Juan Pérez de Mungía: «Los mimbres de un gobierno mafioso»

Bipartidismo
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Sánchez ha creado un estado paralelo y una realidad paralela que se retroalimenta. Una nación sin Estado, un Estado sin nación. El sanchismo no se presenta como una idelogía coherente, si no como una práctica pragmática, orientada, primero, a la conquista del poder, luego a su retención indefinida, a cualquier precio, el precio que se paga  con un encubrimiento ideológico que desafía la buena fe y la razón y que genera una autocracia corrupta que deriva en una cleptocracia. Una dinámica que se sustenta en alianzas contra natura, que priorizan la supervivencia parlamentaria por encima del bien común, resultando en el desgobierno y la erosión sistemática de los valores fundamentales de una democracia de acuerdo con los principios de igualdad de los ciudadanos, la transparencia de la gestión, la rendición de cuentas y la solidaridad nacional.

El sanchismo carece de principios, utiliza la ideología como un «relato» posterior para justificar acciones oportunistas. No es expresión de una radicalización intencional del PSOE, si no un subproducto de pactos con radicales de izquierda y nacionalistas que se prestan a apoyar a un gobierno débil a cambio de morder el presupuesto público, y obtener privilegios. Un mercado persa de satrapías por el veneno sembrado del nacionalismo pujolista y la miseria de un partido nacionalista vasco que sembró las semillas del terrorismo, quien movió el nogal del que caen a tiempo las nueces. Forma parte de esta estrategia el apoyo a regímenes autoritarios por mera conveniencia ideológica, más que política. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Si antes el Estado podría ser secuestrado por un partido venal, la autocracia criminal de Sánchez lo trata como un patrimonio que ni siquiera fue concebido, de este modo, por una monarquía absolutista. Se trata de un Estado fallido capturado por intereses particulares, que Sánchez administra para sostenerse sobre el alfoz de toda suerte de leguleyos criminales a sueldo. La configuración del gobierno como una autocracia corrupta, deriva inevitablemente en una cleptocracia, la misma a la que aspiran quienes aspiran a sucederla. El PP trata al PSOE y a Sánchez como aspira a ser tratado, enjugar la sangre de las víctimas, ofreciendo un pañuelo que perpetúa sus mismas políticas, en España como en Andalucía. Mostrando la misma decadencia de un monarca ignorante dispuesto a seguir el msimo guión, digno heredero de Luis XIV.

Para evitar la crítica y la amenaza de resultar desalojado por la fuerza, Sánchez practica la «normalización del riesgo». La hidra sanchista digiere los fallos sistémicos, las pérdidas humanas como consecuencia del deterioro de las vías ferroviarias, de las carreteras, de las presas, y de los cauces de los ríos, el resultado de un funcionamiento ordinario, convirtiendo las muertes en «contingencias estadísticas», como hizo durante el COVID. Este modo de proceder encubre negligencias al presentarlas como inevitables, destruyendo el valor de dar la cara ante la ciudadanía, diluyendo su responsabilidad como efecto de un aciago demiurgo, el cambio climático. «Nadie decide, nadie ve, nadie sabe». El encubrimiento ideológico se manifiesta en narrativas que minimizan tragedias (e.g., afirmar muertes instantáneas de los accidentes provocados en las vías ferreas, frente a la evidencia), priorizando la «gestión tranquila» sobre la verdad. Instrumento de esas políticas es la ocupación del Estado, diluyendo en el poder ejecutivo los poderes institucionales que podrían vigilar el cumplimiento del derecho, o instrumentando al propio Tribunal Constitucional como un servidor de los intereses partidistas de Sánchez.

Al encubrir sus prácticas con una retórica «progresista», destruye la coherencia ideológica del PSOE, transformándolo en una «clique» al servicio del poder. Su legitimidad no reside en el contenido, si no en el movimiento continuo del relato. La actualidad es él. Necesita confundir para opinar, opinar para legislar a trompicones, desplazar el debate del terreno del análisis al del deber ético, entendido a su conveniencia, la propia de un sujeto carente de conciencia, anulando a una oposición oficial pasiva a través de mantras, y aplicando la política nazifascista del nominalismo etnicista que niega al oponente político la condición humana. Al igual que hace cualquier tribu con una tribu ajena. Sus mantras políticos cumplen siempre esa misma función, meticulosamente distribuido por una pléyade de lacayos de opereta.

La apelación a la“justicia social” no describe una acción: autoriza cualquiera. La “violencia machista” fusiona causa y efecto en una etiqueta cerrada, anulando el análisis del contenido.
La “transición ecológica” define un proceso sin destino final, lo que permite adoptar medidas de cualquier tipo bajo una idea que gira sobre sí misma. Si no hay estado final, no hay fracaso posible.
Los “derechos conquistados” transforman la justicia en reliquia moral, más propia de una vitrina que de un debate jurídico. Todo ello configura una liturgia. Una religión política en la que el muecín del poder llama a la oración desde la tribuna, tras el cónclave ministerial, invocando fórmulas diseñadas para producir adhesión, no comprensión. El sanchismo genera una autocracia donde el PSOE se disuelve en una red de lealtades personales, seleccionando cargos por fidelidad en lugar de mérito o capacidad, lo que lleva a la cleptocracia: «la autocracia siempre lleva aparejada la cleptocracia». Escándalos como los de Ábalos, Koldo o Cerdán (implicados en mordidas y corrupción) revelan un gobierno «defectuoso de fábrica», diseñado para expoliar recursos públicos. Esto destruye valores como la meritocracia y la integridad, con un «desmesurado crecimiento de cargos políticos» para recompensar a sus aliados. El Estado es el botín. Para sostenerlo se practica un «parlamentarismo negativo» que se sirve unicamente de los intereses particulares de quienes participan en el reparto del pastel. Se trata de ese «tacticismo» sanchista, con giros oportunistas y encubrimiento retórico (e.g., amnistía como «necesidad virtud»).

Es inevitable dar un grito de socorro ante la mafia institucional. El sanchismo, destruye valores democráticos al configurar un Estado secuestrado, un «estado paralelo» mafioso que normaliza riesgos y diluye responsabilidades. El grito de socorro que precede a una guerra civil, que busca la regeneración y la restauración de un poder político que no ignore al ciudadano, un grito frente, a una cleptocracia que resiste la alternancia política mediante una propaganda desproporcionada, que prioriza el poder sobre el ciudadano, dejado a su merced como mero súbdito.

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