Aquella piel que cubría los huesos de un hombre sin fuerzas y de mirada perdida parecía salir de Auschwitz, pero venía de estar enterrado en vida durante 532 días en una cueva encharcada al lado del río Deva bajo un taller mecánico en Mondragón, Guipúzcoa.
Sólo la intuición de un guardia civil permitió descubrir aquél 1 de julio de 1997 que el emparedado estaba oculto bajo una enorme máquina que lo sellaba.
Los cuatro secuestradores se negaban a confesar dónde estaba. Sabían que nadie podía extraerles la información porque la Guardia Civil estaba vigilada y debía evitar toda sospecha de malos tratos.
Al entrar en prisión estarían asesinando sádicamente a Ortega Lara. Moriría abandonado en aquella tumba…
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