Por Daniel Vicente
La gente imagina un duende como algo bueno. Un hombrecito que viste con vivos colores, gorro puntiagudo y pasea feliz por campos y casas, siempre tímido y evitando el ser descubierto por nuestros ojos, los de los humanos.
Pero a mí no me gustan los duendes. No me gustan. En absoluto.
Hubo un momento en que yo también creía, como la mayoría, que estos seres eran unos divertidos personajes cuyo único fin era el de convivir con nosotros y gastar alguna que otra travesura, siempre inocente.
Pero cambié de opinión, radicalmente, cuando pude ver uno.
Hace dos semanas, un domingo, estaba en casa disfrutando de mi día de descanso. Me tomaba una cerveza bien fresca, y observaba satisfecho el gran armario ropero de mi cuarto, recién ordenado tras una interminable tarde de cajas esparcidas por aquí y allá.
Dentro de él saqué el viejo baúl del abuelo, y al abrirlo casi vomito, ya que un olor hediondo emanaba de él.
Ropa vieja, objetos que creía perdidos y hasta restos orgánicos en descomposición estaban esparcidos en su interior, por lo que los tiré todos a la basura, aunque el baúl lo volví a dejar en su sitio por si hiciera falta en algún momento.
Al día siguiente, y vuelto del trabajo, me dispuse a dormir mi siesta diaria cuando, apenas cerrados los ojos, oí un ruido en el armario. Presté atención durante unos segundos y no pude averiguar de qué se trataba. Un extraño miedo se apoderó de mí, pero saqué fuerzas de donde no tenía para levantarme y buscar el origen de aquello, pero no encontré nada.
Esa misma noche, viendo la tele, estuve a punto de quedarme dormido cuando, para mi sorpresa, tuve la sensación de que alguien tiraba de mi pierna izquierda por debajo del sofá, mas cuando miré sólo había oscuridad.
Me preguntaba qué podía estar ocurriendo, pero no le di mayor importancia y lo achaqué a la duermevela.
En los días siguientes comenzaron a ocurrir más cosas extrañas, ya que perdí dos camisas que tenía colgadas en el perchero del salón, dos zapatos nuevos, dos vasos de cristal y dos pares de calcetines.
Busqué y rebusqué, pero nada. Habían desaparecido como por arte de magia.
Tras dos días donde dormí mal, ya que me sugestionaba y me despertaba al menor ruido cada noche, una mañana, mientras me duchaba, pasó algo raro.
A través de la mampara de la bañera, de plástico transparente pero que deforma la imagen para respetar la intimidad del que está dentro, pude verlo.
Justo cuando me enjuagaba la cabeza, tuve la sensación de que alguien entraba en el cuarto de baño para volver a salir inmediatamente, como si se hubiera asomado en la puerta entreabierta.
No pude distinguir rasgos ni nada parecido, y no me atreví a salir, ya que el miedo me tenía completamente paralizado. Tardé más de una hora en decidirme a abandonar la ducha. Me sequé e inspeccioné la casa armado con una escoba, pero de nuevo estaba tan solo como siempre.
Sin saber qué hacer, traté de convencerme de que todo había sido producto de mi imaginación, ya que no podía confirmar que de verdad existiera alguna entidad viva en la casa. Pero la curiosidad, dicen, mató al gato, y para confirmar mis sospechas decidí inspeccionar una vez más el baúl del abuelo.
Estaba aterrorizado, y cuando abrí la puerta del armario tuve la sensación de ser observado. Pero al darme la vuelta sólo me encontraba con la imagen familiar de mi cuarto, bien ordenado y en silencio.
Conforme me abría paso a través de las cajas que tenía guardadas, se me congeló la sangre al poder distinguir otra vez el desagradable olor de hace varios días, por lo que estuve tentado de darme la vuelta.
Pero seguí, no tenía sentido asustarme. Bien podría ser que hubiera ratones que defecaran en el armario. En tal caso llamaría a un exterminador y punto.
Sin embargo, la gota que colmó el vaso fue mover el baúl del abuelo y notar, para mi angustia, que parecía estar lleno.
Casi me dieron ganas de llorar del terror, pero finalmente levanté la tapa y distinguí lo que parecía ser una de mis camisas perdidas. Entonces, en ese preciso instante, la luz se apagó.
Grité como un desquiciado y busqué la puerta en la oscuridad mientras se oía una especie de gorjeo espeluznante.
En mi huida tropecé con algo, y cuando estaba en el suelo juro que sentí cómo me agarraban. Sin pensar solté la otra pierna, golpeé algo y huí de la casa.
Desde entonces no he vuelto a ella, y duermo en un hotel en la otra punta de la ciudad.
Sé que allí tengo mis cosas, mi vida, pero no quiero volver.
No quiero volver a mi casa y volver a encontrarme con él.
Volver a encontrarme con el duende.