Por Carlos de Bustamante

(Santuario de Nuestra Señora de la Piedad de Almendralejo)
Créeme, amigo Felipe Benicio Albarrán Vargas-Zúñiga, que trascribir tu dedicatoria me resulta si no difícil, sí doloroso. En cada línea recuerdo a mi mejor amigo Pelayo Triviño que, natural de esa querida Tierra de Barros, sería -era- un enamorado de Nuestra Señora de la Piedad. ¡Cuánto hubiera disfrutado leyendo este artículo! No menos, seguro, de lo que, para ti, con dolor, ha significado escribirlo. Era el mayor de diez hermanos. Amaba tanto al campo como a su profesión -Coronel de Caballería-. Y ambos en menor medida que al Señor y su Bendita Madre.
Vivía toda la familia en el monte -ignoro el nombre de la serranía-y en mucho por afición y en parte por necesidad, todos los hermanos eran, en mayor o menor medida, aficionados a la caza, abundante por entonces en aquellos parajes. Lejos de su Almendralejo natal por motivo de su profesión y destino en la cuna de la Caballería, estrechamos la amistad en formidables andaduras de caza, amén de otras actividades en las que gustosa y voluntariamente en éstas ambos resultamos `pescados´.
Me pregunto, querido Felipe, qué tiene esa tierra vuestra que tan enamorados estáis de ella. Y Ya te cedo la palabra
“ A la memoria de don Juan Antonio Noriego Higueras, Rector del Santuario de Nuestra Señora de la Piedad de Almendralejo (Badajoz).
Querido Juan Antonio: En primer lugar, me vas a permitir que deje a un lado el tratamiento con el que siempre me he dirigido a ti. Sabes de mi respeto por las personas ordenadas y consagradas, llevéis o no ropas talares o vistáis de paisano, que lo que puede en mí es el carisma con el que habéis sido ungidos en bien de quienes creemos en ello. Y, también, en bien de quienes no lo creen, porque, muchas veces, las más, son beneficiarios de vuestra ejemplar conducta y dedicación al resto de los humanos.
No sé si podrás o no leer estas líneas, o, ¡quién sabe!, si algún susurro celestial te llegará de alguien al que seguiste los pasos al frente del Santuario de Nuestra Señora de la Piedad, de Almendralejo (Badajoz), esa querida ciudad de la que llevo una cuarta parte de mi sangre, al menos dicho grosso modo. Quiero pensar que Don Tobías Medina Cledón te habrá leído ya lo que ahora te dedico, pues pienso que en los primeros tiempos de llegada al Paraíso debe andar uno algo despistado como para entretenerse con detenimiento en leer misiva alguna. Al menos, digo yo, hasta que te hagas con dónde está cada cosa en el Cielo. Me resisto a pensar que sea un espacio vacío, hueco, sin nada que te obligue a fijar la mirada del alma en el lugar al que has llegado. Porque, digo yo, Juan Antonio, habrás llegado ya. Quiero suponer, por supuesto, que habrás pasado por el Purgatorio, pero como la medida de los tiempos en el mundo de Dios, en ese en el que imperan la misericordia y el perdón, es algo intangible e inconmensurable, te habrán dado ya licencia para tocar la puerta de San Pedro y gozar de la mirada de Dios. De esa mirada, Juan Antonio, que estabas acostumbrado a ver en los ojos del Niño que Nuestra Señora de la Piedad lleva en sus brazos.
Pero, mira por dónde, no has muerto ante los pies de la Virgen, María, la única existente, que bajo la advocación de la Piedad es reina y señora de Almendralejo, y que se venera en el santuario del que eres Rector. ¡Qué bonito himno le hizo para su Coronación Canónica Don Rafael Julián!
No, Juan Antonio, no. Dios te ha llamado a entregar tu vida ante los pies de Nuestra Señora de Fátima, en la Capelinha das Aparições, a la que sé acudías con fervor de cuando en cuando. María, bajo la advocación del Rosario de Fátima, ha querido que seas parte de las cuentas del rosario que, como sin igual intercesora, presenta ante Dios con sus peticiones. Y Dios, a María, no le niega nada.
Es verdad que el mejor sitio para morirse, digan lo que digan unos y otros, es la cama de cada uno, sin dar guerra a nadie; que hay muertes muy correosas, que lo sé yo. No es designio de nadie cómo y cuándo morirse, pero hacerlo como se ha hecho toda la vida facilita las cosas a los demás. Así se moría la gente antiguamente: en casa, en su cama, rodeado en despedida de su familia, cuando no de repente, que es la forma más elegante de morirse.
Pero los tiempos han cambiado, Juan Antonio, y ahora nos acecha la llamada de Dios donde y cuando uno menos se lo espera. ¿O esperabas tú morirte en Fátima? Sé que no, porque sé que no te gustaba dar la tabarra a nadie. Tómalo con humor lo que te digo, Juan Antonio, pero imagino ahora a Paco Copete, ese cura joven de Almendralejo, con la cabeza vuelta del revés en su habitual parsimonia espiritual ante los entresijos de llevar tu cuerpo ante los pies de Nuestra Señora de la Piedad, que es la misma Virgen que la de Fátima. Son representaciones de María, nuestra Madre, que es en lo que debemos fijar nuestra mirada, del cuerpo y del corazón, que quedarnos en las tallas materiales no conlleva a nada bueno.
Y has muerto, Juan Antonio, a los pies de María, nuestra Madre, para que Ella recoja con sus manos tus restos y los presente ante Dios Todopoderoso.”
(Continuará)