Por José María Arévalo

(Verraco en Villimer, León)
Bajo la denominación de verracos se conoce a un conjunto de esculturas que proceden de asentamientos vetones, y que representan con una silueta básica y genérica, a cerdos, toros y jabalíes. Estas obras de piedra se localizan principalmente en Cáceres, Salamanca, Zamora, Ávila, Toledo y Segovia, y en las comarcas portuguesas de Beira y Trás-os-Montes.
Todos hemos visto alguno en nuestra autonomía, pero me pareció muy curioso un artículo de Casamar-S.Dorado que ví en la Gaceta Regional de Salamanca hace unos meses, del que he tomado bastante información, que he completado con Wikipedia.
El porqué se levantaban estas figuras zoomorfas -explicaba el artículo de La Gaceta- encierra varias teorías: se cree que delimitaban terrenos dedicados al pastoreo, pero también se les atribuye un significado místico o religioso relacionado con el culto a los muertos o ritos funerarios, debido a que varios están en caminos a necrópolis. También se barajan posibles cultos a la fertilidad.
Los oriundos de la localidad salmantina de Barquilla aún recuerdan la silueta de un verraco expuesto en las calles. Recuerdan, incluso, subirse a esta figura pétrea que hace unos 68 años desapareció sin dejar rastro, no fruto de un hurto, sino de una transacción económica que desconectó al verraco de sus orígenes. Este inmortal animal hizo su aparición pocos años antes oculto y camuflado en las paredes de una vivienda. Los propietarios decidieron colocarlo en la calle, a la vista de todos, y también a la vista de un alto cargo vinculado directamente con la construcción de la estación de tren de Fuentes de Oñoro, según indican las pesquisas populares. Enamorado de la estatua, el comprador pagó mil pesetas por esta figura con unos 2.500 años de antigüedad. Fue así como el verraco inició una trashumancia algo peculiar y terminó en la casona de los Azcárate, en la localidad leonesa de Villimer, donde lo redescubrió un periodista de un medio digital de León.
Javier Sevillano es uno de los vecinos de la zona, natural de Villar de Argañán, que ha escuchado las historias acerca de este verraco y su hallazgo, y que ha seguido la pista del mismo, escudriñando y preguntándose dónde estaría la antiquísima figura de granito, hasta que se topó con la noticia del medio leonés que se hizo eco del verraco más viajero de la provincia salmantina desde que alguien pusiera sus ojos en él allá entre 1953 y 1954. El verraco descansa actualmente a apenas veinte kilómetros de León. La casona donde se encuentra pertenecía a la familia Azcárate, la cual heredó María de Azcárate y Flórez. De esta pasó a manos de alguno de sus hijos, y así es como el verraco, impertérrito en una nueva ubicación lejana a la original, cambia de unas manos privadas a otras. La leyenda permanece intacta gracias a personas como Julio García, de Barquilla, descendiente de uno de los que lo encontraron, en cuyas anotaciones reza: “El verraco de Barquilla estuvo expuesto durante muchos años junto a la pared de las casas de Ángel García Muñoz y de Ambrosio Muñoz, justo frente al límite de ambas propiedades y que durante bastantes años dio nombre como calle del verraco a la que luego se conoce como calle del Somatén”.
Fue extraído, cuenta, de una pared medianera interior entre ambas propiedades cuando se realizaban obras de derribo, y ante esta grata sorpresa, los propietarios acordaron ponerlo en la calle, donde todos los vecinos podían contemplarlo, disfrutarlo, y presumir de este tesoro.
Son varios los verracos que han aparecido en la provincia salmantina, conservados a lo largo de los años, y que ya son característicos: entre otros, el Burro de la Barrera, ubicado en el Castro de Las Merchanas, en el término municipal de Lumbrales, el Burro de San Antón, en San Felices de los Gallegos, o la famosa Yegua de Irueña localizada en Fuenteguinaldo, además del que luce Ciudad Rodrigo en su casco histórico. Hace más de medio siglo una histórica figura zoomorfa viajó desde Barquilla hasta un pueblo de León, fruto de una venta a la que los vecinos perdieron la pista.

(Verraco de Villardiegua, Zamora, popularmente llamado «la mula»)
En otras provincias
Los verracos de piedra -tomo de Wikipedia- son esculturas zoomorfas de piedra que se encuentran en España, en las provincias de Cáceres, Salamanca, Zamora, Ávila, Toledo y Segovia, y en Portugal, en las regiones de Beira Interior Norte y Trás-os-Montes, de la época de los vetones (hacia el siglo V a. C), cuya finalidad no está muy clara.
Hay varias teorías al respecto de su significado: por un lado se cree que delimitaban terrenos dedicados al pastoreo; por otro, que pudieran tener un significado místico o religioso, concretamente el culto a los muertos o ritos funerarios (esto es debido a que varios están emplazados en caminos a necrópolis, y algunos tienen grabadas inscripciones funerarias latinas de la época romana), o el culto a la fertilidad (ver Atégina) o incluso ser exvotos.
Tienen diversas formas, entre las que predominan son: la de toro, cerdo, jabalí y menos frecuente la forma de oso. Cuando están bastante deformes debido al paso del tiempo, no queda la figura perfectamente definida y puede fácilmente tomarse por diferentes animales.
Cuando tienen la forma y el tamaño de un toro, se les llama toros de piedra, aunque la palabra verraco significa «cerdo padre».


