Estamos asistiendo en España a una escalada de radicalismo y progrerío sin parangón

En el país del yyomás

Cada energúmeno de turno se esfuerza en superar las mamarrachadas del anterior, diciendo: «¡Y yo más!»

En el país del yyomás
Una viñeta de Maxi sobre elecciones, electores, partidos políticos y política. Maximino Soriano.

Ya teníamos necios, giliprogres, botarates, energúmenos, indepes, meapilas y otros ejemplares de parecida calaña en cantidades industriales, pero faltaban los yyomases

En las estepas y planicies de España se ha descubierto una nueva especie política: la de los yyomases.

Y es que, además de diferentes, somos un país original, con la biosfera más diversificada del mundo, verdadero patrimonio de la Humanidad mundial.

Ya teníamos necios, giliprogres, botarates, energúmenos, indepes, meapilas y otros ejemplares de parecida calaña en cantidades industriales, pero faltaban los yyomases.

La verdad es que estaban chinchando desde hace tiempo, pero ahora la exposición mediática los ha sacado a la luz, como si fueran cucarachas sorprendidas.

¿Qué es un yyomás? Pues un espécimen humano que presume de progresía roja antisistema, y que, a impulsos de la envidia tan española, es incapaz de consentir que haya alguien más progre y más radikal que él, por lo cual, ante cualquier verborrea o barricada revolucionaria con la que alguien pretenda sacudir el sistema va y dice: «¡Y yo más!», frase viril y rusicler a la vez que le impulsa a cometer o decir una barrabasada mayor con la que ser el «number one» de la progresía.

Siempre ha habido yyomases entre nosotros, pues por algo la envidia es nuestro mayor tesoro, pero estos especímenes no salían habitualmente de las comunidades de propietarios, ya que su campo de acción se reducía a comprarse un coche mejor que el que el vecino acababa de estrenar, diciéndole con dientes crispados por lo bajini: «¡Y yo más!». Pero, al llegar a la política española, ha sido un despiporre mayúsculo, a la vez grotesco y amenazador.

Viven en todos los biotopos, pues igual proclaman sus chorradas desde salones engalanados -retirando símbolos religiosos y borbónicos, claro-, que desde hemiciclos donde acuden con su moda made in «destripaterrones company». Pero suhábitat predilecto para cometer y decir sus payasadas son las bataholas mediáticas marxistoides, las asambleas taberneras y corraleras estilo Vallekas o patio de okupas, y los aquelarres donde conjuran -a la luz de los focos mediáticos- sus monstruosos y maléficos planes para nuestra Patria.

Los yyomases se han despendolado con inaudita barbarie en nuestra Patria, a la que están sometiendo a una tamborrada cruel y despiadada. Su acción más conocida es la escalada, de palabra y/o de hecho: Que si tú asaltas una capilla, pues yo quito los cuadros religiosos de mi ayuntamiento, ése no va a las fiestas patronales, aquél prohíbe la asistencia de los concejales a título oficial a actos que incluyan ceremonias religiosas, el de más allá denuncia el Concordato, el otro quita las subvenciones a las cofradías de la Semana Santa mientras entrega pasta gansa a la comunidad islámica, la de más acá quiere hacer la mezquita más grande de Europa en una plaza de toros, y, como remate final, el del yyomás Sánchez, que en escorzo digno del libro Guinnes -y de juzgado de guardia- quiere asaltar los centros de enseñanza para eliminar la asignatura de Religión ¡hasta de los centros privados! El yyomás campeón, sin duda.

SIi tú quieres una España asimétrica, el otro la quiere federal, acullá la quieren foral, y el de acá dice que la Constitución debe recoger el principio del derecho a decidir, o sea, el derecho de autodeterminación. Premio para este yyomás, coletudo para más señas, pues no quiere ninguna España, sino unos reinos de Taifas vagando en la nada cósmica, o en las cloacas de la Historia.

Si el Kichi yyomás retira la bandera española de la gaditana Plaza de Sevilla, yo la escondo en el desván de los trastos viejos, el de allá la ata al mástil para que no se vea, el de acullá le planta una ikurriña al lado, tú la quemas, ellos la ponen republicanamente morada, y los de allí la quieren quitar del balcón del ayuntamiento para plantar la estelada.

Si ellos pitan el himno español, el yyomás coletudo dice que es una pachanga fascista, y los otros cambian la letra del himno valenciano en las fiestas para que no diga eso tan cutre de «Per ofrenar noves glòries a Espanya», y ellos dicen que es «libertad de expresión».

Que si tú dices que vas a dar 600 euros como renta mínima vital, pues yo daré 800, el de allá nos pagará la luz y el gas, los otros nos bajarán los impuestos, ese de allí convencerá a los ricos para que no defrauden, el de allá conseguirá ralentizar por su cara bonita los pagos de la deuda pública, otro dice que encontrará el tesoro de Sierra Madre, y el coletudo yyomás conseguirá el bingo de la bonoloto.

¿Cómo acabar con esta venenosa especie de yyomases que con su ponzoña intoxica nuestra Patria? Pues podríamos escrachearles, convocar manis, tuitearles de lo lindo, huronear en sus madrigueras leninistas televisivas, hacer ondear nuestras banderas… pero lo mejor será que en las próximas elecciones les mandemos al inframundo del que nunca debimos permitirles salir, haciendo de España el país del nuncajamás, donde los yyomases se conviertan en nuncajamases. Porque ellos serán yyomases antisistema, pero nosotros somos españoles… y yo más.

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