Por Carlos de Bustamante

(La Cartuja de Sevilla)
Siento de veras que, viviendo ahora en Sevilla, no haya podido asistir al acto que tan buen recuerdo ha dejado en mi amigo Felipe Binicio Vargas- Zúñiga. La edad y mis limitaciones físicas, son obstáculo insalvable para circular con silla de ruedas entre multitudes.
Os dejé, mis amigos y probables únicos lectores, en la interesante narración -para mí al menos- del acontecimiento al que asistió el autor en la Cartuja de Sevilla, donde el día 7 del mayo pasado tuvo lugar el encuentro del prelado del Opus Dei don Fernando Ocariz con las familias pertenecientes o no a la Obra (Opus Dei). Continúo, pues, la transcripción que me envió Felipe Binicio del acto.
“Sé que no son únicos. Que gente corriente puede haber, y de hecho hay, en muchos otros movimientos o asociaciones religiosas, sean o no cristianas. No lo dudo, no, pero ahora estoy hablando de quienes estoy hablando. Y también sé que habrá, como en todas partes, algunos que aparenten más por fuera de lo que realmente visten por dentro; pero eso, a veces, nos pasa a todos, que nadie está libre de ser engañado por sí mismo. Y que los habrá menos simpáticos, o, quizá, más antipáticos, que eso de la empatía es otra cosa. Y que los hay más o menos educados, sin duda, o aquellos que no saben valorar y respetar las diferencias que puedan tener con quienes no piensen como ellos. Pero esto, como digo, no pasa sólo en el Opus Dei, no. Esto pasa, o nos pasa, que no seré yo quien tire la primera piedra, por ser seres vivos, cada uno con sus rarezas, que no tienen por qué ser las de los demás. Y por tanto pasa en todos los grupos de sociedad, seas del Opus, Dei, de los Kikos, de los Focolares, seguidores de Emaús o de los “catacumbos”, como llamo a esos que andan por ahí agazapados sin atreverse a ser ejemplo vivo de lo que son, sienten o padecen, y son “ellos y ellos”. Allá ellos.
Pues sí, hoy, y no me importa decirlo, he pasado un día especial. Ya dije ayer en mi artículo que terminaba la semana de manera dichosa gracias a las formas de los ingleses (¿), tras los nubarrones con que comenzó merced a quien quiere lo que no le corresponde y a quien viene a escupirnos a la cara (¿). Y con tal ilusión puse norte; en este caso sur, a Sevilla. De conversación con los acompañantes de viaje se hace corto el camino. Y si vas con ánimo abierto a sacar rendimiento de lo bueno, más corto si cabe. Desprecio las posibles incomodidades que siempre tiene salir de casa cuando espero sacar provecho y rédito del día. Y yo, lo confieso, lo he sacado.
En el encuentro de Monseñor Ocáriz con las familias he disfrutado lo ya dicho en párrafos anteriores. Ha merecido la pena madrugar en domingo, para salir con tiempo; que las prisas por las mañanas no son buenas. Prisas sólo para morirse, pero cuando llegue ese momento, no antes, que la muerte no se hace esperar y has de irte con ella del brazo. Son, digamos, unas prisas forzadas, sí. En lo demás de la vida, ¿para qué correr pudiendo hacer las cosas despacio? Se saca mejor partido.
Y he disfrutado porque he visto que los demás han disfrutado. He gozado porque he visto el gozo de los demás en sus miradas, en sus comentarios, en su forma de recibir al Padre, como lo llaman, Y lo llaman así porque de alguna forma, para todos los miembros de la Obra, del Opus Dei, lo es.
He salido satisfecho porque, además de ver a personas queridas que hacía tiempo no veía. ¿Verdad, Don Manuel Martínez?, ¿verdad, Koldo Arto, aunque haya sido de lejos? Aun de lejos, he percibido satisfacción en todos ellos al escuchar los consejos del Padre a las preguntas e inquietudes planteadas. Todos se han visto retratados, o nos hemos visto, porque la vida ofrece lo mismo a todos. Lo que pasa es que algunos se empeñan en resolver las cosas a solas. Digo que nos hemos visto retratados: en los empresarios que pedían consejo para ser ejemplo de vida en su cometido; o en la médico forense, de Badajoz por cierto, que traslada inquietudes de los que se mueven encima de los finos hilos que separan la obligación de obedecer las leyes de los hombres sin desoír los dictados de la conciencia que nos dice que tales normas son injustas y violan nuestras creencias; o los padres que se sienten atacados por la vorágine consumista en que vive la sociedad y andan entre dos aguas sin saber bien en cuál de ellas nadar, o si ir contracorriente para salvar sus principios o dejarse llevar por la escorrentía de la permisividad sin límite; o la de quien, llama viva en un terreno en que cuesta trabajo evangelizar se empeñan en ser ejemplo para quienes desean unirse a una causa justa y noble como es la de santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, y santificar a los demás con el trabajo; o la de quien deja la casa paterno-materna, y sin dejar su profesión, si les es posible, entregarse en cuerpo y alma a servir a los demás en el apostolado y trabajo diario; o la de quienes son ayuda y consuelo para muchos que están solos, o se sienten solos – que es peor–en la enfermedad o en los umbrales de la muerte.”