(“La película que viene / parece que va a llamarse / con el título que tiene / la ´chiri´que va a tragarse”. Ripioteca propia).
Hubo un día en que, en la capital de España, después de legalizarse en nuestra patria la unión, el enlace, el casamiento. la ligazón o el ayuntamiento entre homosexuales (adviertan vuesarcedes que mi señoría ni mienta la palabra matrimonio, ¡lagarto, lagarto!, para evitar que un buen número de también honrados ciudadanos le corran a gorrazos) dizque fue el Exmo. Señor Alcalde de la Villa del Oso y del Madroño y casó a dos ciudadanos con estas tendencias homosexuales, y hay que suponer que, tras la ceremonia, habría, como es costumbre en estos eventos, bailongo, jolgorio, abundante ingesta de sólidas viandas, antes saladas y edulcoradas después (tarta nupcial. incluida, claro), todo ello regado con caldos ad hoc, secos y/o dulces, con epílogo de propicios licores edulcorados, tras las clásicas infusiones de café, te, poleo, boldo, etc., al gusto. Y no sabe mi señoría si el ritual finalizó con la incineración de puros y cigarrillos, como solía acontecer en el siglo pasado, cuando las bodas eran de heterosexuales.
Mi nesciencia proviene, en este caso, de en qué fecha tuvo lugar la «protoboda civil gallardónica» y, por ende, si el “día de autos” del bodorrio o bodijo, aunque fuera con aparato y concurrencia, fue anterior o posterior a que la ministra de Sanidad que precedió al actual ministro del “ramo”, prohibiera la inhalación de humos nicotínicos.
Mas ni lo sé, ni me importa, porque mi inquietud en estos momentos se ha polarizado en conocer cómo o, mejor dicho, con qué palabras despediría “el oficiante” a los cónyuges, si cónyuges se han de llamar. ¿Diría “yo os declaro marido y… marido”, si de dos varones o bigardos se trataba, al concluir la ceremonia? ¿O no?
16-09-2007.
