PSICOLOGÍA

¿Por qué somos más felices a medida que envejecemos?

Reflexionemos sobre el concepto de felicidad, ahora que parece que todo el mundo está obsesionado con ser feliz y encontrar una fórmula mágica que se lo garantice.

¿Por qué somos más felices a medida que envejecemos?

Empecemos por el principio, ¿qué es la felicidad? 

Hay tantas definiciones de felicidad como personas pretenden acercarse a ella pero para mi la definición mas clara y generalizable es que la felicidad es un estado de ánimo deseable pues supone alcanzar una posición de equilibrio en la que tenemos la capacidad para liberarnos de miedos y barreras innecesarias y avanzar hacia la consecución de nuestros objetivos vitales, sintiéndonos fieles a nosotros mismos y en control de su propia situación.

Para cualquier proyecto que conlleve la satisfacción o el crecimiento personal es importante aprender tanto de nuestras experiencias como de las de los demás. La vida nos va curtiendo pero eso ni significa necesariamente que se vayan reduciendo nuestras posibilidades para aprender. Al contrario, todas las vivencias y experiencias que acumulamos deberían, progresivamente, permitirnos elegir y decidir con mas criterio y con más libertad. Si nos acercamos al concepto de felicidad a través de su significado opuesto, podemos decir que la anti-felicidad aparece cuando nos vamos recubriendo de limitaciones innecesarias, prejuicios y actitudes evitativas; es decir, de falsas capas protectoras que, en el fondo, lo único que hacen es impedirnos vivir nuevas y enriquecedoras experiencias.

Sabemos además, por diversos estudios longitudinales que arrojan interesantísimas conclusiones, que la felicidad adopta una forma prototípica de “U” si la cuantificamos a lo largo de toda una vida: es alta durante la infancia, decrece con el inicio del enfrentamiento a los problemas de la vida adulta y vuelve a consolidarse según nos adentramos en la madurez, en la nueva flor de la vida (ya se sabe, los 40 son los nuevos 30…). Pero, ¿cómo se explica que la sensación de felicidad vaya evolucionando de una forma tan arcada con el paso del tiempo? Veamos qué nos sucede a lo largo de las distintas generaciones por las que transitamos.

En etapas más infantiles y adolescentes la felicidad se confunde con la satisfacción inmediata. Nuestra corta trayectoria de vida y la forma en la que procesamos la información nos impide pensar más allá. La felicidad está disponible aquí y ahora, como también lo está la frustración, pero afortunadamente nuestro desconocimiento tiende a hacernos más vividores que sufridores.

Ya en el inicio de la edad adulta (a día de hoy parece que no salimos al mundo de manera autónoma e independiente hasta los veintimuchos…) la felicidad empieza a saborearse y experimentarse de manera más plena, aunque aún a pequeñas dosis: la felicidad se cuenta por los pequeños momentos que cotidianamente nos refuerzan y por la consecución de algunas metas; pero aún nos puede en exceso el ansia por descubrir todo lo que está por llegar. Pasamos aún la mayor parte del tiempo centrados en el futuro: trabajando para forjarnos un buen provenir, invirtiendo una enorme cantidad de esfuerzo para asegurarnos de conseguir eso que tanto deseamos. Quizá más adelante ese algo que tanto deseamos pierda valor, pero no es nada infrecuente que durante algunos años vivamos fijados en una ambiciosa proyección de futuro casi obsesiva.

Hasta bien entrados los 40 puede atraparnos esa codiciosa mentalidad que nos proporciona muchas satisfacciones pero que no nos permite aún vivir centrados en el presente, disfrutar de lo que tenemos y experimentar, por lo tanto, un estado de felicidad más reposado y menos ansiógeno.

Pasada la barrera que marca la adquisición de la sabiduría más definitiva, rondando los 50, se produce uno de los hitos de madurez más importantes de nuestro desarrollo vital, pues se abre al fin el periodo de mayor sensatez. Llegan con fuerza a nuestras vidas el sosiego y la perspectiva con la cual algunas cosas pasan a ser fútiles y solo cobran importancia las que realmente lo merecen. Por esa sana distancia emocional que ya somos capaces de tomar, en contraposición a la urgencia y la ambición que antes regían nuestra cotidianeidad, empezamos a ser capaces de preocuparnos solo por las cosas importantes y solo en su justa medida. Hemos aprendido a medir nuestras fuerzas y, con suerte, también a aceptar nuestras limitaciones y convivir con ellas.

A partir de ese momento nos es más fácil relativizar los problemas y nos asusta menos asumir las responsabilidades que son necesarias para hacernos cargo de lo que de verdad nos preocupa. Una vez más aparece esa relación entre libertad para elegir y ausencia de miedo o de condicionantes vinculados al miedo para poder abrazar un mayor estado de serenidad y tranquilidad; es decir, también de felicidad.

Autor

Ana Villarrubia

Ana Villarrubia es Psicóloga Sanitaria, directora del centro sanitario 'Aprende a Escucharte', docente en la rama clínica de la psicología, escritora y colaboradora en múltiples medios de comunicación.

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Experto
Ana VillarrubiaPsicología

Ana Villarrubia Mendiola es Psicóloga Sanitaria, Experta en el tratamiento de trastornos de personalidad, Experta en terapia de pareja, Especialista en Psicoterapia y Psicodrama, docente en diversos másteres de psicología clínica y terapia cognitivo-conductual, y divulgadora en múltiples medios de comunicación, directora del Centro de Psicología ‘Aprende a Escucharte’, en Madrid, y autora del libro ‘Borrón y cuenta nueva: 12 pasos para una vida mejor’.

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