“Cuba saca la basura”, de Pablo Molina, “El adiós del Rasputín vasco”, de Juan Milián Querol, y “Malentendidos sobre la equidistancia y los `moderaditos´”, de Juan Meseguer

(Viñeta de Ramón en El Norte de Castilla el pasado día 13 de julio)
CUBA SACA LA BASURA
Artículo de Pablo Molina publicado en Libertad Digital el pasado día 13
El pueblo cubano ya no aguanta más a los comunistas y está dispuesto a todo para despertar de esa pesadilla que dura ya bastante más de medio siglo.
El pijerío alabardero de la dictadura cubana está a esto de lamentar los ditirambos dirigidos al régimen en todo este tiempo y las felicitaciones a Fidel Castro por su cumpleaños, otro clásico entre el ecosistema izquierdista que nos rodea. Falta tan solo que los criminales cubanos cojan el dinero y vuelen a Caracas, antes de ser detenidos y expuestos a la justicia revolucionaria que con tanta saña llevan ellos aplicando más de sesenta años a todos los disidentes. Ese es el momento procesal en que se derrumbará estrepitosamente el muro de mentiras que, de manera interesada, han ido construyendo a ambos lados del Atlántico para mantener con vida una de las dictaduras más grotescas y sanguinarias que le ha tocado padecer a una parte de la humanidad.
Teniendo ese hecho bien presente, resulta irrelevante que los podemitas eviten calificar de dictadura lo que sin duda lo es o que el Gobierno que los ampara haga el ridículo con equilibrismos dialécticos para ponerse de perfil en un asunto que nos interpela directamente como país hispanoamericano. Socialistas y comunistas caerán también arrastrados por los cascotes del castrismo y el vivales de Sánchez quedará en solitario tratando de hacerse perdonar tanta infamia.
El pueblo cubano ya no aguanta más a los comunistas y está dispuesto a todo para despertar de esa pesadilla que dura ya bastante más de medio siglo. Más de 50 años aguantando los discursos interminables de un payaso psicópata y pasando hambre por culpa de una banda organizada de delincuentes es demasiado incluso para un pueblo tan acomodaticio como el cubano. Hasta aquí llegó la marxistada.
La dictadura castrista, aplaudida por los sinvergüenzas izquierdistas del resto del mundo, tiene fecha de caducidad. Puede que no caiga en este embate que los cubanos iniciaron el pasado domingo a riesgo de perder la vida, pero se derrumbará tarde o temprano y las ratas que todavía la defienden huirán despavoridas tratando de salvar el pellejo.
En Cuba han comenzado a limpiar un estercolero que ya no daba más de sí. El papel de las personas decentes ahora es apoyar a las víctimas del castrismo que se juegan la vida y aplaudir este ejemplo de eco-sostenibilidad. La basura, por fin, vuelve al sitio donde debe estar.
Artículo en: https://www.libertaddigital.com/opinion/pablo-molina/cuba-saca-la-basura-6800663/
EL ADIÓS DEL RASPUTÍN VASCO
Artículo de Juan Milián Querol publicado en El Debate de Hoy el pasado día 14
Iván Redondo acaparó mucho poder, demasiado. Él había hecho presidente a Pedro Sánchez, pero Sánchez es un narciso al que solo un insensato, u otro egocéntrico, se atrevería a hacerle sombra.
Fiel al estilo de este Gobierno, el adiós de Iván Redondo está rodeado de filtraciones y manipulaciones: se va o le echan. Todo depende de la fuente consultada. La cuestión es que ya no está. Se lanzó o le tiraron, pero el Rasputín vasco yace ya en el fondo del barranco. Nadie le echará de menos en la calle Ferraz. Aisló al presidente, ninguneó al partido. Siempre es peligroso enfrentarse cara a cara a expertos en el uso de la navaja. Lo leeremos en unas memorias que ya amenaza con escribir, si la ficción no supera la realidad como, según él, sucede con todo lo que le rodea.
Redondo acaparó mucho poder, demasiado. Le llamaban el «ministro 23», pero él quería ser el Primer Ministro. Nunca un jefe de gabinete había contado con tanta estructura, recursos y competencias. Casi 200 asesores al servicio del eslogan y la ocurrencia. Todo pasaba por sus manos. Pero también acaparó el foco de los medios. Él había hecho presidente a Pedro Sánchez, pero Sánchez es un narciso al que solo un insensato, u otro egocéntrico, se atrevería a hacerle sombra. Redondo recogió a un Sánchez defenestrado y moribundo. Alimentó su ambición y le hizo creer que podía consumar su venganza contra los barones. Renovador de la comunicación política española, la americanizó, quizá en exceso. Golpes de efecto y cortinas de humo. The War Room se llamaba su blog. Y allí prenunció una moción de censura contra Mariano Rajoy que acabaría metiendo a Sánchez y al procés en La Moncloa.
