Sólo una esperanza mantiene en pie al políticamente fenecido Zapatero: que ETA, paulatinamente debilitada desde hace una década, anuncie enseguida el alto el fuego definitivo para agradecerle haberla devuelto a los ayuntamientos vascos y navarros.
Cree que así resucitarán él y el PSOE, al que transformó en chapapote contaminante sobre cuya superficie bailan dando grititos las cheerleaders que lo rodean.
Mira atrás y recuerda que esparció dinero por todas partes, y ríe feliz por haber hecho leyes “progresistas” que enfrentaron a los españoles por innecesarias y provocadoras.
Sus antiguos votantes descubren ahora que han aparecido nuevos conflictos sociales y que han perdido calidad de vida. En realidad, han salido peor de lo que estaban antes de la llegada del Ungido.
