando que islam significa sumisión, y ningún pais musulmán es democrático. Se entiende que Sánchez sueñe con ello. Mujeres lapidadas por adulterio, niñas casadas a los 9 años, extensión de la ablación y la infibulación, y frente a la trata de esclavas sexuales yazidíes, el silencio. En España, Sánchez financia ONGs que promueven el velo en colegios, pero suspende salvaguardas psicológicas por «transfobas». Ana Redondo, beneficiaria del fraude de las pulseras electrónicas como Irene Montero, que goza del éxito de su vía de acceso vaginal al virreinato, equiparan supervisión médica a «pseudoterapias de conversión». El resultado está a la vista, la usurpación de la patria potestad y la vulneración de los derechos del menor.
Detrás de la administración del sexo late un negocio colosal. El mercado estadounidense de terapia hormonal de reasignación sexual alcanzó 1700 millones de dólares en 2022-2023, y se estima en 2.500 millones en 2030 (CAGR 5-8%). Las cirugías aportan 4.120 millones anuales. Bloqueadores como Lupron (AbbVie) generan dependencia crónica: un transexual necesita hormonas de por vida, –entre 100 y 500 dólares mensuales– y miles de dólares anuales más en mantenimiento para evitar la atresia vaginal inducida, sin contar con otras alteraciones funcionales y su repercusión en la salud mental. WPATH, un referente global, está plagado de conflictos de interés y oculta la evidencia científica.
Los datos internacionales confirman el desastre. Países pioneros en el «enfoque afirmativo» —Reino Unido, Suecia, Finlandia y Noruega— han revertido políticas tras evidencias «demoledoras». La clínica pionera del psicoanálisis, Tavistock, ha visto condenada su actuación al comprobarse que el 75% de los menores con disforia de género presentaban autismo, trastornos de personalidad o habían experimentado abuso. Miles recibieron tratamientos irreversibles: hormonas cruzadas, mastectomías. castración y extirpación de útero. Ahora hay demandas masivas y el cierre de clínicas. Keira Bell se sentía homosexual, pero quedó a merced de una cirugía transexual que no deseaba. El Informe Cass (2024) recomienda prudencia con la medicalización de los menores, reconociendo tasas de detransición crecientes, de hasta el 7-10% en estudios recientes, con un arrepentimiento espontáneo promedio a los 7 años. Y se prohiben las terapias de conversión con la bendición de los colegios médicos y de psicología. Un porcentaje que no es menor: ¿Quien puede arrepentirse de lo que no está en su mano reparar?.
Estudios post-Cass (2024) revelan tasas de suicidio en adolescentes transexuales 19 veces mayor a los de su misma edad. Los efectos, la infertilidad, la incontinencia, la osteoporosis, y las patologías que cursan como resultado de la hormonación. En paralelo, la hipersexualización y el aprendizaje de estereotipias comportamentales, convierte a las niñas en «Lolitas», ese emergente estado que se traduce en el consumo de uñas artificiales y tatuajes, y a niños en consumidores compulsivos de pornografía. Prácticas que no están lejos del dismorfismo y la apotemnofilia. La ideología de género no solo medicaliza; negocia con la muerte. Erotizar a menores es el precio para legitimar la pederastia y las perversiones que hacen de un ser humano un muñeco. El mercado de chaperos de la sauna Adán.
Mientras Occidente esteriliza a sus hijos, el islam vende mujeres. En países con sharía, la poligamia, el matrimonio infantil y la esclavitud sexual son la norma. En España, se importan úteros: mujeres ucranianas o georgianas gestan para parejas LGTB+ ricas, vendiendo capacidad reproductiva. En occidente se ignora que el creyente musulmán trata como indistintos el bien y el mal, porque en el marco de una identidad tribal solo se sufre por desprestigio social, por pérdida del honor, y por vergüenza. La justicia vengativa que castiga con la muerte la negativa de una hija a un matrimonio forzoso. Las mujeres musulmanas ponen su vientre a rentar. La izquierda aplaude la «gestación subrogada», pero calla ante la trata y reclama la práctica del aborto como expresión de libertad, cuando no es otra cosa que una técnica postconceptiva. La doble moral del cinismo sanchista del islamocomunismo: el hombre occidental, «tóxico»; el talibán, «culturalmente diverso». El conquistador español, “esclavista”; el indígena antropófago, muestra de una cultura ancestral. El feminismo real defiende a la mujer biológica, no al hombre que se disfraza.