Las series de televisión y la ambición por el poder unió al spin doctor y al comunista Pablo Iglesias. Desde La Tuerka hasta los salones de la casta. Ambos veían la política como una temporada de House of Cards, sin miramientos, sin escrúpulos. Para estos maquiavelitos posmodernos, todo medio estaba justificado para acabar con el adversario. Observan la política como una partida de ajedrez en la que el bien común es el primer peón a sacrificar. No hay un proyecto sugestivo para España, sino sobrecargas emocionales. Miedo y rechazo son el programa de aquellos que se agarran a la poltrona a costa de estresar y fracturar una sociedad ya hastiada. En el reportaje Las últimas horas de Iván Redondo en su reinado de La Moncloa (El Mundo, 13/07/2021), Antonio Lucas explica que el gurú tiene escritas tres fases en una pizarra: «1) Estrategia más que táctica. 2) Mensaje más que imagen. 3) Política más que comunicación». Saben bien de qué carecen estos sofistas que, ante la pandemia, priorizaron la propaganda a las mascarillas.
En su último libro (Iván Redondo. El manipulador de emociones), el curtido periodista Graciano Palomo, le compara con una rana: «Redondo da buenos saltos, aunque no siempre acierte a caer donde debe. Pero súbito pega una nueva voltereta para borrar de la memoria el barrizal maloliente a donde antes fue a parar». No le importa la reputación de sus clientes. Les mete en un circo sentimental. Lo viral por encima de lo importante. No cree en la coherencia, sino en los impactos. Introduce en los palmeros el máximo cinismo. Aplauden una cosa y la contraria. No a los indultos. Bravo, presidente. Muy valiente. Sí a los indultos. Bravo, presidente. Muy valiente. Podemos significa cartillas de racionamiento, pero después nos abrazamos a ellos y dormimos tranquilos en el colchón de La Moncloa. Bravo, presidente. Muy valiente. Paseamos el cadáver de Franco en helicóptero y luchamos contra el fascismo. Se va a enterar Isabel Díaz Ayuso, esa atrevida.
Sánchez se queda
Pero la mentira tiene un límite. Y los fuegos artificiales acaban quemando la credibilidad. Las elecciones madrileñas fueron un punto de inflexión. La estrategia socialista se basó en plantear un demencial escenario guerracivilista muy alejado de la realidad vivida por los madrileños. A Redondo se le fue la mano con la sal y su principal cliente quedó en evidencia. Ya nadie cree en la palabra de Pedro Sánchez, incluso Gabriel Rufián le chulea en el Congreso y se mofa de sus promesas de corto recorrido.
Redondo se va con otros escuderos -o escudos humanos- de Sánchez: Carmen Calvo y José Luis Ábalos. Pero Sánchez se queda. Y se queda con sus socios podemitas animando al castrismo y sus socios separatistas envalentonados por los indultos. Los CDRs cubanos y los CDRs catalanes. Para desgracia de todos los españoles, dos esteladas mantienen a este presidente en La Moncloa. Pierde la política de las emociones, pero ello no significa que vuelvan las ideas. Adriana Lastra se queda al mando del partido. Baja el telón y concluye esta obra ivanesca. Ojalá el show finalizara definitivamente y volviera una política de cierta altura, una política de Estado en estas graves horas, donde el adversario no fuera el enemigo y la verdad fuera bien valorada. Sin embargo, Sánchez se queda. Alguien que es capaz de traicionar a sus colaboradores más estrechos sigue dirigiendo los designios de nuestro país.
Artículo en: https://eldebatedehoy.es/noticia/politica/14/07/2021/ivan-redondo/
MALENTENDIDOS SOBRE LA EQUIDISTANCIA Y LOS “MODERADITOS” Artículo de Juan Meseguer publicado en Aceprensa el pasado día 13
En ese casi género literario que es hoy la sátira de los “correctitos”, los “moderaditos”, los “centraditos”…, hay que distinguir entre las críticas certeras a ese vaporoso amor a todas las posturas, donde cualquier afirmación y su contraria son posibles, y las que ridiculizan de forma irresponsable la “blandura” de la moderación.
Pese a la mucha manía que se le tiene, la equidistancia hoy es una actitud bastante improbable. En tiempos tan apasionados, lo raro es encontrarse con personas que se posicionan “a la misma distancia” (según la definición de María Moliner) de dos o más posturas. Más bien, parece que el problema es el contrario: el exceso de militancia. Incluso entre los votantes de los partidos de centro, no es poca la pasión con que defienden su sitio en el lado correcto de la historia.
Otra cosa es que por “equidistancia” entendamos actitudes bien distintas, como el buenismo que renuncia a las propias convicciones para dejarse perdonar por el rival, la neutralidad ante situaciones que merecen una toma de postura clara, el oportunismo que busca quedar bien con todos, el relativismo que otorga el mismo valor a todas las opiniones, etc.
Convicciones firmes
Uno de los autores que ha puesto el dedo en la llaga es Miguel Ángel Quintana Paz, con su ya célebre artículo titulado El moderadito. Él no habla de equidistancia, pero sí de esa forma de astucia que antepone el deseo de caer bien “por igual a tirios y troyanos” a la búsqueda de la verdad. El relativista (como también podría haberse titulado el artículo) recurre a una falsa idea de moderación: la que entiende que la falta de convicciones es una condición para la paz social. Si dejamos a un lado las pretensiones de verdad –dice el viejo tópico–, entonces no nos pelearemos por tener razón; seremos tolerantes y abiertos.