(Toros de Guisando en El Tiemblo, Ávila.)
Unos de los más conocidos son los Toros de Guisando, en la provincia de Ávila, y el más grande hasta la fecha conocido ha sido recuperado recientemente y se encuentra en la plaza mayor de Villanueva del Campillo, en Ávila. También existe uno muy antiguo y en buen estado en la plaza de Torralba de Oropesa, Toledo.
Quizá el más famoso de todos es el que hay junto al puente romano de Salamanca que aparece en la novela picaresca el “Lazarillo de Tormes”:
“Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro. El ciego me mandó que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo:
–Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.”
Este tipo de verracos en el período más reciente de la historia ha definido a los pueblos principalmente ganaderos. Se encuentran otros muy semejantes en lugares tan apartados como Polonia.
Más de cuatrocientos verracos
El territorio que en la actualidad forman las provincias de Ávila y Salamanca, así como una parte de las de Zamora, Toledo y Cáceres, compartió en los siglos inmediatos al año 500 a.C. una serie de rasgos culturales -organización social y económica, elementos materiales, lengua, y probablemente también ideas y creencias religiosas- hasta el punto de que esa identidad fue posteriormente reconocida en los textos de los escritores clásicos griegos y romanos con el nombre de Vettonia o región de los pueblos vettones.
Gran parte de la Meseta estaba entonces inmersa en un proceso de explotación intensiva del paisaje, con un incremento de la desforestación y la conversión de amplios territorios en pastos y tierras de cultivo, que los arqueólogos han relacionado, entre otras causas, con la progresiva introducción de nuevas tecnologías agrarias. Estas estrategias facilitaron asentamientos más prolongados y de mayor tamaño, un incremento demográfico notable y marcados síntomas de jerarquización social, fácilmente rastreables en diversas partes del continente europeo. Al mismo tiempo, como consecuencia lógica de todo lo anterior, la producción y acumulación de riqueza tuvo una extraordinaria repercusión en las redes de intercambio y en los contactos regionales.
Fue asimismo una época en la que la población empezó a protegerse sistemáticamente contra la guerra, construyendo murallas, torres, fosos y piedras hincadas alrededor de sus yacimientos. Estas fortificaciones, o «castros» como usualmente se denominan, fueron generales en muchas regiones y a veces presentan una distribución prácticamente territorial, puesto que se erigen a distancias más o menos regulares, cada 5-15 kilómetros.
Una de las manifestaciones arqueológicas más llamativas de la provincia de Ávila durante la Segunda Edad del Hierro y los comienzos de la romanización, es la escultura zoomorfa en piedra, popularmente conocida como «verracos». Las especies que se representan son dos, toros y cerdos, pero cuando los detalles lo permiten también es posible diferenciar el jabalí.
Estas esculturas están talladas en bloques de granito donde se representa al animal de cuerpo entero así como el pedestal que lo sustenta. En general acusan un relativo esquematismo en las formas; en algunas ocasiones se observa la intención de querer indicar detalladamente las partes que constituyen la anatomía del animal, aunque lo habitual es que el escultor se limite a unas líneas básicas que permitan identificar la especie. La postura es siempre la misma, de pie y rigurosame ente frontal. Sus dimensiones no son uniformes, desde ejemplares de menos de 1 metro hasta esculturas de más de 2,50 m. de longitud, y suelen presentar los órganos sexuales muy marcados, tratándose siempre de machos y nunca hembras.
Se distribuyen por el occidente de la Meseta, la mayor parte en las provincias de Zamora, Salamanca, Ávila, Segovia, Toledo, Cáceres y en las comarcas portuguesas de Trás-os-Montes y Beira Alta. No es fácil precisar cuantos verracos completos y fragmentados existen o han existido, dando siempre por descontado la presencia de otros muchos ocultos en la tierra, destruídos de antiguo o incluso reutilizados. Algunos fueron recortados en la Edad Media para usarlos como sillares o piedras de relleno, bien visibles en las murallas de Ávila. Con todo, en los últimos años el catálogo se ha incrementado gracias a nuevos hallazgos y hoy el número rebasa los cuatrocientos ejemplares. Casi la mitad del corpus conocido procede de la provincia de Ávila, siendo la capital la que concentra el mayor número de ejemplares, unos cincuenta, y los Toros de Guisando (El Tiemblo) el conjunto más representativo.