No pude seguir el debate, como hubiera sido mi gusto. Después de comer, además, tuve que salir a la calle para resolver algunas cuestiones. A media tarde, entré en un bar para tomar café. Si ya hubiera estado en vigor la ley de prevención de tabaquismo, hubiera elegido un bar para fumadores, aunque hace tiempo que no soy fumador. En el bar me encuentro con Juan de la Oliva, que devoraba un bocadillo de bacalao, con pimiento morrón y aceitunas sin hueso.
En la televisión, decía uno: «Tenemos todo un pueblo detrás«.
-Ése es Carod –me dice Juan.
-Claro –le respondo–. ¿Quién si no podría decir semejante chorrada? Hitler y Mussolini pudieron haber dicho lo mismo y, acaso, lo dijeron.
-No ha dicho «a nuestro lado» o «con nosotros», solidarizándose, apoyando, asintiendo, sino detrás, ¡hala!, todos en fila india. Hoy es uno de esos días en los que me alegro de no ser catalán, prosigue imparable mi amigo.
Tengo a Juan de la Oliva por materialista y pragmático, sólo preocupado por amasar dinero y poder, de modo que me sorprende oírlo hablar durante tanto tiempo seguido de conceptos intangibles e inasibles como igualdad, justicia, equidad, solidaridad, etc.
No hay mal que por bien no venga -pienso-, o quizá todo sea un espejismo -me digo más tarde-.
Mañana se comerá otro bocadillo, quizá de queso fresco, que le gusta mucho, con algo más.