En su réplica al mantra, Quintana Paz recuerda que la defensa de la democracia necesita de convicciones firmes. No fue el exceso de “certezas robustas” lo que facilitó la vida a los totalitarismos del siglo XX, sino el seguidismo acrítico. A extremistas como Hitler, Pol Pot o Stalin les vino muy bien contar “con millones de moderaditos”, personas “que asistieron impasibles a tales horrores sin perder nunca, o no perder en exceso, su proverbial moderación”.
A esta tesis acompañan otras que añaden cierta confusión al artículo, como cuando se pone a hacer exégesis bíblica. A veces, surge la duda de si la crítica de Quintana Paz va dirigida solo a los moderaditos o si también la extiende a la moderación. Recientemente, ha vuelto sobre la importancia de las convicciones en otro artículo con una tesis más perfilada.
Elogio o insulto
¿Qué dicen de la equidistancia los que son tachados de equidistantes? Hay quienes se lo toman como un elogio, como el periodista Juan Soto Ivars: “Lo que te están diciendo es que no saben muy bien dónde colocarte”, explicaba en un coloquio. Para él, el problema no es que haya gente heterodoxa o ambigua, sino que se les tolere cada vez peor.
“En un momento de intranquilidad y de tensión cultural, todo el mundo necesita categorizarlo todo. Necesita saber desde dónde se está diciendo cada cosa, se interpreta todo en función de dónde venga”. El calificativo equidistante funciona entonces “un poco de coche escoba (…) para toda esa gente que es demasiado ambigua o que no ha dejado perfectamente claro a quién vota en las elecciones”.
Otro autor a quien le ha caído la etiqueta es Andrés Trapiello, quien presta atención a esa “tercera España” que se vio forzada a elegir bando en la Guerra Civil. El escritor leonés prefiere distinguir entre equidistancia, que “casi siempre es un camuflaje”, y ecuanimidad, que “es algo limpio y claro”.
El ecuánime no oculta sus ideas, no las disimula. Pero se niega a cambiar el sentido crítico por la lealtad al grupo. “Ser ecuánime no significa no comprometerse con unas ideas (…); al contrario, el ecuánime es quien advierte en unos u otros sus mentiras y trapisondas, camufladas casi siempre en la propaganda”.
El problema es que hemos convertido la diferencia política en el criterio que rige la vida social
Claridad sin presiones
A diferencia de Soto Ivars, Trapiello no es tan complaciente con la falta de definición. Pero quizá lo más expresivo de ambas respuestas es lo que revelan del contexto actual. De un lado, el afán de encasillar expone una inseguridad que se pretende resolver con el prejuicio identitario: ya no se dice “enséñame tus razones y sabré si estás en lo cierto”, sino “dime a qué tribu perteneces y sabré si dices la verdad”.
De otro, la pobreza de pensamiento fuerza al maniqueísmo polarizador: si cuestionas a A, entonces eres B; si no te opones, apruebas; si no me das la razón, me odias… Es el chantaje típico de las falsas dicotomías, esas “trampas imaginarias” –como las define la periodista y filósofa alemana Carolin Emcke– que pretenden hacernos elegir “entre dos variantes que no nos convencen, o que ni siquiera son variantes”.
El chantaje puede adoptar otra forma. En un momento en que se ha agudizado el interés por la batalla cultural, se espera una militancia incondicional. No es el momento de hacer equilibrios –se dice–, sino de retratarse sin fisuras: o estás con ellos o estás contra nosotros. Los matices y las distinciones se toman como cobarde equidistancia. El arte de la persuasión cede ante la furia partidista y la banalización del lenguaje. Lo importante es que los equipos estén claros y que cada cual tome partido, sin conceder nada al rival.
Pero ¿y si “los míos” no fueran tan parecidos a mí? ¿Y si, en realidad, estoy más cerca de algunos de “los otros”? La verdadera afinidad entre personas no viene del sentido del voto. Importan mucho más los planteamientos vitales, los valores a los que damos prioridad, la sensibilidad, las experiencias comunes, etc. Por ejemplo, una persona que estima más la honradez que la conveniencia, el cuidado que el poder, la belleza que la utilidad, el silencio que el ruido, la delicadeza que la vulgaridad…, puede sintonizar mucho mejor con quienes compartan esos valores, sean o no de la misma corriente ideológica.
El problema es que hemos convertido la diferencia política en el criterio que rige la vida social, olvidando que hay otras muchas cosas que acercan o separan. Esto es lo que algunos críticos de la equidistancia no comprenden: quienes se niegan a adherirse de forma incondicional a un bando no necesariamente son unos “correctitos” o unos tibios. Es que quizá no quieren pasar por el aro de las opciones que se les presentan.
Artículo en; https://www.aceprensa.com/politica/opinion-publica/malentendidos-sobre-la-equidistancia-y-los-moderaditos/