Por Carlos de Bustamante

(Jura de la bandera)
Sorprendente a primera vista esta dedicatoria. Bien es verdad, que las expresiones escritas de un soldado al primer jefe de su unidad supongo que no las haría de presente. Como esas confianzas las escribe mi amigo Felipe Benicio Albarrán Vargas-Zúñiga, “no solo a la memoria de mi hermano Vicente, sino en memoria y homenaje de cuantos han servido en las filas de cualquiera de las unidades militares dispersas por España´, queda claro que no las hizo de presente extralimitándose en la confianza impropia de un soldado con el primer jefe de su unidad. Si no hubiera sido así, vaya, amigo Felipe, mi corrección afectuosa, pero fundada y firme.
“Con mi especial agradecimiento a los ilmos. Sres. coroneles don Jesús Moreno del Valle y don Marco Antonio García Blasco, anterior y actual jefe, respectivamente, del Regimiento Acorazado Castilla, no. 16.
-Monumento a los Caídos.
-230 aniversario de la creación del RAC Castilla, no. 16
Este artículo no lo escribo sólo a la memoria de mi hermano Vicente, fallecido hace ya un año y siete meses y medio, no. Lo hago en memoria y homenaje de cuantos han servido en las filas de cualquiera de las unidades militares dispersas por España. ¡Qué bonita conjunción de dos palabras: “por España”! Siempre me causó especial impresión leer las últimas palabras del entonces moribundo Rey de España en el Gran Hotel de Roma, allá por 1941. Tenía a España en su mente, al menos en ese momento. No vengo aquí a juzgar la Historia del reinado de Alfonso XIII. Lo dejo par otros. Pero me levantaron los vellos de punta al ser repetidas y pronunciadas por su hijo y heredero, Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, ante Su Majestad el Rey Juan Carlos I, cuando aquél cedió a éste todos los derechos dinásticos, a fin de que la instauración de la monarquía y la continuidad de la dinastía, de la Corona, confluyeran en una misma persona. Aún recuerdo el sonido del taconazo de Don Juan ante su hijo pronunciando las palabras que dan sentido a portar la Corona sobre sus testas: “Majestad, por España, todo por España”, tras lo que, permaneciendo cuadrado en posición de firmes gritó un “¡Viva el Rey! ¡Viva España!”.
Debo volver al redil de mis palabras, que a veces me dejo llevar por los sentimientos, lo que no es malo, digo yo. Lo malo, o peor, sería no tenerlos y ser una persona fría como un témpano de hielo. Eso no va conmigo. Me gusta compartir lo que siento, y como lo siento. Si el que me escucha lo entiende, bien; si no, habrá de aguantarse, pues todos somos, muchas veces, esponjas que enjugan los ardores emocionales de quienes tenemos enfrente. Pero vuelvo al asunto. Cuando mi hermano Vicente murió recibí el pésame del entonces Ilmo. Sr. Coronel Jefe del Regimiento Castilla, Jesús Moreno del Valle, con quien, a pesar de los tiempos de pandemia, creé una relación afectuosa. Yo me doy, y me doy siempre, y me doy con lo que tengo, como lo tengo, con lo que soy, como lo soy. Y me doy a gusto. Y me doy sin esperar nada a cambio, porque hacer las cosas por interés es una forma tramposa de hacerlo. Por eso, entablo fácilmente relación afectuosa con quienes conozco y trato, en un recíproco yo me doy, tú te das, salvo, eso sí, que me dé cuenta de que esa relación puede llegar a ser tóxica por no ser tan idílica y desinteresada como debiera. En tal caso pongo desafectos de por medio por ciento un año. Quien bien me conoce sabe que es así. Y me alegro de como soy. Porque, a la hora de la verdad, no ser de otra manera, es porque no quiero ser de otra manera, y prefiero identificarme con quien yo soy antes que ser un farsante para los demás y para conmigo mismo.
Filosofías aparte, en aquel entonces, cuando me dio el pésame, le dije que mi hermano había servido a la Patria en el Castilla, tras pasar por el campamento de Obejo y jurar Bandera en la explanada de formaciones de Cerro Muriano, pues, al menos aquel año, 1979, la jura de los dos campamentos de reclutas se hacía en uno de ellos. Allí estuve en noviembre de 1979, acompañando a mis padres. Si la memoria no me falla debió ser el 17 de noviembre, para ser más exactos. Recuerdo los gritos de emoción de muchos familiares al querer reconocer a su hijo, o nieto, o novio. Creo que entonces no había novias entre las filas de jurandos. Me quedaba absorto, porque entre tanto soldado, todos igual vestidos, con similar corte de pelo, con el mismo paso, ordenados por la misma talla, era difícil distinguir al familiar. Lo dejo ahí, porque me v de pale la cosa de que volvieran a casa contentos de haber localizado a quien fueron a ver jurar Bandera entre tanto igual. A mí, lo confieso, se me hace difícil. La formación tiene una cosa buena: cada uno tiene su sitio, pero nos hace a todos iguales cuando somos parte de sus filas.
