Logró pasar siete horas y media de debate y no pronunciar en ningún momento el nombre de Luis Bárcenas
MarianoRajoy llegaba este 20 de febrero de 2013 al Congreso en las peores condiciones posibles: con casi seis millones de parados, una situación económica que no para de empeorar, y el mayor escándalo de corrupción que jamás ha afectado al PP tocando directamente a la puerta de La Moncloa.
Rajoy y su equipo se prepararon a conciencia para sobrevivir a un debate difícil, en el momento más bajo de su credibilidad. Y esa preparación, según el análisis extendido incluso entre los más escépticos diputados del PP, dio sus frutos.
Porque el presidente, sobre todo gracias a un discurso muy trabajado y con medidas novedosas contra la corrupción -aunque sin ninguna explicación de los escándalos que acosan a su partido- logró lanzar al menos a los suyos un mensaje claro, el que más le interesaba: no piensa dimitir, va a aguantar, está dispuesto a resistir lo que haga falta.
«El PP va a estar cuatro años gobernando porque para eso nos votaron», llegó a contestarle a Alfredo Pérez Rubalcaba en un mensaje pensado para su partido, para los barones territoriales, para los empresarios, para todos los que puedan pensar que Rajoy políticamente está muerto.
El PP se quedó satisfecho al ver que Rajoy lograba salvar el debate en su peor momento y no se hundía en el lodo de la corrupción, como muchos temían.
Afirme a Carlos e.Cué en ‘El País’ que muchos populares estaban sorprendidos porque Rubalcaba no hizo tanta sangre con el caso Bárcenas como temían, y además ni siquiera citó a Ana Mato.
La Moncloa esperaba un ataque más frontal. De hecho, en la primera réplica, que llevaba muy estudiada antes de llegar al Congreso, Rajoy fue brutal contra el líder del PSOE, agresivo desde el primer minuto.
«Su partido tuvo una condena por financiación ilegal, el mío no» llegó a decir un Rajoy a ratos incluso sobrado, faltón: «No le he pedido su dimisión, no me interesa».
El presidente estaba preparado para un debate mucho más bronco, un lodazal.
Rajoy logró, al menos este primer día, un objetivo que se antojaba muy difícil para cualquiera que no tenga el cuajo del que él presume: pasar siete horas y media de debate y no pronunciar en ningún momento el nombre de Luis Bárcenas.





