(“No es cuestión de xenofobia / lo que a mí tanto me agobia”. Ripioteca propia).
Mi señoría siempre ha dicho que “lo de escribir a diario / es tarea de proletario”, pero lo cierto es que hay que distinguir entre los autores que escriben sus obras y los que se limitan a firmar las que elaboran segundas y aun terceras personas.
Antes de proseguir, tal vez convenga aclarar a los leedores que no conozcan el significado que aquí se le atribuye a la palabra negro, que éste es -según el DRA, en la decimoséptima acepción para este vocablo– una persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios. Lo cual indica que el firmante del trabajo en cuestión será un mero proletario en tanto en cuanto sea él quien lo ha elaborado; si no, si se ha valido de otro para realizar la tarea, lógicamente será este otro el proletario, adquiriendo el aparente autor carácter de negociante y subiendo así un peldaño en la escala laboral. Y puede acontecer también que el presunto autor contrate a un negro, y que éste, a su vez, se valga del esfuerzo y de la inteligencia de una tercera persona que sea la que dé el callo y, por tanto, la que de hecho realice el trabajo, adquiriendo éste (negro 2º) el carácter de proletario, en beneficio del negro 1º que pasaría a ser como un intermediario.
Mi señoría recuerda haber oído contar -en su ya lejana juventud– una anécdota, cuyo protagonismo creo que, entonces, se le atribuía, no sé con qué fundamento, nada más ni nada menos que a Honorato de BALZAC, según la cual este autor tenía comprometida la entrega de una obra determinada a uno de sus editores, para una fecha concreta. Y tratándose, en efecto, de un escrito que no iba a elaborar él sino un negro, ocurrió que éste murió de repente y héteme aquí a don Honorato (o a quien fuese) en un brete, sin poder cumplir su compromiso. Mas sucedió que, si bien la muerte del primer negro fue repentina, como queda dicho, instantánea fue la aparición de un tercero en discordia que, confesándose negro del negro que acababa de morir, llegó a un acuerdo con el autor que en definitiva iba a firmar la obra, lo que le permitió a éste no quedarse con sus vergüenzas al aire, ante el incumplimiento de su contrato o promesa.
En estas reflexiones andaba este simpar autor, tan conocido en el mundo mundial, cuando recibió un malévolo Comentario de un tal Kalikatres a una de mis chirigotas, sugiriendo que si mi proliferación no sería fruto de que mi señoría, como un don Honorato cualquiera, tuviera algún negro, dándole continuamente al teclado como un poseso, porque no parecía normal que un anciano con ochenta y un años fuese tan fecundo, tan fértil en el arte de escribir Pues sepa, mi desconocido corresponsal, que no, que de eso nada, monada, que para que así fuera habría de mediar pasta y que si bien es cierto que en Periodista digital se me pagan espléndidamente mis cuchufletas o chirigotas, no estoy dispuesto a compartir tan generosa remuneración con ningún «quidam«, pues tanto da que sea uno u otro el porcentaje, que la nada es un cuchillo sin hoja que no tiene puño. Nada. Además, que ochenta años no son ochenta y uno. Que conste en acta. ¿O no?
14-12-2007.