Pues bien, dije al coronel Moreno del Valle que querría regalar la corona de laurel que se usa en el acto de Homenaje a los Caídos que se lleva a cabo en las celebraciones de las unidades militares. La primera en el tiempo habría de ser, precisamente, la del relevo en el mando, y me dijo el entonces coronel, querido amigo Jesús, que en esos actos no hay Homenaje a los Caídos, que dejaba recomendaciones a su sucesor para que se hiciera cuando él lo viera oportuno. Y ese momento ha llegado, Llegó con ocasión del ducentésimo trigésimo aniversario de la creación del Regimiento Castilla. Doscientos treinta años de Historia, de la gorda, de la grande, de la historia de verdad, no de la asacada por los inventores del relato interesado y tergiversado de los hechos que la componen. Doscientos treinta años desde que el 1 de junio de 1793 se formó, merced al apoyo e interés del entonces Duque del Infantado, creándose con la denominación de “Regimiento de Voluntarios de Castilla”, y que vino a incrementar las fuerzas que habrían de participar en la contienda contra los franceses. Estos gabachos… tan cercanos y tan lejanos. Parece que les molesta que existan los Pirineos como barrera natural a sus intereses anexionadores de aquellos entonces. Hay veces que pienso si han sabido digerirlo.
Tras el Coronel Moreno del Valle se hizo cargo del mando de la Unidad el Coronel García Blasco. Estuve en el relevo en el mando, pues no he faltado a acto alguno del Castilla salvo causa de fuerza mayor. Ya en 2005 comencé mi relación con el Regimiento, aunque yo serví cercana la raya gala. Y he procurado no faltar a convocatoria alguna del Castilla ni a los de ninguna otra unidad a la que haya sido invitado tras estrechar lazos con ellas desde 2007, gracias a mi cargo, entonces, de Jefe de Protocolo de la Archidiócesis de Mérida- Badajoz. Y el Coronel García Blasco – ¡gracias, querido amigo Marco Antonio, siempre a tus órdenes! – ha cumplido el encargo traspasado por su antecesor. Y en lugar de hacerlo en el primer aniversario a celebrar tras la muerte de Vicente prefirió, pues el tiempo llega un momento en que no cuenta el paso de sus días, hacerlo en la celebración de uno de los aniversarios de mayor fuste, pues ese carácter da a los terminados en 0 o en 5, según he podido comprobar. Da igual, pues el recuerdo permanente no entiende de años. El recuerdo detiene el tiempo, y el sentimiento es el mismo pasen diez o cien años, aunque sea distinta, cierto es, la forma de sobrellevarlo. Y, este año, querido Vicente, llegó el momento.
Yo quise regalar la corona, como he dicho, pero no ha sido preciso, porque algunas unidades utilizan siempre la misma, una por la que el tiempo no pasa, como si se hubiera querido detener para siempre que sus hojas se marchiten y luzcan siempre para ese especial instante que es la colocación de la corona en el monumento a los Caídos, y lo que ello representa, significando que, por muchos años que haga, siempre el Castilla tendrá presentes a los que formaron en sus filas, en ellas sirvieron con honor, y … “con su esfuerzo la Patria engrandecieron…”, y fueron partícipes de la Historia del Regimiento. Y se es historia viva por el simple hecho de haber formado parte de sus filas. Quiso el Coronel García Blasco que le acompañara a depositar la corona en tu memoria, Vicente, pero yo lo hice en recuerdo, también, de cuantos han servido en las filas del Regimiento, y hayan caído en batalla o tiempo de paz. Y también a cuantos hayan formado parte de las unidades de la Brigada y de todas las Fuerzas Armadas. Porque ese beso que los que juramos Bandera dimos a la Patria, significada en la rojigualda enseña, Ella nos lo devuelve en su momento, que no se olvida de sus hijos muertos, en batalla o en paz, que da igual, porque si algo tienen de bueno las Fuerzas Armadas, entre otras muchas cosas, ¡muchas!, es la del homenaje sempiterno a los que supieron ser Soldados de España. Es como digo, y no de otra manera. Cierto que el reconocimiento a los que regaron con su sangre la tierra ardiente debe ser de especial consideración, porque fueron quienes sentaron las bases para que el resto pudiéramos morir en paz. He dicho pudiéramos, porque a quienes sentimos la milicia en el corazón se nos muere parte de él cuando un compañero ha caído, en batalla o en la paz, que si hay colectivo donde los lazos de hermandad brillen con luz propia, desencuentros y empatías humanas aparte, que eso es lógico, es en las filas de la milicia, porque, como vino a decir Don Pedro Calderón de la Barca… “… en buena o mala fortuna, la milicia no es más que una religión de hombres honrados”. Y, digo yo, ¿hay más sana religión que la de sentirse hijos de, y hermanos en, una misma Patria, bajo una misma Bandera, atentos a un único cornetín que nos dé la orden de cuadrarnos firmes y sentirnos ¿todos Soldados de España?