El último trabajo del director Robert Zemeckis, escoltado por el gran Neil Gaiman y Roger Avary a cargo del guión es visualmente impresionante, realmente portentoso y abrumador. Pero no seamos impresionables, no nos dejemos abrumar y analicemos el conjunto. Los más entusiastas, que son bastantes, ya echan las campanas al vuelo afirmando que la técnica que utiliza Zemeckis en esta cinta y que introdujo en el mercado el mismo realizador con Polar Express, es el futuro del cine; en la citada técnica, y por consiguiente en el futuro de la industria cinematográfica, los actores solamente serían necesarios para hacer de modelos a sofisticados mecanismos digitales de captura de movimiento. Teniendo en el disco duro las “carcasas” de los intérpretes, lo demás ya es cosa de potentes computadoras que los moldean como si fueran de barro.
La historia es entretenida -aunque, como diría mi antiguo profesor de dibujo, tiene el ritmo de la distancia más corta entre dos puntos-, y las andanzas de este héroe escandinavo y sus catorce compañeros en busca de gloria a costa de la vida de un engendro que está atormentando un poblado amigo -pero sin Antonio Banderas haciendo de árabe- dejará pasmados a muchos por su espectacularidad en los montajes de acción y por el grandísimo parecido de la creación virtual con los actores que han servido de modelo.
En varios planos estáticos parece que el espectador esté viendo al Anthony Hopkins real haciendo de rey preocupado, o a la verdadera Angelina Jolie interpretando a mamá demonio, tentación del más pintado (Robin Wright y Ray Winstne, al que le eliminan unos cuantos años y una portentosa barriga cervecera, se parecen menos)… Pero no son reales, y se nota. Uno se queda a medias entre la sensación de asumir que una película es de animación, que le lleva a creerse el mundo irreal que ve, y una historia de carne y hueso, porque esta película creada por ordenador pretende ser real, y se acerca tanto sin lograrlo que supera lo primero y no llega a lo segundo, eliminando el alma de la interpretación. No sé si me explico…
Sin restar una sola medalla al meritorio trabajo técnico/artístico, me parece que semejante plantel de actores de primera línea utilizados delante de una pantalla azul con bolitas-sensores por todo el cuerpo y vestidos con una malla de lycra, para introducirlos luego en un espectáculo visual que sólo es un espectáculo visual, es innovador, sí, e interesante por el avance que representa, también, pero, sobre todas las cosas, un desperdicio.
¿Se imaginan al Anthony Hopkins de El silencio de los corderos o al Jack Lemmon de El apartamento creados por ordenador? Pues eso. No reniego de la vanguardia de la tecnología al servicio de las palomitas, y creo que la puerta que ha abierto Zemeckis con Polar Express y Beowulf es la de un espectáculo con futuro al que hay que darle la bienvenida, pero no creo que sea el futuro del espectáculo que representa el cine, que muchos consideramos que se trata de otra cosa distinta.

Dirección: Robert Zemeckis. Duración: 113 min. Intérpretes: Ray Winstone (Beowulf), Anthony Hopkins (rey Hrothgar), John Malkovich (Unferth), Robin Wright Penn (Wealthow), Brendan Gleeson (Wiglaf), Crispin Hellion Glover (Grendel), Alison Lohman (Ursula), Angelina Jolie (madre de Grendel). Guión: Neil Gaiman y Roger Avary. Música: Alan Silvestri. Fotografía: Robert Presley. Montaje: Jeremiah O’Driscoll.