Por Iván Torres
En el silencio, el de mi voz, es cuando siento. Es cuando imagino palabras y frases y cuentos. Es cuando camino hasta acercarme, y me veo tan cerca que no se si abrazarme o salir corriendo. Es cuando soy, y me alivio, y me asusto.
En el silencio de mi voz es cuando me percato de la ausencia de hombros en los que apoyar mi cansancio, que cada vez es más profundo y pesado; de la ausencia de voces que digan, de la ausencia de imágenes y drogas que me ayuden a ausentarme. En el silencio, el de mi voz, la ausencia me asesina poco a poco, y es un asesinato sin muerte, de horizonte que nunca deja de ser horizonte, y me voy desangrando, y yo lo veo y poco puedo hacer para impedirlo.
A veces grito. Peor.
El silencio me estremece y me duele, me ama y me odia. El silencio es mi hermano que me acecha sigilosamente y expulsa su vaho helado en mi nuca. El silencio es la manta con la que me protejo de la noche fría y que me hace sudar, las entrañas que se me revuelven y me duelen y me hacen cosquillas, las verdades que guardo en mi bolsillo agujereado, el alcohol que me escuece y me cura.
Mi voz calla. La música suena. Yo miro a la ventana. Una gaviota vuela por encima de los tejados.
En la ciudad, la gente detesta a las gaviotas y huye de ellas. Hay gente que piensa que son asquerosas, nauseabundas; que revuelven la basura humana para alimentarse de ella. 
Yo jamás vi una gaviota comiendo hombres.
Las gaviotas vuelan, y nos contemplan desde arriba. Gritan, cantan, se ríen de nosotros.
Yo las observo como vuelan, Desde mi ventana.
Y se me olvida el silencio.