Quiénes son los verdaderos responsables

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Esteban en La Razón el pasado día 27 de junio) (*)

Con razón nos quejamos de los políticos actuales, responsables en gran parte del estado de degeneración que hoy lamentamos cada vez que se reúne el parlamento o movilizan a sus huestes los partidos; ocasiones éstas en las que no dejamos de observar malas maneras, estupideces y maldades. Nos preguntamos, sobre todo, cómo es posible que se atrevan: que no teman la reacción del “respetable público”. Y la respuesta es que si ahora se atreven y no antes será porque haya algunas cosas que han cambiado, algo que lamentablemente son los españoles, puesto que ellos fueron los que les sitúan en las ansiadas posiciones de poder.

Nosotros somos, pues, los responsables de un espectáculo patente que debiera ciertamente preocuparnos: el deterioro moral e intelectual de una sociedad que se calificó como “del “bienestar” y ahora merecería ser de todo lo contrario. Tanto es así que, como en los viejos tiempos, hay quienes abogan ya por la revolución hasta allá donde parece convenirles; de ahí que nos presenten como algo normal y cotidiano gestos y palabras a las que no hace todavía veinte años nadie en su sano juicio se atrevería a recurrir por muy ideologizado que estuviera.

Me refiero a gestos, ideas y expresiones que atentan contra el buen gusto, la razón, y no digamos la moral: exabruptos perversos, antinaturales y hasta estúpidos, cuando no simplemente inoportunos y ridículos, pero que ahora afloran exhibidos en los foros con la mayor desfachatez del mundo, aunque ni siquiera soporten la mirada de cualquier ciudadano con cierto nivel intelectual.

Naturalmente, tan lamentable sustrato de partida no puede por menos de preocuparnos pensando en lo que será la educación de las generaciones venideras. Nos preguntamos alarmados cómo es esto posible al contemplar que los impulsores de este ambiente, quienes manejan las pancartas y pontifican en las declaraciones públicas o escenifican gestos irrespetuosos en el parlamento, antes no se atreverían ni tan siquiera a levantar la voz. Y la respuesta es que si no se atrevían era porque, en efecto, no estando el horno para bollos, temían ser corridos a intelectuales – si no físicos – gorrazos por ser considerados moral e intelectualmente impresentables. Así que cualquier estupidez, maldad, mentira o expresión de su odio – cualquier insensatez de las que ahora ya no escandalizan por abundantes y corrientes – habría suscitado tal reacción adversa de la opinión que les habrían desautorizado de por vida.

¿Cómo es entonces admitido tal engendro? Y la respuesta es evidente: “porque nosotros les votamos”. A lo que surge otra pregunta clave: la que se reduce a pensar en qué estamos cambiando.

Pues bien, sin ir más lejos, ahora mismo, en un brevísimo plazo de unos días encontramos algunas claves significativas. Por ejemplo, hemos visto cómo, haciendo uso de nuestras aportaciones a la común Hacienda, se entrevistaba en tiempo de mayor audiencia de la Televisión Pública a un terrorista que ahora alardea con el beneplácito de personajes oficiales. Y se le facilitaba transmitir, con la mayor desfachatez del mundo, la idea de que los asesinatos eran algo ligeramente excesivo pero imprescindible dadas las circunstancias de la vida. Para lo cual se eligió, como fecha más indicada y oportuna, la de la víspera de la celebración del homenaje anual del Congreso a las Asociaciones de Víctimas del Terrorismo y en tiempos aún de enjuagues post electorales. Lo cual ha dado ocasión para ver como parlamentarios votados por los españoles negaban sus aplausos; algo realmente vomitivo que refleja la calaña moral tanto del gobierno como del parlamento, incluidos los que recogían las nueces del dolor ajeno y algunos de los que se atreven a “regenerarnos”. Hasta ese punto hemos llegado, amigos míos.

Así que uno acabará por preguntarse quiénes pueden haber votado a estos mastuerzos sin entraña. Y la respuesta no es otra que nosotros mismos, ya que estamos hablando de españoles. Y buscamos las razones más profundas, porque esto no es sino un detalle de otra situación más amplia y generalizada, algo que sale cada día en las noticias y que hace de éstas una exhibición de todos los pecados; eso de lo que ya se no habla ni para la educación de los muchachos.

Nos hablan, sí, de violaciones repetidas, pero también de que a partir de los ocho años de edad ya se suele tener acceso a la pornografía. Y quien no vea que esto favorece y es caldo de cultivo de tantos actos criminales es porque no quiere reconocer algo evidente. También nos dicen que cada vez hay menos matrimonios ”por la iglesia”, y pensamos que esto debilita el vínculo entre los esposos y favorece situaciones deplorables. Y se exhiben orgullos innecesarios en los que se hace una desmadrada exhibición de los excesos sexuales y el mal gusto. Por otra parte, el Nuncio saliente señalaba que están perdiendo la fe muchos jóvenes y adultos que antes compaginaban ésta con su posición de izquierdas…

Así que se han perdido muchísimas barreras que si – como es por otra parte lógico – no evitaban de forma radical cuantos desmanes y tragedias han convertido los telediarios en una revista de sucesos, sí podrían suponer una última barrera hoy casi inexistente a las violencias y suicidios, a la manifestación del odio en todas sus variantes y a la consideración de enemigo que hoy tiene el adversario precisamente allá donde más sería necesario el ejercicio de las buenas virtudes y maneras.

Sí, muchas cosas ya cambiaron y así nos luce el pelo. Ahí tienen como ejemplo esas benditas monjas confeccionistas fusiladas por los milicianos de la venerada Segunda República convertidas, también por la Televisión llamada “Pública” simplemente en “señoras desaparecidas”.

Pero a nadie sorprende ya que los políticos se atrevan a engañarnos, porque nosotros mismos favorecemos burradas como éstas al echar nuestros votos en las urnas.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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