(“Si el Estado tiene mil / alumnos que ha de atender / y cien optan por decir / que no quieren aprender // en los Centros estatales, / Si digo que novecientos / tocan a más «decimales» / es seguro que no miento”. Ripioteca privada).
Ahora, que ya han vuelto las aguas a su cauce (en septiembre, todo el mundo habla de ello y pocos tienen idea de lo que dicen); ahora es cuando uno puede reflexionar con ciertas garantías de éxito en torno al coste y al precio de la enseñanza. Pero este tema hay que abordarlo en serio y no en plan de chunga como mi señoría suele tratar otros, ni como otros escribidores le meten el diente sin saber de qué va el rollo, sino por el mero hecho de que en septiembre “toca” hablar de ello, y van y hablan, unos para decir unas cosas, otros, otras…Acontece como en el conocido diálogo de
-¿Entiendes, Fabio, lo que estoy diciendo?
Y al contestar el tal Fabio afirmativamente, el interrogante le espeta:
-Mientes, Fabio, que yo que lo digo no lo entiendo.
Pues eso. Oiga, si aquí lo que pretendemos es enrendar la madeja y empezar como el Gobierno con sus relaciones con ETA… Pero no es así. Ha quedado dicho que íbamos a reflexionar en serio. Y uno, que en su día hasta escribió un libro sobre este problema, cuyo título no podía ser más explícito (“La teoría económica y financiera en los Centros Docentes”-no es publicidad, porque está descatalogado. Se editó en 1.972-), lanza al mundo mundial este aserto: Entre los dos tipos de enseñanza que habitualmente se consideran, en el sentido de que una es pública o estatal (gratuita) y la otra, privada o de iniciativa social (de pago), la primera se beneficia de la segunda. ¿O no?
20-11-2007.
